Salvador
Camarena.
México es
una troca vieja y achacosa que provoca pesadillas cada tanto. Vista de frente,
da la impresión de que es otra cosa, una camioneta potente y de largos vuelos.
Pero si se le revisa bien, son evidentes los defectos de carrocería, motor y
sistema de rodaje de un país que ha descansado el gran costo del mantenimiento
de su marcha en los más pobres y desposeídos.
La
conducción del país-troca había recaído por décadas en un mismo grupo,
persuasivo en su discurso de que no había otra manera de mantener al auto
andando sino aquella donde ellos eran los que llevaban el volante, y ésa donde
el camino elegido excluía detenerse a ver si quienes apenas lograban aferrarse
al estribo podían soportar el viaje.
Porque no
era cierto que el vehículo andaba bien; aserto tan repetido como falaz donde, a
pesar de tragedias recurrentes, se advertía que el país caminaba en un frágil
equilibrio, y que convenía no meterse con él (ni con ellos).
No existía
tal equilibrio. El viaje excluía a muchos hasta que el año pasado la mayoría
decidió que ya estaba bueno de que manejaran siempre los mismos.
El viraje en
la conducción del país representa, sin embargo, una amenaza para quienes se
beneficiaron durante decenios. Natural es que surjan resistencias a una forma
alternativa de llevar las riendas y elegir ruta. Forma y rumbo que aún deben
mostrar sus bonanzas, por cierto.
Algunas de
esas resistencias se presentan de manera democrática. Puede reprocharse que
antes no tuvieran tanta urgencia por discutir sobre la marcha del país y los
excluidos del desarrollo, que les gustara tanto el gradualismo excluyente, pero
son voces legítimas que en general usan el espacio de libertades por todos
construido.
Pero otras
resistencias quieren descarrilar la troca para que todo vuelva a ser como era,
para que sus garitas ilegales no sean desmanteladas, para que sus asaltos en el
camino puedan seguir como hasta ahora. Estos intereses actúan desde las
sombras, son descarnados en sus métodos y no reparan en costos materiales y
humanos. Ante la amenaza real de que el nuevo conductor les puede quitar
espacios para operar, están dispuestos a todo.
Ese es el
panorama al que hemos arribado en apenas 50 días del nuevo gobierno. Es hoy
anecdótico si fue primero el huevo del desabasto y luego la gallina del combate
al robo de combustibles. Esa discusión resulta esnob ante la realidad de
muertes por decenas luego de que se trastocó el tablero de las mafias del
huachicol.
La tragedia
de Tlahuelilpan, Hidalgo, pudo haber ocurrido en el ancien régime o en el
nuevo. Los que crean que “es culpa” de los nuevos gobernantes, deciden olvidar
todo antecedente, incluido el de 2010 en San Martín Texmelucan, que cobró una
treintena de vidas y que en Pemex entonces fue visto como un sabotaje a los
intentos de coartar a los huachicoleros.
Lo que es
distinto hoy, sin embargo, es el significado de este percance. El volantazo del
nuevo gobierno, decidido a combatir el robo de combustibles, hace de
Tlahuelilpan un punto de inflexión. Los hasta anoche 85 muertos, y las decenas
de heridos, hacen imposible obviar la realidad de los últimos tres sexenios: el
robo de combustible lastra a la nación y pone en riesgo la vida de los
mexicanos, doble motivo para que el Estado demuestre de una vez por todas su
capacidad para imponer condiciones de supremacía frente a los criminales.
México sólo
tiene como opción el quitar a las mafias, de todo tipo, la potestad que han
gozado de aprovecharse del vehículo que debería llevarnos al progreso.
Toca al
gobierno investigar qué pasó en Tlahuelilpan, deslindar responsabilidades e
informar a la ciudadanía. Y le toca construir un modelo efectivo de combate al
robo de combustible.
Toca a los
demás dar al gobierno un tiempo razonable para que haga lo anterior.
Y toca a
todos no dividir por deporte en este momento de crispación.
Hay
coyunturas en una presidencia en las que la autoridad ha de ser refrendada
mediante la adecuada toma de decisiones. Para Andrés Manuel López Obrador,
Tlahuelilpan es la primera de ellas. Por el bien de todos, y por el bien y
seguridad de los más pobres, ojalá que el presidente así lo entienda y conduzca
eficazmente al país en la complicada travesía de la recuperación del Estado de
derecho.
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