Jorge Zepeda Patterson.
Hace algún
tiempo coordiné el libro Los Amos de México (editorial Planeta), una obra que
describe la biografía de los grandes barones del dinero: Carlos Slim; Ricardo
Salinas Pliego; Emilio Azcárraga; Vázquez Raña; Roberto González, “El Maseco”;
Alberto Bailleres; Roberto Hernández, entre otros. En la introducción del libro argumenté que seguir sus vidas es una
manera de explicar al país, toda vez que se trata de los grandes titiriteros
que mueven los hilos de otros poderes. Los presidentes y los partidos cambian a
ritmo sexenal, los grandes empresarios y sus sucesores, en cambio, siempre
están allí. Nunca más claro que ahora.
López
Obrador anunció esta semana que algunos de los mencionados arriba o sus
asociados y descendientes, formarán parte de un cuerpo de asesores de la
presidencia. En la lista están incluidos los mandamases de las tres cadenas de
televisión abierta: TV Azteca, Televisa y Cadena Tres: Ricardo Salinas Pliego,
Bernardo Gómez y Olegario Vázquez Adir, respectivamente. Completan al grupo
Carlos Hank González de Banorte (nieto por vía paterna del célebre político
mexiquense y de Roberto González por vía materna), Miguel Alemán Magnani
(Interjet, nieto del ex Presidente), Miguel Rincón (cuadernos Scribe y PIPSA) y
Daniel Chávez (Grupo hotelero Vidanta).
No pretendo rasgarme las vestiduras
ni echar leña al fuego por la incorporación al tren de los vencedores de
personajes que en otro momento fueron considerados parte de la mafia en el
poder. Una y otra vez, el propio líder opositor se quejó de las televisoras y
la manera en que manipulaban la realidad en beneficio de sus intereses y el de
las élites. Hoy ha decidido gobernar con ellos.
Tampoco pretendo satanizar a estos
personajes. Si no existiera Olegario Vázquez o un Salinas Pliego, estaría
alguien con otro nombre en la cima de un imperio similar. No se trata de que
sean buenas o malas personas, o que quitando a uno y poniendo a otro las cosas
vayan a mejorar. Ellos son producto de un sistema que a su vez han contribuido
a modelar a su favor acumulando poder y privilegios que usan para mantenerse en
la cresta de la ola cuando los cambios derriban a los demás.
A lo largo del siglo XX el
presidencialismo era tal que permitía a cada mandatario apoyar a sus propios
empresarios; constructores, concesionarios e industriales que adquirían
protagonismo sexenal. La llegada de un nuevo Presidente suponía el relevo de
otra camada de empresarios mimados por el poder en turno. Eso terminó en el
siglo XXI. El debilitamiento del presidencialismo, la globalización y la
alternancia los hizo mucho más ricos que antes y les dio mayor autonomía. Hoy
los dueños del dinero ya no son “soldados del PRI”, como alguna vez se definió
a sí mismo Emilio “El Tigre” Azcárraga. Hoy son poderes frente a los cuales los
candidatos presidenciales suelen desfilar pidiendo apoyo.
Es evidente que López Obrador es un
consumado operador de la real política, un hombre con sentido práctico.
Entiende que no puede gobernar enfrentado a la élite empresarial porque ello
implica desafiar a los mercados financieros. El inoportuno y pueril ataque de
Ricardo Monreal en contra de las comisiones leoninas de los bancos (el fondo de
su argumento es cierto, la forma un desatino) ofreció una muestra del
descalabro que puede provocar al peso y a la deuda externa una gestión
unilateral de la economía.
Andrés
Manuel dijo que la Reforma Educativa
había sido un fracaso, entre otras cosas, porque se había hecho sin involucrar
a su principal protagonista, los maestros. Quiero pensar que la convocatoria a
estos grandes empresarios no representa una claudicación de su proyecto de
cambio, sino la aceptación de que cualquier modificación en los injustos
patrones de acumulación de la riqueza no puede hacerse sin el concurso de sus
propios protagonistas.
México es un país de desigualdades
intolerables. No habrán de resolverse empobreciendo a estos capitanes del
dinero sino cambiando las distorsiones que hicieron posible las ganancias
desproporcionadas, producto de los privilegios, los monopolios y el abuso. Está
claro que ir frontalmente en contra de ellos produciría una desestabilización
que lastimaría a todos, aislaría al Gobierno y terminaría por lastrar incluso
el apoyo popular.
Todo eso
puedo entenderlo. Pero me carcome una
pregunta: ¿es posible un cambio de régimen con tales aliados? Estos nuevos
consejeros presidenciales no están allí precisamente por su amor a México, ni
el Presidente los está convocando porque son sus nuevos mejores amigos o porque
confíe en ellos. López Obrador pretende utilizarlos en beneficio de su
proyecto; ellos participan para defender sus intereses.
La pregunta es: ¿quién terminará
usando a quién?
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