Alejandro
Páez Varela.
Andrés
Manuel López Obrador decidió la semana pasada sentar a su lado a las
televisoras (Televisa, TV Azteca, Grupo Imagen…) en un consejo empresarial que
asesorará sus decisiones. Fue a unos días de protagonizar un pleito con
Proceso, revista a la que le negó una entrevista. En cambio, el próximo Jefe de
Estado apareció con Javier Alatorre, de TV Azteca (el viernes pasado) y anunció
que estará en Televisa y con Grupo Imagen. Se entiende, creo, como un mensaje.
AMLO también
le sonrió la semana pasada a los militares y anunció que les dará más poder. El
Ejército se mantiene en las calles y no sólo eso: asumirá la Guardia Nacional
con otros 50 mil elementos. Al mismo tiempo, Morena le aprobó al próximo
Gobierno federal un Fiscal General sin independencia. Las organizaciones
civiles que se opusieron al modelo de seguridad de Enrique Peña Nieto y Felipe
Calderón –con el Ejército en las calles y con Fiscal carnal– se tomaron estos
anuncios, también, como un mensaje.
Sin dar un
solo calificativo a estas decisiones (y a los mensajes), diré lo que sentí
entre distintos defensores y observadores: confusión. La noté incluso entre los
activistas que, durante la campaña, decidieron apoyar la candidatura del
tabasqueño. Resumo en una frase muchas declaraciones, comunicados y tuits de
estos días: “Voté por AMLO, pero no voté
por esto”. ¿Qué es “esto”? Pues que
AMLO parece decidido a darle la espalda a las organizaciones civiles y, al
menos por lo que se ha visto, sonreír a los que antes eran denunciados como
“poderes fácticos”.
La decisión provoca confusión, por al
menos dos razones: una, que él mismo calificó a esas empresas de medios (y
sobre todo a sus dueños, que ahora son asesores) como parte de la “mafia del
poder”. Y, dos, que el mismo Andrés Manuel sabe que esos medios no fueron
suficientes, a pesar de todo el dinero que recibieron, para mantener la
popularidad de Enrique Peña Nieto.
Un activista
que públicamente apoyó a López Obrador en las elecciones me decía, la semana pasada:
“No dudo que los que le sirvieron hasta un pastel de cumpleaños a Peña
aparezcan pronto en un evento con AMLO, y formen parte de un consejo ‘de
seguridad’ como el que ahora [para otros temas] tienen las televisoras”.
Me lo dijo no sin lamentarse. Me lo
dijo confundido, y con una cierta desilusión.
Ignoremos aquel discurso del
candidato, repetido muchas veces en la campaña, sobre que México necesitaba
“separar el poder político del económico” como –dijo AMLO entonces– le aconsejó
un jornalero de San Quintín, en Baja California.
Pensemos que estas decisiones son
parte de una estrategia mayor y que no se trata de pragmatismo puro (es más
fácil soltarle la cuerda a los militares que contenerlos; es más fácil operar
con las televisoras que someterlas, etc.) sino de acomodar todas las fichas en
un tablero para luego hacerlas caminar, con orden, hacia los cambios profundos
(que AMLO llama “Cuarta Transformación”).
Pensemos que todo es por el bien de
México. Que es necesario crecer, que haya progreso; acercar a los capitales
para echar a andar el PIB. Que eso se logra sin confrontación con los poderes
fácticos (militares, televisoras, empresarios) y aún cuando se tenga que
contrariar a una parte de la sociedad civil organizada.
Pues bien, eso se llama “orden y progreso”. Es sumar
a los poderes; descalificar a las minorías (que ahora son, si he escuchado
bien, “extremistas de izquierda y de derecha”); encaminar a la Nación “hacia el
progreso” … aunque se tenga que recurrir a los militares, a los medios masivos
y a los grandes empresarios.
En aras del crecimiento, pues,
sacrificar algunas cosas: sentar a la mesa al que antes era el enemigo; desoír
a los colectivos y a las organizaciones que se enfrentaron a Peña, Calderón y
Fox durante 18 años y, bueno, recular en eso que aconsejó cierto jornalero de
San Quintín, en Baja California.
Dos colectivos importantes, con gente
y organizaciones que se mantuvieron en resistencia con los últimos gobiernos,
perdieron súbitamente contacto con la cúpula lopezobradorista. Así me lo
contaron varias fuentes. No les consulté si podía citarlos, y no los cito por
nombre porque si ellos mismos no se han expresado, es porque mantienen cierta
esperanza de que sea un malentendido. Pero había mesas instaladas y todo; había
un diálogo fluido y avances con minuta. Había conversaciones con senadores, con
diputados, con próximos miembros del Gobierno de AMLO.
Un día les dejaron de contestar las
llamadas, los mensajes; sin groserías ni portazos: simplemente ya no hubo
contacto. Y luego se desatornillaron las mesas, y alguien las guardó por allí,
por algún lado.
Puedo decir
qué vi entre ellos: confusión. Pero,
bueno, son activistas: están acostumbrados a ser desoídos en este país. Se
recuperarán y retomarán la agenda. Habían comprado una idea que no es la idea
que tienen ahora los ganadores. Simplemente retomarán donde se habían quedado y
“pues ni modo, a darle”, como me dijo alguien.
Un amigo que está en uno de esos
colectivos me dijo, con una cierta desilusión: “Serán seis años largos”. No sé si él lo recuerde o si me lo
dijo porque lo recuerda, pero esa misma frase la usó hace seis años.
Confieso mi
curiosidad por saber qué piensa, hoy, cierto jornalero de San Quintín.
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