Georgina Morett.
Fue una fiesta de símbolos, de poder, un día entero dedicado
al presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. No hubo novedades
en el discurso ni un acercamiento a cómo se cumplirá con los compromisos, pero
lo cierto es que la gente se volcó a las calles.
La esperanza de un cambio y el hartazgo por las políticas de
los últimos 30 años se hicieron manifiestas desde la elección y ahora la gente
cree que mejorará su calidad de vida.
¿Cuánto durará el bono democrático que entregó la sociedad a
Andrés Manuel López Obrador? Dependerá en mucho de que la gente vea el
cumplimiento de sus expectativas con mayores recursos económicos, menor
inseguridad y mayor transparencia.
Una vez más, como sucedió en campaña, el discurso del
presidente en el Congreso de la Unión se centró en el combate a la corrupción y
una vez más quedaron en el aire los cómos para acabar con este flagelo.
Puso como sustento de la cuarta transformación esta lucha, al
afirmar que “a partir de ahora se llevará a cabo una transformación pacífica y
ordenada, pero al mismo tiempo profunda y radical, porque se acabará con la
corrupción y con la impunidad que impiden el renacimiento de México”.
Y la calificó como “la causa principal de la desigualdad
económica y social, y también de la inseguridad y de la violencia que
padecemos”.
Sin duda, la corrupción es uno de los principales problemas
del país, pero el crecimiento de la delincuencia no es unifactorial y tampoco
es cierto que todo se pueda arreglar barriendo la corrupción de arriba para
abajo.
Aquí seguimos sin saber cómo se enfrentará a la corrupción,
si se darán más dientes al Sistema Nacional Anticorrupción, o si se cree que
simplemente centralizando las compras del gobierno federal en la Secretaría de
Hacienda se asegura la transparencia.
Sin duda, otro momento que atrajo nuestra atención fue cuando
en su discurso en el Congreso, el presidente se refirió a dos sexenios priistas
que puso como ejemplo de crecimiento económico en el país.
Estos son los que van de 1958 a 1970, y tuvieron en común el
hecho de que, en ambos, el secretario de Hacienda fue Antonio Ortiz Mena, y que
“la economía del país creció no sólo al 6 por ciento anual, sino que este
avance se obtuvo sin inflación y sin incremento de la deuda pública”.
Pero hay algo que olvidó decir y que finalmente son hechos
muy importantes en la historia de este país: de 1958 a 64 gobernó Adolfo López
Mateos, quien reprimió al movimiento Ferrocarrilero, y qué decir del siguiente
presidente, Gustavo Díaz Ordaz, a quien ni más ni menos le debemos la matanza
de 1968.
Por alguna razón, el presidente López Obrador decidió dejar
claro que bajo ninguna circunstancia buscará la reelección y aprovechó para
reiterar que en dos años y medio se someterá a la revocación del mandato a
través de una consulta pública, precisamente el 1 de julio, cuando se llevarán
a cabo las elecciones intermedias para elegir a los diputados, y si las cosas
le salen bien a su gobierno, esta consulta podrá una vez más provocar el efecto
AMLO a favor de los candidatos de Morena.
Los primeros cambios ya están: por ejemplo, ya está a la
venta el avión presidencial, que sin duda en campaña fue un gran atractivo en
sus promocionales, pero esto ni de chiste acaba con la corrupción, simplemente
significa una incomodidad para el propio presidente.
La esperanza está ahí, y la historia ha demostrado que aún en
el equipo de López Obrador puede haber corruptos, sólo hay que recordar a
algunos personajes de su gobierno en el Distrito Federal como René Bejarano,
Carlos Imaz y Gustavo Ponce.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.