Guadalupe
Correa-Cabrera.
Eventos
recientes en distintas partes del mundo parecieran contradecir el pensamiento
de Francis Fukuyama sobre lo que denominó “el fin de la historia”. El reciente
avance de las democracias iliberales pone en tela de duda el discurso
triunfalista de finales de la Guerra Fría sobre la inevitabilidad de la
consolidación de regímenes democráticos y economías de libre mercado en todos
los países del globo terráqueo. Para Fukuyama parecía no haber otra opción que
la doble transición hacia democracias liberales y sistemas capitalistas. Sin
embargo, los desarrollos recientes en países como Hungría, Polonia, Filipinas,
Estados Unidos, y ahora Brasil, nos muestran una tendencia opuesta a lo que se
consideraba como el triunfo rotundo de los valores de occidente.
La elección
de Jair Bolsonaro en Brasil es emblemática en este sentido y pareciera
sintomática de un viraje en la historia de las ideas en el mundo. Con el
esquema mental de finales de la Guerra Fría nos es difícil entender el triunfo
de una propuesta política encabezada por un polémico militar retirado que
propone un proyecto de ultraderecha—más bien de corte fascista—, sugiere el
regreso de los militares al poder, y promueve antivalores que exhiben
claramente sus tendencias racistas y antifeministas (incluso misóginas), así
como su intolerancia a la diversidad y el rechazo a un modelo de desarrollo más
igualitario.
El apoyo,
antes impensable, a un proyecto de este tipo parece provenir de un desencanto
fundamental con el estado actual de las cosas en ese país. Los elevadísimos
niveles de corrupción, la ausencia de liderazgo político, la intervención de
las élites económicas nacionales y transnacionales, y el fracaso—manufacturado,
en parte, por éstas últimas—de un modelo económico que promovía una mayor
igualdad, parecen haber cambiado el curso de la historia. El autoritarismo y la
militarización resurgen con fuerza y existe un espacio para pensar en
revoluciones y guerras sangrientas.
En algunas
partes del mundo–y en cada vez en más regiones—pareciera ser que la democracia
liberal, tanto en lo económico como en lo político, ya no es una opción para
muchos. En la época actual es claro cómo algunos pueblos eligen la vía
autoritaria como alternativa para lograr el orden y el progreso. Brasil
constituye un ejemplo perfecto, más no aislado, de lo que parece ser el
comienzo de una nueva era o de lo que podría ser el “principio de la historia”.
Somos testigos del aparente resurgimiento del autoritarismo político combinado
con la economía de mercado.
Algunos
regímenes emblemáticos de izquierda parecen seguir fracasando, sobre todo en
Latinoamérica. El liberalismo ha tenido severas dificultades para beneficiar en
todo su conjunto a las sociedades marcadas por amplias desigualdades raciales,
económicas y sociales. Proyectos como los de Jair Bolsonaro representan una
alternativa, impuesta desde arriba—y aceptada por una mayoría—a la libertad
económica y política. El fracaso rotundo de países como Brasil para crear
economías de mercado prósperas y democracias estables que se basan en la
igualdad de oportunidades han desembocado recientemente en regímenes
autoritarios y quizás, eventualmente, en sistemas totalitarios. La obra de
Hannah Arendt nos podría ayudar a entender algunos elementos de lo que fue y de
lo que puede llegar a ser totalitarismo en la era moderna.
El estilo de
liderazgo político de Bolsonaro es, para algunos, de corte fascista. Aún no se
sabe cómo será su gobierno. Lo que sí sabemos es que su discurso no es ni
liberal, ni democrático. El futuro presidente de Brasil defiende el orden, pero
no la igualdad, ni la diversidad, ni los derechos humanos. Lo que querían
muchos brasileños, y particularmente las élites de ese país, era un mayor
control y estuvieron dispuestas a separar la libertad económica de la libertad
política para supuestamente favorecer el orden, la estabilidad y el desarrollo.
En otras palabras, los anhelos de libertad se sacrificaron en pos de un
gobierno fuerte. Lo mismo parece suceder—o podría suceder—en otras latitudes
del planeta.
Brasil
podría ser ejemplo de lo que puede pasar en México. Ambas naciones muestran
similitudes y enfrentan a la vez grandes contradicciones. La importancia de sus
economías contrasta con sus enormes desigualdades. Brasil lleva a México una
relativa ventaja histórica. En el país de Bolsonaro gobernó la izquierda por
casi trece años (hablando de Rousseff y Lula da Silva). Sin embargo, la
corrupción extrema reveló las limitaciones de una propuesta que llegó a ser
exitosa y fue modelo para otros proyectos de izquierda en Latinoamérica, pero
que finalmente fracasó. Se perdió eventualmente el control político y se puso
al descubierto la corrupción extrema y la ineficiencia de gobiernos que se
definían como de izquierda. Al final, las élites económicas brasileñas y
transnacionales se imponen y dan un golpe de estado blando a un modelo político
y de desarrollo más libre y más igualitario.
México apenas comenzará a vivir su
experiencia con un gobierno “de izquierda”. Y en la nueva era de proyectos de
ultraderecha el nuevo presidente de México se diferencia de estos, y parece ser
una gran promesa. Pero no bastan las promesas. Andrés Manuel López Obrador debe
dar resultados de inmediato: generar un verdadero desarrollo, resolver su
problema de seguridad y combatir con fuerza la corrupción. De otro modo, México
estaría destinado a dar un golpe de timón aún más fuerte y en otra dirección.
Brasil ya lo vivió, y no existen razones para pensar que México vivirá un
destino distinto si decide seguir por el mismo camino (el camino de la
impunidad, la ineptitud, la corrupción—el camino incorrecto).
Como dijo mi
colega Carlos Heredia Zubieta en un evento en Washington, DC recientemente: “Como están las cosas en México, si el
nuevo gobierno no da resultados efectivos de inmediato, no nos sorprenda que
pronto aparezca un Jair Bolsonaro o un Rodrigo Duterte” (versión mexicana). La
historia nos marca la pauta y esta apreciación, en el contexto mundial actual,
parece certera. La idea de una regresión autoritaria—e incluso totalitaria—no
es descabellada. Francis Fukuyama ha estado equivocado y lo ha reconocido
recientemente. La historia, como lucha de ideologías, parece no haber
terminado. El futuro de la democracia liberal aún está en juego. Podríamos
estar hablando de un nuevo comienzo histórico. Regresemos a leer a Arendt y
a Marx para entender mejor los procesos de la historia.
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