Raymundo
Riva Palacio.
Como
decíamos ayer, parafraseando a Miguel de Unamuno, después del reposo, el encono
sigue y la polarización avanza. Su última expresión, el ejecutómetro del
periódico Reforma, publicado el miércoles pasado, que mencionaba, sugiriendo
actos del crimen organizado, que el número de asesinatos durante el primer mes
de gobierno de Andrés Manuel López Obrador había sido 65 por ciento superior al
último mes de gobierno de Enrique Peña Nieto. Quienes antes validaron esa misma
no-metodología de Reforma, la criticaron en defensa de la nueva administración,
y quienes antes criticaban a los críticos por utilizarla para denostar a
quienes ya se fueron, hoy los censuraron por su incongruencia. La realidad es
que todos están y estaban mal, nunca quisieron aceptarlo, y soslayan los temas
de fondo sobre el tema de la seguridad que son los que deberían de estar en la
mesa de la discusión.
Los
ejecutómetros han sido por más de una década el instrumento periodístico más
engañoso que existe, porque no explicó absolutamente nada del fenómeno de la
inseguridad y sí, en cambio, distorsionó la realidad y contribuyó a que México
fuera equiparado en términos de violencia a los países asiáticos en guerra.
Pero cualquier persona que haya estado en Siria, Irak o Afganistán, sabe que es
falso. Puede haber más periodistas muertos en México que en esos países, pero
no porque las condiciones de trabajo sean mejores en esas naciones rotas, sino
porque la prensa no se mueve por donde quiera, como en este país. La libertad
de movimiento [que hay] en México no existe en esos países en guerra, donde
prácticamente ningún periodista que quiera salir vivo, se adentra en la zona de
conflicto sin acompañantes de una de las fuerzas beligerantes. Esto, por
supuesto, no reduce la gravedad de la violencia que se vive en México.
Los
ejecutómetros los comenzó a hacer El Universal a mediados de la década pasada,
y fue el primero en desecharlo como herramienta de trabajo. El primer error
explícito, como señalaron los neocríticos de Reforma, es que legalmente no
existe el delito de ejecución, por lo cual su interpretación es subjetiva. No
importa cómo se le disfrace –v.g., que fuese resultado de un choque entre
pandillas–, son llanamente asesinatos. ¿De dónde sale que todos los homicidios
dolosos son perpetrados sólo por el crimen organizado? De la imaginación
periodística que fuerza una información para hacerla verosímil.
Dedicarle la
prensa tanto empeño a esta desinformación, llevó a que varios fenómenos
importantes no fueran registrados en su plena dimensión para entender lo que
estaba sucediendo. Niños empuñando armas fueron vistos como una degradación de
la violencia, y no como uno de los ejemplos de cómo el Estado mexicano iba
ganando la partida a las organizaciones criminales, que tenían que reclutar
miembros cada vez más de chicos ante la pérdida de sus cuadros. Las fugas en
las cárceles de miembros de cárteles se registraron unidimensionalmente, y no
como una externalidad de que el reclutamiento de niños y jóvenes tampoco
funcionaba y necesitaban a su gente experimentada. Los asesinatos en las
cárceles tampoco fueron vistos como otro de los fenómenos de esa lucha, donde
los cárteles empezaron a matar a sus rivales en las prisiones para evitar que
replicaran otros la estrategia. Todo esto nos pasó de noche y seguimos
envueltos en la misma discusión fallida.
El Séptimo
Informe sobre Violencia Política de la consultora Etellek en septiembre pasado
–aún no sale el octavo–, estableció que en el periodo entre el 1 de septiembre
de 2017 y el 31 de agosto pasado, hubo en México al menos 850 agresiones con un
saldo de 175 políticos asesinados, de los cuales 63 ataques y 21 homicidios
dolosos contra políticos se registraron después de las elecciones
presidenciales. De ese gran total, precisó Etellekt, el 81 por ciento fueron
contra opositores del PRI y de las coaliciones gobernantes en las 32 entidades.
Estábamos muy mal y no estamos bien. Hace una semana, 90 minutos después de
tomar posesión como presidente municipal de Tlaxiaco, Oaxaca, Alejandro
Aparicio fue asesinado.
Este fue un
asesinato doloso, pero ¿alguien puede asegurar en este momento que fue producto
del crimen organizado? El problema de los ejecutómetros es que los medios los
han nutrido y la sociedad los ha utilizado para sus fines políticos o
existenciales sin ser un instrumento que ayude a entender el fenómeno de la
violencia y sí, por el contrario, la distorsiona. La inseguridad es un problema
real que afecta al país en su conjunto y su crecimiento está vinculado
directamente a la debilidad institucional. No es un tema de este gobierno o del
anterior. En 1984, el entonces director de la CIA, William Casey, circuló un
informe secreto de 33 páginas que subrayaba la debilidad institucional de los
cuerpos de seguridad mexicanos.
Mucho se
hizo después, por las presiones de Estados Unidos, para que México atacara a
los cárteles de la droga. El gobierno de Vicente Fox abandonó la estrategia y
al entregar el mando a Felipe Calderón, casi un centenar de municipios estaban
bajo control total del narcotráfico. A pocos les gustó su guerra contra las
drogas, aunque logró recuperar los territorios. El de Peña Nieto, mucho se ha
escrito aquí de ello, fue un desastre. Volvieron los cárteles a conquistar
territorios, se fortalecieron, nacieron algunos y la violencia se atomizó en
cientos de pandillas más violentas que los criminales trasnacionales. Lo que
tenemos lo venimos arrastrando hace buen tiempo. Dejemos de discutir sobre
ángulos que engañan, como los ejecutómetros, y discutamos cómo vamos a
resolver, entre todos, el problema de la debilidad institucional en México.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.