Centrado en
el tope máximo salarial, el desencuentro entre el Poder Ejecutivo y el Poder
Judicial, marca las dos primeras semanas de la administración lopezobradorista,
colocando al Legislativo en arena de definiciones dado que en este se ubica la
defensa de reformas en materia administrativa de los afines al régimen y la
litigiosidad de su oposición, así como los diques que al respecto se anticipan
en el Presupuesto 2019.
El asunto,
que ni de lejos es el más relevante para el país –ahí está la operación de
Fuerzas Armadas en atención a delitos del fuero común, la opacidad respecto al
futuro de los bonos relacionados con el Aeropuerto cancelado, o las dudas sobre
el pacto federal, con la figura de los superdelegados, por ejemplo–, es una maraña
de argumentos políticos y aspectos de legalidad que obligan a coincidir con el
presidente López Obrador, al menos en la afirmación de que estamos en “el
terreno de lo inédito”.
Nadie podría
oponerse –y tal parece que, pese a su ruda argumentación discursiva tampoco se
opone el titular del Ejecutivo—a que aquello que tiene que ver con el tope
máximo salarial, se resuelva de conformidad con el marco constitucional. Y, sin
embargo, la polémica ha motivado que la Suprema Corte de Justicia de la Nación
y el Poder Judicial todo, sean enjuiciados en la discusión pública.
En esto último
hay razones profundas. El sistema
judicial es, sin lugar a dudas, uno de los espacios más sucios para el
ciudadano común. Quien se ha visto forzado a un proceso judicial, en cualquier materia,
pero descarnadamente en la penal, sabe de los múltiples obstáculos que debe
sortear, los sobornos que le permiten salir bien librado o derrotado si no
estuvo en capacidad de cubrirlos; los atropellos bajo consigna cuando el litigo
implica a un poderoso… Quien lo duda es porque no conoce las poblaciones
penitenciarias, suma de injusticias, hacinamiento de pobres.
No se trata
sólo de la cotidianidad. El Poder
Judicial, es el único que ha escapado al desagravio histórico de la complicidad
con el poderoso en turno, impune brazo ejecutor del presidencialismo hegemónico
y del de la llamada alternancia. Gente de toga para la inspiración de
autoridad, al servicio del autoritarismo, han habitado los recintos de la
injusticia mexicana.
Breve
repaso: fueron quienes enjuiciaron a los
estudiantes de 1968; admitieron la consigna para mantener presos políticos
durante la llamada “guerra sucia” o se prestaron a las “purgas” políticas de
cada sexenio; sirvieron a la fabricación de “chivos expiatorios”, en los casos
más hirientes como el asesinato de Luis Donaldo Colosio.
Aceptaron la consigna, confesa por
Vicente Fox, en el proceso de desafuero para descarrilar al aspirante
presidencial López Obrador en 2005 y, cuando no lo lograron, sirvieron para
tapar las evidencias de 2006 al impedir la transparencia de las boletas
electorales.
Fueron incapaces de frenar la
inconstitucionalidad del uso policiaco de las Fuerzas Armadas en los últimos 12
años y negaron la posibilidad de una consulta ciudadana sobre la Reforma
Energética, garantistas de los intereses privados y, naturalmente, de la banca.
Sabemos hoy que corrupción e
impunidad son el binomio de la indignación ciudadana, un consenso en el que hay
que tener claro que la impunidad pasa necesariamente por el Poder Judicial.
El debate
salarial, ciertamente, debe decidirse en el ámbito del marco constitucional. Pero ya que está en el banquillo del juicio
popular, es tiempo de abordar, por una parte, aquello que tiene que ver con la
disfuncionalidad del sistema, sus vicios, corrupción e ineficacia; por otra, el
desagravio, un acto de contrición ante su papel penoso en la historia política
del país.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.