Ricardo Ravelo.
Sin Joaquín Guzmán
Loera, El Chapo, a la cabeza, el cártel de Sinaloa mantiene su expansión en el
mundo y ya se consolidó como la organización criminal más boyante del planeta.
Su jefe es Ismael El Mayo Zambada, veterano capo que se refugia tras el poder
criminal y la protección oficial.
Después de la última detención de Guzmán Loera y su
posterior extradición a Estados Unidos, el
cártel de Sinaloa sufrió una guerra interna protagonizada por los hijos y
hermanos de Guzmán Loera, El Mayo Zambada, Dámaso López (padre e hijo,
actualmente presos en Estados Unidos), la organización Beltrán Leyva y el
Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), el segundo más poderoso de México.
La guerra cesó,
aparentemente, tras la captura de Dámaso López y la entrega voluntaria de su
hijo del mismo nombre, apodado El Mini Lic, quienes desataron una lucha a
muerte por el control de la organización. López fue socio de Guzmán y en Puente
Grande, donde era custodio, jugó un papel clave en la fuga del capo, en enero
de 2001, supuestamente escondido en un carrito de lavandería, aunque otras
versiones sostienen que un grupo de funcionarios panistas –responsables de las
prisiones federales –se coludieron para dejarlo escapar a cambio de un pago
multimillonario.
Aquella fuga
espectacular –orquestada por el capo al arranque del sexenio de Vicente Fox
–significó el inicio de la consolidación del cártel de Sinaloa, el sello
panista imborrable tras el fulgurante ascenso del cártel.
Cuando Guzmán Loera recobró su libertad, con todo el cobijo oficial, se dio a la
tarea de construir los cimientos de la empresa criminal que dirigió por más de
12 años. Guzmán Loera es el narcotraficante que más tiempo ha durado en el
poder, en comparación con otros capos emblemáticos: Juan García Ábrego sólo se
mantuvo seis años, durante el gobierno de Carlos Salinas; Amado Carrillo, El
Señor de los Cielos, encabezó el cártel de Juárez sólo cuatro años. Asumió el
liderazgo en 1993 –tras el asesinato de Rafael Aguilar Guajardo –y una
inesperada muerte, ocurrida en 1997, lo sepultó en el misterio. Se afirma que
está muerto, pero existen rumores de que Carrillo sigue vivo porque así lo
decidieron los gobiernos de México y Estados Unidos, cómplices hasta el exceso.
Ya en la calle, El
Chapo no tuvo descanso en quitar del camino a sus rivales. Trazó un plan, cuyos
pormenores se fueron cumpliendo poco a poco: primero le declaró la guerra a Los
Zetas, sanguinarios sin límites; eliminó a los hermanos Carrillo Fuentes, más
tarde se desprendió de los hermanos Beltrán Leyva, la traición como arma letal
lo entronizó en la jefatura del cártel de Sinaloa, organización criminal a la
que no son ajenos políticos de diversas corrientes.
Hasta la tercera captura de Guzmán Loera, después de su fuga del penal del Altiplano,
el cártel de Sinaloa mantenía su estructura piramidal, pero tuvo que cambiar el
diseño de sus operaciones para diversificar sus tareas. En este proceso de
transformación, por ejemplo, Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, siguió los
pasos de su exsocio Amado Carrillo: prefirió vivir muerto.
Una noticia, difundida por medios sinaloenses,
anunciaba la muerte de Esparragoza, con datos poco creíbles: se celebraron
misas durante nueve días en su tierra natal, pero ninguna autoridad pudo
verificar su muerte ni mucho menos examinar el cuerpo. El cadáver de El Azul
fue rápidamente cremado y tras ser convertido en cenizas se dijo que había sido
atropellado, que tras un tiempo de agonía un infarto puso fin a su vida. Puede
ser verdad, aunque la mentira también emerge, en este caso, robusta y evidente,
inocultable por la historia de un hombre que siempre se movió en las aguas de
la falsedad y el engaño.
Luego de la extradición de Guzmán Loera, el cártel de Sinaloa se transformó. Fue
dividido en cuatro estructuras y cada una, aparentemente, tiene un jefe: un
bloque lo encabezan los hijos de El Chapo –Iván Archivaldo y Jesús Alfredo –,
otro está bajo el dominio de Aureliano Guzmán Loera, uno más lo encabeza, según
versiones de la PGR y de la DEA, Rafael Caro Quintero y un cuarto bloque está
bajo el dominio de Ismael Zambada García, El Mayo, aunque de él se afirma que
en realidad es el verdadero jefe de la organización criminal.
A fin de dominar una
mayor extensión territorial, el cártel de Sinaloa se alió con otros cárteles:
es el caso de los Caballeros Templarios, el cártel del Golfo, entre otros, con
quienes selló una alianza. Su rivalidad, sin embargo, la mantiene con el CJNG,
cuyo jefe, Nemesio Oceguera, pretendió desplazar a Sinaloa de los territorios
que domina, pero no lo consiguió.
El lunes pasado inició el juicio en contra de Guzmán
Loera, a quien la revista Forbes le atribuyó una fortuna de mil millones de
dólares. Lo que llama la atención es que ninguna autoridad nacional ni
extranjera le ha decomisado la fortuna que el capo amasó durante sus años de
esplendor en el narcotráfico. En México, primero, y ahora en Estados Unidos Guzmán Loera sigue libre financieramente,
los brazos del dinero sin ataduras.
Sobre Guzmán Loera
pesan once cargos, entre delincuencia organizada, lavado de dinero, posesión de
armas prohibidas y conspiración para realizar operaciones de narcotráfico. Se
le acusa de introducir a territorio estadunidense unas 155 toneladas de
cocaína. Su defensa niega los cargos y sostiene que El Chapo jamás dirigió
organización criminal alguna y que los cargos que le Corte Federal de Nueva
York le imputan son falsos.
Se espera que Guzmán
Loera pueda ser condenado a varias cadenas perpetuas. Sin embargo, el cártel de
Sinaloa sigue boyante y en constante crecimiento. Aquí cobra sentido la
declaración que hizo El Mayo Zambada al periodista Julio Scherer, tras el
encuentro que sostuvieron en la sierra sinaloense: “Si a mí me pasa algo, (en
la organización) todo seguiría igual”.
Con estas palabras,
Zambada emitía un mensaje claro: muertos o presos los miembros de Sinaloa,
nadie puede detener la buena marcha del cártel. Ahora que El Chapo está preso en
Estados Unidos la organización criminal crece como si nada hubiera pasado,
intocable su estructura operativa y financiera. Como dijo El Mayo, todo sigue
igual.
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