Rafael Rodríguez Castañeda.
Si algo faltó en la multitud de eventos que recordaron el 50
aniversario del 2 de octubre de 1968 fue haber evocado el ignominioso
comportamiento que tuvo la mayor parte de la prensa nacional en la cobertura de
los acontecimientos que dieron inicio el 26 de julio de aquel año.
No sin razón los periódicos, revistas y noticiarios de radio
y televisión se ganaron el grito de ¡prensa vendida! que los jóvenes
manifestantes del movimiento de 1968 lanzaban durante sus marchas, sobre todo
al paso por enfrente de los edificios que alojaban a los medios.
Escribió Carlos Monsiváis en A ustedes les consta:
“El movimiento del 1968 remueve o reagrupa a la célebre
entelequia, la opinión pública, hasta entonces fetiche liberal o confluencia de
rumores y rencores, impotencias y moralismo. Ante la represión, un sector
comprueba su carácter de minoría dispersa, desea informarse y abandonar el
esquema del lector hostil o desconfiado que examina el periódico a
contracorriente.
“El apogeo de la desinformación dirigida culmina
dramáticamente en 1968. En feliz y automática semejanza de radio y televisión,
la gran mayoría de la prensa escrita se calla, difama, confunde por principio.
De modo casi unánime se denuncia al movimiento estudiantil por apátrida,
disolvente, comunista, enemigo de la familia y la religión…”
El 7 de junio de 1969, con motivo de la celebración del Día
de la Libertad de Prensa, le tocó al escritor Martín Luis Guzmán, director de
la revista Tiempo, rendir la pleitesía |acostumbrada a los presidentes en esas
ocasiones, en este caso, a Gustavo Díaz Ordaz.
El autor de La sombra del caudillo dedicó su discurso al
movimiento que había sacudido al país el año anterior y que había culminado
sanguinariamente el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. Y en su
apología de la conducta del gobierno de Díaz Ordaz, no tuvo empacho en
pronunciar frases como estas:
“…El gobierno, en ningún momento, coartó o intentó coartar la
libertad de prensa. Dejó, consciente de sus deberes, que los periódicos
asistieras libérrimos al conflicto; que libremente lo reflejaran en sus páginas
según las inclinaciones de cada uno que, incluso, participaran en él. Ninguna
de nuestras publicaciones -diarios o revistas- recibió consigna alguna, ni la
más leve advertencias o indicación…”
El escritor remataba:
“La libertad de prensa no ha sufrido el menor menoscabo, por
parte del gobierno de la República, ni en las horas más sombrías del año
comprendido entre el 7 de junio de 1968 y el día de hoy”.
Julio Scherer García, presente en el lugar de la celebración
en su calidad de director de Excelsior, narra en su libro Los presidentes:
“Conocíamos a la gran mayoría de nuestros colegas, inclinados
ante el poder. El 7 de junio de 1969, Día de la Libertad de Prensa,
aprovecharon la oportunidad para rendirle otro acto de acatamiento al presidente
Díaz Ordaz, como si lo necesitara tan explícito y servil. El orador oficial
centró su discurso en los sucesos del 2 de octubre de 1968.Una ovación como no
se había escuchado en estas celebraciones premió sus palabras…
“La ovación seguía y seguía. Igual que una lluvia tenaz,
obsesiva. De frente a centenares de periodistas, entre el secretario de la
Defensa, general Marcelino García Barragán, y el secretario de Relaciones
Exteriores, Antonio Carrillo Flores, yo permanecía con los brazos desmayados. Nada
me haría aplaudir.”
Continúa Scherer:
“Excelsior había informado con honradez y veracidad acerca de
los sucesos de Tlatelolco. Esto era cierto, pero no me engañaba. Habíamos
escamoteado a los lectores capítulos enteros de la historia de esos días.”
Otros periódicos no sólo habían escamoteados historias. Las
habían tergiversado, para mostrarlas acordes con los puntos de vista oficiales.
Muchos, de plano, habían seguido las consignas provenientes de altos
funcionarios del diazordacismo, desde su secretario de Gobernación, Luis
Echeverría, para abajo.
Si alguna vez ha de llegarse a la verdad oscura y profunda
del 68 tendrá que abordarse el origen de aquel grito de ¡prensa vendida!
Hay una perla que refleja hasta dónde pudo llegar el
servilismo de los editores de periódicos, en este caso, de Gabriel Alarcón,
director de El Heraldo de México.
El 24 de septiembre de 1968, escribió Alarcón una carta a
Gustavo Díaz Ordaz, cuyo contenido no tiene desperdicio.
Después de expresarle “la amistad y la lealtad que le
profeso” le pide su orientación.
“Desde el inicio de los alborotos he estado personal y
telefónicamente en contacto con los siguientes colaboradores suyos”, escribe
Alarcón y los enumera:
“Lic. Luis Echeverría (secretario de Gobernación). Me ha
orientado e indicado líneas a seguir en cada caso externándome su conformidad
con mi actuación. El pasado domingo le avisé de un movimiento promovido por
redactores de El Día y Excélsior por el cual pretendían publicar en los diarios
de la capital un desplegado firmado por redactores de todos los periódicos. El
mismo era de reproches al gobierno…El Lic. Echeverría me dijo que gracias a la
información que en detalle le dí se paró a tiempo este asunto y además se logró
que un grupo de redactores ´amigos´ hicieran una publicación de apoyo al
régimen. En ocasiones la orientación que me da nos da la guía para la noticia
de ocho columnas.
“C. Procurador de la República (Julio Sánchez Vargas). Nos
pidió se destacará, como lo hicimos, el acto de sabotaje en instalaciones de la
CFE…
“Lic. y Gral. Corona del Rosal (Regente de la ciudad). …Nos
ha orientado sobre la forma en que nuestras informaciones resultan negativas a
los agitadores destacando hechos como la agresión a las fuerzas del orden y la
profanación a nuestra Bandera Nacional.
“Emilio Martínez Manatou (secretario de la Presidencia). El
jueves pasado me llamó a primera hora para felicitarnos por la forma en que se
destacaba en primera plana la foto del Che y las aulas universitarias con
nombres de líderes comunistas…
“Gral. Marcelino García Barragán (secretario de la Defensa).
Manifestó su agrado por la forma como se publicó la intervención del Ejército y
pidió se destacará, cosa que hicimos, la noticia de la exterminación de un
grupo de bandoleros y agitadores en la sierra de Chihuahua.
“Por último, en una reciente entrevista con el Lic. Agustín
Salvat (jefe del Departamento de Turismo) revisamos los acontecimientos, las
gráficas y los editoriales de El Heraldo y estuvo de acuerdo en que no se
encontraba nada que pudiera interpretarse como negativo al gobierno y que, por
lo contrario, nuestra política era francamente favorable y de apoyo al régimen…
“Sinceramente creo que mi lealtad y la de mis hijos está a
prueba de cualquier duda… Por muchos lados se nos ha criticado nuestra
parcialidad y entreguismo. Pero le ratifico a usted que hemos sido, somos y
seremos diazordacistas y agradecidos leales y sinceros con usted.
“Sin embargo mucho le agradeceremos que si usted
personalmente cree que nos hemos equivocado por favor nos lo haga saber…”
Hasta aquí la carta de Gabriel Alarcón, reproducida en Nexos
en junio de 1998.
Un día después de la tarde aciaga de Tlatelolco, el 3 de
octubre, El Heraldo publicó su nota principal de primera plana bajo este
encabezado:
“Sangriento encuentro en Tlatelolco. No se suspenderán los
Juegos Olímpicos”.
A partir de ese día, aplastado el movimiento estudiantil,
dejó de escucharse por las calles de la ciudad de México el grito estentóreo de
los jóvenes estudiantes: ¡Prensa vendida!
Los dueños de los medios podían dedicar las páginas de los
periódicos y los espacios radiofónicos y televisivos a reseñar, con
tranquilidad, los juegos olímpicos.
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