Darío Ramírez.
La polarización política es parte del
debate democrático. El intercambio de ideas sesudamente, la algidez de las
palabras, la necedad en los argumentos y la certeza valiente de que cada
persona sostiene la verdad es parte de la libertad de opinión y expresión.
En momentos de alta participación política parecería obvio que cada persona sostiene
una posición y su defensa se vuelve oxígeno puro. De ninguna manera podríamos
esperar que cada una de esas personas argumente con datos y hechos. Y se vale
no hacerlo, se vale hacer política desde la emoción de defensa o ataque de una
posición política.
Habiendo dicho eso, también
señalemos que no por poder sostener una posición política en libertad quiere
decir que ese sea el camino para construir una mejor sociedad, más fuerte,
solidaria y comprensiva. En otras palabras, un diálogo basado en razones y
argumentos podría fortalecer el debate público, pero no es un requisito sine
qua non para participar en política con opinión propia.
Es de celebrarse el intercambio de
opiniones políticas sobre el quehacer público. Es claro que Andrés Manuel López
Obrador está haciendo las cosas diferentes. Su proyecto político, en muchos
sentidos, será basará en nuevos códigos de hacer política. A muchos no les
gustará, a otros tanto sí. Lo que debemos de tener claro es que ambos extremos
son necesarios para una democracia.
El presidente debe de sentir el
disenso. Debe de hacerlo meditar y tal vez cambiar de posición porque está
claro que debe de gobernar para toda la sociedad, no para unos cuantos. El
disenso debe de ser tan eficaz que ponga en jaque las decisiones desde el
poder. Pero una cosa está clara: AMLO hará muchas cosas diferentes a como hemos
estado acostumbrados por decenas de años.
Los tiempos que inauguró la elección
de López Obrador debe de traer consigo nuevas formas de hacer política. Según
la encuesta de El Financiero (3/12/18), el 53% de la población cree que el
principal compromiso del nuevo presidente es con `gente como usted´; mientras
que pare muchos en redes sociales criticaron el discurso inaugural de AMLO, el
77% opinó que le gustó, lo que explica que el 83% de los encuestados está
optimista sobre el futuro del país por un 15% pesimista. Según el sondeo
citado, el 80% manifiesta que AMLO le genera confianza al pueblo en general.
La mayoría no siempre tiene la razón.
Al contrario, la minoría en democracia es fundamental, pero también basta con
ver el panorama de aprobación a las acciones de gobierno para aceptar que la
legitimidad democrática sostiene –hasta ahora, ojo, solo hasta ahora- a cada
una de las acciones que el gobierno ha emprendido.
Se puede o no tener afinidad al
proyecto de Obrador, esa es la prerrogativa de cada uno de los que formamos la
sociedad mexicana tenemos. Sin duda muchos intereses serán trastocados y ello
provocará una férrea oposición a políticas del nuevo gobierno. Y qué bueno, que
haya oposición al gobierno democrático.
La provocación de AMLO a
instituciones y poderes de antemano puede ser positiva. Es decir, poner en la palestra pública si los salarios de jueces y magistrados
son excesivos de entrada es positivo por la pertinencia. Se podrá criticar las
formas –tal vez torpes de hacerlo- pero al final, hay que entender –y AMLO lo
advirtió desde hace muchos años- está determinado a cambiar cosas del sistema
político, económico y social. Y los cambios no necesariamente van a gustarles a
todos, pero el simple hecho de remover el sistema, de discutir y defender las
diferentes posiciones es fundamental para la democracia mexicana.
No le tengamos miedo a la
polarización de ideas. No de todo intercambio necesariamente se llegará a una
posición consensuada. Tal vez las posiciones siempre serán distantes y extremas
pero ambas necesarias para el debate político. Buscar aplastar posiciones
políticas simplemente por el deseo creer que se sostiene la verdad –aunque
válido- resulta en posiciones meramente decorativas.
Si la polarización trae consigo la
activación de grupos sociales a la arena de lo político, eso ya sería una
ganancia. La infalibilidad del gobierno es inasequible. Se equivocará muchas
veces, aunque sus fanáticos aseguren lo contrario, pero para ello estará la
sociedad civil organizada, los medios y los votantes que pueden asegurar que su
voto no fue para un ejercicio del poder tan errático.
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