Darío Ramírez.
En ninguna parte de la Constitución se le otorgan facultades
al Presidente (y menos Presidente Electo) para perdonar actos en donde hay
claros indicios de corrupción.
El perdón que sugiere Andrés Manuel López Obrador sería
ilegal y sugeriría que continuará con el modelo de procuración de justicia en
donde el ejecutivo decide los designios de la justicia de acuerdo a su vaivén
político.
AMLO declaró: “punto final a la época en que un gobierno
entrante perseguía a exfuncionarios que presuntamente habían cometido actos de
corrupción” y que “perseguir a presuntos exfuncionarios corruptos crearía
condiciones de discusión en el país que él no considera adecuadas”. En
consecuencia, plantea una suerte de amnistía a la corrupción del pasado, aunque
agrega que no se trata de “truncar procesos judiciales ya abiertos por la
actual administración”, los cuales, insistió, “deben seguir su curso legal”.
Por si hubiese alguna duda, agregó: “Es un perdón, sí, es un perdón. Así, es lo
que se está planteando”.
A unos días de tomar
posesión como presidente constitucional sus declaraciones en contra de castigar
corruptos (que abundan) en la administración de Peña Nieto parecería una
contradicción sobre lo que prometió en campaña.
Hay consenso en el país – de acuerdo al INEGI- en que los dos problemas más graves que sufre
México son la inseguridad pública y la corrupción. Desde temprano en la carrera
electoral AMLO tomó la bandera anticorrupción de manera eficaz. Ningún otro
candidato pudo arrebatársela. La tracción política del candidato de Morena sin
lugar a duda se basó en atender y prometer respuesta a uno de los problemas más
graves que aquejan a la sociedad.
AMLO remató con Carmen Aristegui diciendo que “perseguir a los corruptos polarizaría el
país y nos empantanaríamos… generaría inestabilidad (sic)”.
El perdón de facto
implicaría reforzar un régimen de impunidad que tanto daño le ha hecho a
México. La justicia no es venganza. La justicia no es persecución. La justicia
es lo único que puede combatir la impunidad y ser una señal que inhiba actos
futuros. Mostrar la diferencia entre cada uno es básica aproximación.
Una amnistía de facto
aseguraría la impunidad para un número sin precedente de funcionarios que han
desviado recursos públicos cuyo destino debió haber sido el desarrollo
económico, los programas sociales y el fortalecimiento de la seguridad y no el
enriquecimiento personal, el beneficio privado o las campañas políticas.
Según Mexicanos Contra la Corrupción “A esta decisión, se agregan otras medidas que ponen en duda la
voluntad del próximo gobierno para honrar el mandato de combatir la corrupción
y la impunidad que recibió en las urnas: su negativa a reformar el artículo 102
de la Constitución para dar garantías de autonomía y eficacia a la nueva
Fiscalía General de la República; la expedición de una Ley Orgánica de la FGR
que no garantiza la independencia de la institución ni la creación de
capacidades de investigación; la libertad del Poder Ejecutivo para remover al
Fiscal; el anuncio de la iniciativa para eliminar las cinco salas
especializadas en combate a la corrupción del Tribunal Federal de Justicia
Administrativa; y el respaldo a la llamada Ley Compadre que permitirá al
gobierno de Tabasco asignar de manera directa aquellas obras de infraestructura
que sean estratégicas.
¿Qué estará viendo el
Presidente Electo para decidir ir en contra de la voluntad popular de desterrar
la corrupción? ¿Qué negociaciones –si es que las hubo- implicaban garantizar un
régimen de impunidad a los corruptos salientes?
Ante el alud de
corrupción en el país y siendo pragmáticos, sería imposible perseguir a “todos
los corruptos”. Ir desde el presidente municipal al presidente de la República
generaría oscilación política y sobrepasaría la capacidad del Estado para
investigar. Pero en política el mensaje lo es todo. La incapacidad para
enjuiciar a todos no debería inhibir el anhelo de justicia y combate a la
corrupción.
Pero algún cálculo ha
hecho AMLO y sabe que no puede. El estado en el que se encuentra la PGR no le
daría la capacidad para dar un mazazo de justicia a la clase política del país
(suponiendo, claro está, que esa fuese su voluntad).
Por lo tanto, cabría
preguntarse si la decisión del próximo presidente versa no dentro de una
partitura de procuración de justicia sino más bien de un cálculo político. Lo
que no cuadra es el rechazo que AMLO ha dado a fortalecer la PGR. Entendería
que la tentación de tener la procuración de justicia dentro de su órbita de
poder es demasiado para dejarla ir. Sin embargo, lo que México necesita es
justicia y que esta no dependa de la política.
Las señales de AMLO
acercan nubarrones. Sin caer en tragedias apocalípticas, se deberá seguir muy
de cerca cómo el próximo presidente combate a la corrupción y la impunidad, si
es que lo hace. Lo más sencillo sería administrar la crisis, veremos por qué
camino opta.
Pero que quede claro, AMLO no tienen la facultad para
perdonar a los corruptos.
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