Jorge Javier
Romero Vadillo.
La
incertidumbre que ha abierto la nueva coalición de poder en torno al tema
educativo prueba no solo su falta de comprensión de la reforma constitucional
de 2013 –las razones de política pública con las que se le justificó y respecto
a las cuales habría que evaluarla– sino, sobre todo exhibe la falta de un
proyecto propio que se haga cargo sin condescendencia del calamitoso estado en
el que se encuentra la educación en México. El nuevo grupo hegemónico tiene
toda la legitimidad para cuestionar los presupuestos mismos sobre los que se
construyó “la mal llamada reforma educativa”, pero a cambio tiene la obligación
de exponer con claridad cuál es su diagnóstico del problema, o convencernos de
las razones por las cuales creen que no existe problema alguno. Y, por
supuesto, es su obligación informarnos de qué es lo que pretenden hacer a
cambio. Ser mayoría no exime de rendir cuentas ante los ciudadanos de las
decisiones que toman.
Por ejemplo,
cuando Mario Delgado, un legislador que suele ser razonable y escucha
opiniones, dice que no quedará “una coma” de la reforma educativa nos debe una
explicación de las razones que lo llevaron personalmente a cambiar de parecer,
ya que en 2013 votó a favor del cambio constitucional, si bien votó contra la
Ley General del Servicio Profesional Docente, como me lo aclaró el jueves
pasado cuando se publicó mi artículo anterior. Me disculpo, desde luego, por
haberle atribuido su voto favorable. Pero ¿por qué se arrepintió del sentido de
su voto de entonces? Es legítimo considerar que se cometió un error, ¿y si nos
cuenta cuál cree que fue?
Cuando
recibí el mensaje de Mario recordé que en los días previos a la aprobación de
la Ley del Servicio Profesional Docente platicamos mucho sobre cómo esa norma
iba a ser contraproducente e iba a jugar contra el cambio constitucional,
porque en lugar de ser atractiva para los maestros resultaba amenazante. La
evaluación tal como quedó regulada iba a ser evidentemente un incordio
permanente para los docentes, sin estímulos positivos que les resultaran atractivos
del nuevo arreglo. Lo que hicieron fue una ley para justificar un sistema de
evaluación basado en el castigo, no para crear un auténtico servicio de carrera
para la docencia.
Con esa ley
se desvirtuó la parte nodal de la reforma constitucional, que plantea la
creación de un sistema en el que se premie el buen desempeño desde el momento
del reclutamiento. La reforma constitucional, incluso cuando habla de
permanencia, está delineando un estatuto para las profesoras (que tal si el
genérico lo construimos con la mayoría de un colectivo, como en este caso,
donde son más las mujeres, y nos ahorramos el engorro de las repeticiones)
equivalente al del servicio exterior o al de los médicos del sistema público.
Incluso con más jerarquía porque se les reconoce un estatuto constitucional. Se
trata de un derecho llevado a la constitución que libera a las docentes de la
sujeción corporativa que subordinaba toda su carrera a la lealtad sindical o al
pago a cambio de plazas, cambios de adscripción o ascensos.
Echar atrás
la reforma constitucional solo abrogando los cambios de 2013 es estrictamente
el regreso al control sindical y a los tejemanejes de las representaciones
gremiales con los gobiernos estatales, como quedaron las cosas después del
desastre del acuerdo para la modernización de los tiempos de Salinas. Eso es lo
que con estridencia reclama la CNTE y en tono menor anhela la mayoría del SNTE:
la vuelta a los viejos buenos tiempos de la maestra Elba y sus milagros, con
los resultados conocidos en la calidad de la educación de los niños mexicanos.
El próximo
gobierno tiene, en cambio, una gran oportunidad para cumplir con la oferta de
campaña y quedar bien con el magisterio: la de echar abajo el catastrófico
servicio profesional docente creado por la malhadada legislación secundaria y
construir uno nuevo. Para ello no es necesario tocar una letra de la reforma
constitucional. Lo que se requiere es diseñar un auténtico proceso de carrera
para las maestras, donde vayan ascendiendo por su mérito, sí que sientan una
amenaza permanente sobre su empleo, ya sea a ser degradadas o a ser despedidas.
Un sistema de profesionalización donde sean pares los que evalúen, con base en
instrumentos y criterios eficaces y justos diseñados por el INEE. Una carrera
donde los resultados de la evaluación sean estímulos y promociones, no el
confinamiento al rincón de la escuela con orejas de burro. Un sistema que
reorganice la profesión con la participación de sus integrantes en colegios,
con comisiones evaluadoras y dictaminadoras para definir las promociones y los
estímulos compuestas por docentes.
El eje de la
carrera debería ser la promoción en la función, con un sistema de categorías y
niveles obtenidos con base en el buen desempeño, no medido con pruebas
estandarizadas, o al menos no solo con ellas, sino a partir de la observación
del trabajo en el aula y en los resultados de los alumnos a lo largo del
tiempo. La promoción debe ser regulada como un derecho, que premia la
dedicación, la formación continua, la elaboración de materiales didácticos, el
liderazgo en la escuela y la vinculación con la comunidad.
La comunidad
docente debe volver a ser reconocida, como lo fue hasta la década de 1960, como
benefactora de la sociedad y como fuente de sapiencia colectiva. La carrera de
maestra debe adquirir la dignidad de un servicio público muy especializado, muy
bien remunerado por su calidad y eficacia. Para lograrlo, se debe propiciar que
se comprometan, porque les conviene, con la formación permanente, con la
creatividad y la innovación pedagógica; deben dejar de ser seguidoras de
manuales y de modelos acartonados obligatorios y deben, sobre todo, dejar de
ser clientelas de los líderes sindicales. Esa sería la manera de echar abajo la
reforma, pero construyendo un nuevo pacto con las profesoras mexicanas (por
supuesto, también me estoy refiriendo a los profesores).
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