Alejandro Páez Varela.
Enrique Krauze sostiene
que el Gobierno de Enrique Peña Nieto terminó en 2014, cuando se destapó el
escándalo de la “casa blanca”. Yo creo que fue poco antes ese mismo año, con la
desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Esto nos dice que, como sea,
el ex Presidente tuvo 2015, 2016, 2017 y 2018, cuatro años de seis, para tratar
de recomponer su mandato. Y lo que nos dicen los números de la publicidad
oficial es que no quiso recomponer, sino comprar: soltó el gasto en prensa a
niveles históricos.
Entonces, ese hombre
humillado la mañana del sábado pasado (cuando Andrés Manuel López Obrador le
agradeció y luego le derramó una tonelada de cascajo de su propio gobierno) no
quiso aprender. Tuvo tiempo para hacerlo, pero se concentró en el guión que le
marcaron y no tuvo la inteligencia para mejorar en algo.
Podría jurar que Peña Nieto no leyó siquiera La Silla del
Águila, el libro por el que fue humillado en público por primera vez, antes de
asumir la Presidencia. Es más: no creo que haya leído un solo libro en estos
años.
En aquella Feria del
Libro de Guadalajara, cuando era candidato presidencial, Peña Nieto balbuceó
algo que creyó suficiente para engañar a alguien. Hizo el ridículo. Fue, como
digo, humillado. Y no salió de allí con ganas de leer el libro de Carlos
Fuentes que lo ridiculizó: se metió en su camioneta de lujo, se tapó hasta los
ojos y siguió adelante.
Esa actitud, sabemos
ahora, es la que lo llevó a la desgracia y de paso, sumió al país en una crisis
peor a la que heredaba de Felipe Calderón Hinojosa.
Hay algunas frases que
vale la pena recuperar de La Silla del Águila. Lástima que Peña no lo leyó,
porque se habría visto a sí mismo, allí. Habría visto su propio destino, un
privilegio que tienen muy pocos hombres sobre el planeta. No lo aprovechó.
“Todo Presidente va
dejando un rosario de dichos más o menos célebres –escribió Carlos Fuentes– que
pasan a formar parte del folklore ‘polaco’”:
–En política hay que
tragar sapos sin hacer gestos.
Era él mismo, Peña, esa
mañana de humillaciones en el Congreso mexicano. Era su futuro: el del hombre
humillado.
–Un político pobre es
un pobre político.
Era la frase con la que
él creció (atribuida al profesor Carlos Hank, fundador del Grupo Atlacomulco),
y que simboliza la corrupción y la ambición… que lo llevaría al fracaso.
–El que no transa no
avanza.
La frase usada hasta el
cansancio por López Obrador para anunciar no sólo el fin del sexenio de Peña,
sino el de una generación de políticos.
–Arriba y adelante.
Echeverría. PRI. La
mentira encarnada: abajo y hasta el fondo. Peña ante sí mismo, sin ganas de
saber de la historia de sí mismo.
–La solución somos
todos.
López Portillo. PRI.
Peña haría su propia versión de esta frase; una versión tan cínica como
patética: “La corrupción somos todos, la corrupción es cultural”.
–Si le va bien al
Presidente, le va bien a México.
Salinas. PRI. La frase
no se sostuvo en el tiempo y es, hoy, una lección de cinismo: a los presidentes
siempre les va bien aunque salgan con la cola entre las patas; a México, nunca.
[¿Qué escribió Carlos Fuentes?, le pregunté ayer a Ramón
Córdova, su editor. ¿Una novela epistolar? ¿Una obra de teatro novelada? Me
contestó: “Epistolar, sin duda. Hizo
colapsar las telecomunicaciones para que la sociedad se pareciera a como fue en
el siglo XIX: consciente del valor de cada palabra y de la inteligencia detrás
de ellas. Adiós a la ‘supercarretera’ de la información; bienvenida la
necesidad de razonar cuidadosamente”].
Un hombre inteligente
habría buscado una oportunidad para decirle a los mexicanos que se había
tardado seis años, pero que había leído La Silla del Águila. Peña no lo hizo;
no creo que lo hiciera. Seis años después de la humillación en la Feria del
Libro, lo que Peña hizo fue atender el guión equivocado, el que le escribió
Luis Videgaray seis años: se fue con otra águila, el Águila Azteca. Le entregó
tan alta distinción, a pesar de las protestas, a Jared Kushner, al yerno de
Donald Trump, el hombre que ha ofendido al pueblo de México.
Peña salió de su domicilio en Avenida de Las Palmas 1325,
esquina Sierra Vertientes, en las Lomas de Chapultepec. Iba rumbo a su último acto de humillación, en el Congreso. “Me retiro
de la vida política –dijo–, al ámbito privado. Y no deseo tener participación
alguna en la vida política del país”. Luego dijo que ahora sí (¡ahora sí!)
tendrá tiempo para “pensar y reinventarse”.
Para humillar a Peña,
qué mejor que Peña, el hombre humillado por sí mismo.
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