Javier Risco.
Son pocas
las circunstancias en las que uno está junto a un grupo de desconocidos con la
luz apagada, por eso me quedo en las salas hasta el final, para aprovechar
hasta el último momento y ver a la gente salir de vuelta al mundo (y a la vida)
después del paréntesis. Es que siempre me ha parecido especial el momento en el
que acaban las películas, cuando se termina el viaje y uno debe acomodar la
pupila y el cuerpo para salir del cine lo más parecido a como entró: estirarse
si es que se durmió, secarse los ojos si es que lloró, peinarse si lo
despeinaron, etc.
No recuerdo
cuándo fue que reparé en la bastedad de los créditos, en esa parte que forma
parte, y no, de la película y en la cantidad de personas que hacen posible una
producción cinematográfica. Es que los créditos del film más sencillo son
comparables con el listado de personajes de La Biblia o con los créditos que
tendría una guerra. Eso me sigue sorprendiendo al día de hoy y entiendo que se
hable de este arte (el séptimo) como una industria.
De un tiempo
a esta parte, me ha tocado compartir más cercanamente, ya sea por amistad o por
trabajo, con gente de cine. He entablado conversaciones y entrevistas con
directores, actores, fotógrafos, guionistas y productores, y hay algo que
siempre queda resonante luego de platicar con ellos: hacer cine es algo
espartano.
Aquí en
México se hace mucho cine, pero es más el cine que no se hace.
Es duro para
todos y para unos más que para otros. Concretar una idea y cerrar un guion es
difícil, ni hablar de conseguir el dinero y hacer los presupuestos y las
carpetas, eso es de úlceras y depresiones, pero no es lo que más cuesta. Lo
realmente difícil es conseguir que la gente vea tu película y que los cines la
tengan más de un fin de semana. En la mayoría de los casos, luego de un trabajo
de años tu película por fin ve la luz, pero la luz que ve no alumbra ni
calienta y cualquier medida que apunte a mitigar eso, es un paso adelante.
Por eso
cuesta entender el anuncio de María Novaro, nueva titular del Imcine, de que la
plataforma Filminlatino cerrará a partir del 31 de diciembre. Y no sólo a mí me
extraña. La mayoría de nuestra gente de cine reconoce que, aunque reducido, el
aporte de la plataforma es fundamental para muchos creadores de nuestro país.
Las redes se han llenado de testimonios de cómo Filmin es, en algunos casos, la
única fuente de difusión para producciones nacionales que, por temática o por
el motivo que sea, no tuvieron un paso ni siquiera alternativo por las salas de
nuestro país.
Guillermo
del Toro es contundente: Para mí es interesante como instrumento que puede
funcionar fuera de las capitales. Como ventana que yo hubiera querido en
provincia.
Pues esta
opinión, al menos en un primer comunicado no era compartida por el Imcine, por
mucho que el discurso sea gestionar el cine de forma más amplia, incluyente y
mucho más efectiva. Es curioso que el primer gesto de ese espíritu sea el
intento de eliminar una plataforma que, de forma efectiva, amplía e incluye.
Afortunadamente,
al cierre de esta columna se publicó un posicionamiento conjunto en el que
Imcine y la Secretaría de Cultura, de momento, frenan la decisión y someterán a
revisión el desempeño de FilminLatino.
Es que no se
puede lanzar una noticia así sin mostrar tu juego, las opciones que traes, y
mucho menos cuando hay colegas a los que esta herramienta marca una diferencia
en sus carreras.
Como dice el
pronunciamiento, una institución sólo es fuerte en la medida que sirve a la
comunidad a la que se debe y al parecer aquí se hace mucho cine, pero es mucho
también el cine que se olvida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.