Jorge Javier Romero Vadillo.
Ayer fue un día que será efeméride. La Suprema Corte de
Justicia de la Nación integró jurisprudencia con cinco sentencias de amparo
donde su primera sala sostiene que el derecho fundamental al libre desarrollo
de la personalidad permite que las personas mayores de edad decidan –sin
interferencia alguna– qué tipo de actividades lúdicas desean realizar y protege
todas las acciones necesarias para materializar esa elección y que, aunque ese
derecho no es absoluto, por lo que el Estado puede regular el consumo de
ciertas sustancias, las afectaciones que provoca la mariguana no justifican una
prohibición absoluta a su consumo.
Tres años después de que el 4 de noviembre de 2015 fuera
emitida la primera sentencia en este sentido, la que se le concedió al grupo
autodenominado SMART, finalmente, con los amparos concedidos ayer queda firme
la inconstitucionalidad de los artículos de la ley general de salud en los que
se sostiene la prohibición absoluta del cultivo y la posesión del cannabis para
uso personal. Se trata de una contribución mexicana al cambio de paradigma en
política de drogas, un camino que comenzó a abrirse con la estrategia
liberalizadora de los Países Bajos hace cuatro décadas, que continuó por la vía
de la regulación del uso medicinal en California y, sucesivamente, en otros
estados de la Unión Americana, seguido después de la regulación para uso
personal en Colorado y el estado de Washington, para alcanzar un hito con las
regulaciones nacionales de Uruguay, hace unos años, y de Canadá, hace unas semanas.
Después de casi un
siglo de persecución, que ha generado una violencia absurda y ha llevado a
prisión a miles de consumidores en el mundo, quienes además suelen ser acosados
y extorsionados, finalmente en América se ha comenzado a derrumbar el despropósito
prohibicionista, mientras que en Europa la liberalización también ha sido
constante, aunque más discreta. Para la sociedad mexicana lo ocurrido ayer es
un hito, pues demuestra lo errado de la estrategia de combate frontal al
tráfico, impuesta cíclicamente por los Estados Unidos al menos desde que Nixon
le declaró la guerra al narcotráfico en 1971. La Corte ha dejado al descubierto
la injusticia que han sufrido los consumidores de cannabis que han visto
violados sus derechos y violentadas sus personas por un delito sin violencia ni
víctimas. Queda claro también que la prohibición ha sido una aberración desde
la perspectiva de la salud, pues ha causado mucho más daño que el que pretendía
evitar.
Lo ocurrido en la SCJN
ayer es producto de una lucha constante de activistas, académicos, cabilderos y
políticos que desde hace dos décadas hemos insistido con evidencias en lo
contraproducente e injusto de la prohibición de la mariguana. Desde los
esfuerzos pioneros de la Asociación Mexicana de Estudios sobre la Cannabis, o
de aquella notable plataforma electoral de Democracia Social, en 2000, donde
incluimos la necesidad de echar abajo la prohibición, cuando el tema era
absolutamente tabú –al grado de que hubo que comenzar por despenalizar el
debate, como le gustaba decir a Patricia Mercado en su campaña de 2006–,
gradualmente se fueron sumando voces a una discusión que había estado vetada
por décadas de consenso prohibicionista.
La jurisprudencia de la Corte es un triunfo del Colectivo por
una Política Integral Hacia las Drogas, el entrañable CUPIHD, que creamos en
2008, de Elsa Conde, que como diputada presentó las primeras iniciativas para
la regulación, de México Unido contra la Delincuencia y la aguerrida Lisa
Sánchez, de Víctor Hugo Círigo, René Arce, Fernando Belaunzarán, Vidal
Llerenas, Martha Tagle y Mario Delgado, que como legisladores promovieron
iniciativas para regular la mariguana, de Aram Barra y los colectivos que
encabezó, de ReverdeSer, de Estudiantes por una Política Sensata de Drogas, de
intelectuales como Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda, que dedicaron
esfuerzos a combatir al prohibicionismo, de científicos como Herminia Pasantes,
la neurobióloga que se ha dedicado a destruir las patrañas pseudocientíficas
que la pretendían sustentar, de médicos como Gady Zabicky, empeñado en
desarrollar estrategias terapéuticas para las adicciones sin prejuicios
moralinos, o Humberto Brocca, prmotor de la prevención de consumos peligrosos,
del Programa de Política de Drogas del CIDE, con Alejandro Madrazo, Catalina
Pérez Correa y Laura Atuesta en la vanguardia académica y en la promoción de
una política basada en la evidencia y no en los mitos, de Claudia Rodón y su
tarea pedagógica.
Es un triunfo de
activistas como Leopoldo Rivera o Julio Zenil, que desde su posición de
consumidores han reclamado sus derechos y del trabajo constante de Sarah
Aguilar o Zara Snapp, que construyeron estrategia tras estrategia de
comunicación para impulsar la causa. Sin duda, sin el trabajo jurídico de Luisa
Conesa y del litigio encabezado por Andrés Aguinaco, no hubiera sido posible
este paso. Por supuesto, Armando Santa Cruz, Paco Torres Landa, Pablo Girault,
Josefina Ricaño, Miguel Mancera y los demás que buscaron ampararse para
impulsar la jurisprudencia, fueron claves en esta historia.
Pero la jurisprudencia
de la Corte es tan solo un paso. Si bien ahora ningún juez federal podrá negar
el amparo a quienes se les niegue la autorización para sembrar y transportar
para el consumo personal, se trata de un trámite engorroso y oneroso que no
puede considerarse permanente. Ahora el Congreso tiene la obligación legal de
cambiar la legislación inconstitucional, antes de que la Suprema haga una
declaratoria general de inconstitucionalidad. El cambio legal debe crear un
marco regulatorio que garantice los derechos amparados por la justicia federal,
pero con normas que reduzcan los riesgos del consumo tanto para los usuarios
como para su entorno, evite que los menores tengan acceso a la sustancia, cosa
que la prohibición no logra, y que existan formas de suministro diferentes al
autocultivo, pero sin que se cree un mercado competitivo con incentivos para
expandir la demanda sin restricciones.
Esta legislatura debe
ya comenzar por la mariguana, pero también debe abrir el debate sobre cómo
terminar con la prohibición del resto de las drogas, con regulaciones
diferenciadas de acuerdo con sus diferentes grados de peligrosidad. El paso
dado por la Corte debe ser el primero de una larga serie de cambios
institucionales que nos conduzcan a una política de drogas sensata, basada en
la evidencia, que reduzca riesgos y le quite el negocio a los delincuentes. La
salud de la sociedad mexicana lo requiere con urgencia: se debe regular para la
paz.
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