Salvador Camarena.
En la primavera de
2016, el Secretariado Ejecutivo del Consejo Estatal de Seguridad Pública de
Durango transfirió poco más de 94 millones de pesos a Despacho de
Profesionistas FAGA y a Servicios y Asesorías SINNAX, empresas que formarían
parte del esquema de desvío a campañas del PRI conocido como Operación Safiro.
En otras palabras, y de acuerdo con una investigación
de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI) dada a conocer ayer, el gobierno (es un decir) de Durango del
priista Jorge Herrera Caldera dio a su partido dinero originalmente destinado a
enfrentar a la delincuencia que azotaba a los durangueses. El monto global de
esos desvíos, según ha podido establecer MCCI, sería de 200 millones de pesos.
La primera revelación periodística sobre los alcances en
diversos estados de la Operación Safiro la dio a conocer The New York Times, en
diciembre pasado. Tras esa publicación,
el actual gobierno federal (no hace falta subrayar que “es un decir” cuando
hablamos de los tiempos de Peña Nieto) estuvo más preocupado todos estos meses
por arrebatar a Chihuahua (donde se desviaron 246 millones de pesos) tanto la
mano en la investigación, como la tutela del preso mayor relacionado con este
escándalo, que no es otro que Alejandro Gutiérrez, quien en el momento de los
depósitos fungía como secretario adjunto del PRI.
Por esa razón, entre otras, la llegada de un nuevo gobierno a la presidencia de la República habría
llevado a más de uno a pensar que la Operación Safiro sería investigada con
mayor ímpetu, dada no sólo la cantidad de indicios que se han ido presentando
en la prensa, sino lo flagrante del esquema y su enorme escala (involucra al
menos 650 millones de pesos desviados en siete estados).
Pero hoy tal esperanza
es vana o de plano ingenuidad. El presidente electo ha fraguado esta semana el
molde de una impunidad para los delitos que se hayan cometido previamente a su
llegada a Palacio Nacional el 1 de diciembre.
Lo adelantó en Tercer Grado el lunes, lo machacó con Ciro
Gómez Leyva y lo detalló con Carmen Aristegui.
Así lo dijo AMLO el lunes: “Si lo argumento se va a entender mejor. Es tanta la corrupción en
México, que no nos alcanzarían las cárceles ni los juzgados, pero, además, si
somos honestos, como lo somos, tendríamos que empezar por los de arriba… de
tiempo atrás, y eso nos metería en un pantano de confrontación. Entonces
tenemos que tomar la decisión. Yo no quiero hacer lo mismo, no quiero simular,
no me gusta la espectacularidad en la política…
-Denise Maerker: ¿Agarrar a uno o dos?
-AMLO: No, tendríamos
que ir hacia arriba y sería… pues un acto de confrontación muy fuerte, o sea, y
es apostar a la discordia. Entonces, ¿qué hacemos? Yo, mi planteamiento, mi
propuesta, es vamos a iniciar una etapa nueva. Vamos a dejar atrás la horrible
historia de corrupción. El sueño o la pesadilla. Para acabar con la pesadilla…”
A Aristegui le dio un poco más de detalles sobre los demonios
que una persecución judicial de grandes actos de corrupción desatarían, pero en
esencia, desde su comparecencia en Televisa, López Obrador dejó entender que él cree que lo que nos conviene es la
pax corrupta.
Argumenta que no quiere
confrontación, pero también se puede deducir que a) el próximo presidente duda de
las actuales capacidades institucionales para armar buenos expedientes, así que
prefiere no gastar su capital en perseguir sin éxito a peces gordos, y b) que,
en última instancia, dado que la corrupción es el sistema (Zaid dixit), el
presidente que abra esa caja de Pandora pudiera terminar –a la Brasil– atrapado
en la telaraña.
En suma, bajo el
pretexto de evitemos la crispación, López Obrador quiere vacunarse contra el
bochorno de ver cómo abogados bien pagados le impiden procesar a nadie y en una
de esas hasta se la reviran.
En el país donde la pax
narca intentada en el peñismo nos trajo más muertos, ¿qué se puede construir
sobre la idea de una pax corrupta?
Quienes dentro de la Operación Safiro quitaron a los
duranguenses fondos que originalmente eran para seguridad, cometieron un doble
agravio. No sólo robaron, sino que
traicionaron a una población que paga impuestos para que –hay que repetirlo– el
Estado le proteja de amenazas.
Sea usted de Durango o
no, por qué va a tolerar que se perdone y archive esa traición a la ciudadanía,
esa decisión criminal de privilegiar las campañas electorales del PRI por sobre
la seguridad de una población.
Porque la corrupción en
México no es algo que 'sólo' implique que alguien se embolse dinero. Es una
decisión de un ente de poder para beneficiarse particularmente en detrimento
del bienestar general.
Ello provoca muertes,
descalabros en economías familiares, desigualdad y desánimo social. La pax
corrupta es una contradicción etimológica. Nadie perdona a quien no se ha
arrepentido, nadie olvida a quienes le traicionaron, si lejos de pagar por sus
crímenes vivirán durante generaciones a costa de ellos. Nadie encuentra la paz
dentro del agravio.
La invitación de AMLO
no tiene futuro. Y no será el primer afectado, sino la población, si pretende
seguir por ese camino. Sólo abonará a que la crispación aumente en el tiempo, y
a que más delitos –surgidos de la impunidad– abonen (más) al desencanto con la
democracia.
Eso lo pagará López
Obrador. Y con él, todos.
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