Más allá de los sueldos exorbitantes
y privilegios de reyes que por décadas han gozado dentro del Poder Judicial –
uno de los tres poderes soporte del sistema político mexicano-, la percepción
que se tiene de la mayoría de jueces y magistrados, es una: corrupción.
Entre los sectores que mayor desconfianza
provocan a los ciudadanos están los impartidores de una justicia que, hoy por
hoy, está lejos de ser garante de imparcialidad y que se ha convertido en
fuente inagotable de turbios manejos que favorecen a poderosos y criminales.
Sí: por un lado, son los sueldos públicos
agraviantes que gozan los ministros de la Suprema Corte de Justicia (por
cierto, la SCJN tiene una calificación muy baja, de apenas 6.1 de aceptación
entre los mexicanos, de acuerdo a reciente encuesta de Consulta Mitofsky en
noviembre pasado), que los ubica en un nicho de privilegio insultante dentro de
un país empobrecido.
“No ganamos
600 mil pesos mensuales”, refutan los
ministros de la SCJN al presidente López Obrador. Cierto. Ganan 578 mil 186
pesos al mes. (Fuente: Anexo 24.5.1 del Presupuesto de Egresos de la Federación
de 2018). 22 mil pesos menos que lo dicho por AMLO. 600 mil o 578 mil resulta,
en la praxis, un salario ofensivo. A ello, habrá que sumarle cuantiosos
privilegios: boletos de avión, gastos médicos mayores, gasolina, aguinaldos
estratosféricos, bonos anuales, etc, a costa de los impuestos de millones de
mexicanos.
Ser ministro de la Corte en México
equivale a sacarse la lotería con el premio mayor.
Pero hay
más.
Por otro lado, está el nepotismo en
abundancia.
Esposa(o)s, hijos, hermanos,
sobrinos, tíos, amigos, socios, parientes, todos caben en la súper nómina del
poder judicial sin ningún recato ni pudor, dentro de un espectro de
intocabilidad porque, al paso de los años, se ha convertido en una especie de
cofradía que condena a la hoguera a todo aquel que se atreva a desafiarla, ya
que el resultado le será adverso. ¿Por qué? Porque en tribunales, la casa gana.
Siempre.
Corrupción, pues.
En mi
columna: “De qué hablo cuando hablo de desmontar al sistema”, del 21 de marzo
pasado en SinEmbargoMX, señalé:
“La SCJN está integrada por alfiles
del poder político-priista. La Corte es influenciada, en muchos casos, desde
Los Pinos, mediante conveniencias, premios o amenazas. Ejemplos sobran. No la
podemos considerar un órgano autónomo que beneficie a los intereses de una
nación. Mientras siga dominada por la nomenclatura priista, estará supeditada a
los mandatos del PRI”.
Ejemplo de
carne y hueso: ¿quién podría dudar de
que Eduardo Medina-¿Mora es uno de los magistrados de la Corte menos confiables
y más cercanos al tradicional poder político en México, de cual es fiel guardián?
Ligado siempre al PRI y a Felipe Calderón, de quien fue procurador General de
la República, es un personaje que provoca desconfianza y que podrá ser todo,
menos una garantía de imparcialidad. Su pasado le pesa como una cruz de madera.
Es uno de los símbolos de la nomenclatura del poder.
Cierto: las formas bajo las cuales AMLO y los
puntales de la IV Transformación pretenden terminar con los súper sueldos y los
privilegios de los jeques de la justicia en México, no han sido las más
adecuadas. Adolecen de una práctica cada vez más frecuente y preocupante del
nuevo gobierno: la improvisación, ejercer facultades sobre las rodillas, más
influenciados por la ideología del cambio radical que preocupados por apegarse
a una ley que, efectivamente, está diseñada para proteger a las élites del país
pero que, empero, es la que tenemos y mientras tanto habrá qué respetarla.
Habrá, sí, que cambiar las leyes. Eso es un clamor cuasi generalizado.
El
encontronazo ya se dio: poderes
Ejecutivo y Legislativo contra el Judicial que se aferra a las nocivas y viejas
prácticas sobrevivientes del priismo más añejo y de un panismo con olor a PRI,
el que gobernó del 2000 al 2012 a México, cuando jueces y magistrados
permanecieron intocables y se erigieron, sin afán de exagerar, en poderosos
caballeros ligados a los poderes políticos y financieros, olvidando su misión
principal: ser guardianes de la justicia popular y estar al servicio de los
ciudadanos.
Ahora, allí están las consecuencias: tantos años
de burocracia dorada impune que ahora se ve amenazada por un nuevo gobierno
que, a trompicones y tropezones, pretende volverlos mortales y regresarlos a la
justa medianía que proclamaba Benito Juárez y que, sin duda, es punta de lanza
del gobierno lopezobradorista.
¿Quién
ganará esta batalla?
En diciembre
de 1994, Ernesto Zedillo decidió
reformar al Poder Judicial a fondo. ¿Cómo? Jubilando a todos los ministros de
la Corte. ¿La razón oficial? Reducir la influencia del Ejecutivo y de la
política en la impartición de justicia. Así, 11 de 18 ministros propuestos,
fueron aprobados por el Senado. Fue un episodio que Zedillo ganó sin ningún
conflicto ni rebelión alguna por parte del poder judicial.
Ahora, la historia se podría repetir: que otro
Presidente (AMLO), decida disolver a la Corte por la vía legal, ante las
resistencias que presenta en la batalla por reducir los sueldos y privilegios
que hasta ahora goza. El Ejecutivo tiene esas facultades, ya demostradas en
1994.
¿Ayer
Zedillo, hoy AMLO?
En
determinado momento, López Obrador
deberá decidir qué hacer con la SCJN: diluirla, jubilando a todos sus ministros,
o resignarse a solamente reducir un porcentaje de sus sueldos y algunas
prestaciones. Será su decisión histórica.
El siguiente
conflicto, entonces, sería:
¿A quiénes propondría AMLO como
nuevos ministros de la Corte? Porque por lo visto hasta ahora, su reciente
terna es otro ejemplo del sistema de cuotas y cuates que tanto ha dañado la
confiabilidad e imparcialidad de los órganos de justicia.
Pero esa
será otra historia que abordaremos en esta columna.
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