Salvador
Camarena.
El otro día
un joven académico, brillante e informado, que seguro pensó que yo ya había
vivido lo suficiente, me hizo una pregunta. Oye, me dijo, ¿Gabriel Zaid existe?
No me reí porque vi en su cara que era una inquietud real. Y tampoco me solté a
decirle que claro, que cómo olvidar su histórico pleito en tribunales con
Granados Chapa por aquella foto que se le publicó al regiomontano, celoso como
nadie de su privacía, etcétera.
“Existe, en
efecto”, le dije. “No sé cuántos años tenga, pero existe”. Pero claro, estos
jóvenes nunca lo han visto.
En los
domingos que publica artículo editorial, a quién se le podría ocurrir descalificar
o cuestionar a Zaid por su edad. Sólo a un cateto.
Resulta
curioso que una de las cosas que más se critica, sotto voce y cada vez menos
sotto voce, al nuevo gobierno sea la edad de algunos de sus más altos
funcionarios.
Tales
comentarios parecen haber arreciado luego de que Alejandro Gertz Manero (79
años) resultara electo como nuevo fiscal de la nación. No sobra recordar,
andando en el tema que andamos, que Gertz Manero se impuso a Bernardo Bátiz (82
años), que según algunas columnas recibirá como premio de consolación la
embajada de México en El Vaticano.
¿Son poco
compatibles la edad de Gertz Manero y su nuevo encargo? Ni idea. Supongo que
eso sólo lo sabrá el propio Gertz Manero. Y supongo que si lo hubiera visto
como incompatible, no le habría dicho las dos palabras mágicas a Andrés Manuel
López Obrador: hazme fiscal.
Aunque se
vuelva común escuchar o leer burlas sobre cómo ya les tuvieron que poner sillas
a los del gabinete en las mañaneras, ¿es realmente un gabinete de viejos? Y si
lo es, ¿hay algo que podamos adelantar sobre qué consecuencias tendría eso?
Lo primero
que habría que decir es que quizá no sea un gabinete tan viejo como creemos.
No, si se le compara con otros gabinetes.
En agosto
pasado, con nombramientos tan adelantados como preliminares, el diario Reforma
hizo un comparativo en el que estableció que el equipo de AMLO es, en efecto,
el de más edad: 57.9 años en promedio, mientras el gabinete de Vicente Fox
tenía edad promedio de 51.4 años, el de Felipe Calderón anduvo en los 52.3, el
de Enrique Peña Nieto, en 52.2 añitos.
Es decir, en
promedio, al llegar al puesto, los actuales funcionarios han vivido un sexenio
más que aquellos que les precedieron en los últimos 18 años. No me parece
tanto.
Vistos esos
datos, lo que resulta inevitable hacer es la pregunta en sentido contrario: si
algunos se sienten incómodos con los 81 años de Javier Jiménez Espriú, ¿se
sentían mejor con los 64 años de Gerardo Ruiz Esparza (que esa era la edad en
que llegó en 2012 al gabinete de Peña Nieto)?
Dicho de
otra manera: ¿no gusta la edad de Olga Sánchez Cordero (nacida en el 47), pero
estaban re-tranquilos con la de Miguel Osorio Chong (nacido en 1964)? Y sólo
para rematar: si fuera por edad, ¿se sienten más seguros con Genaro García Luna
(tenía 38 al empezar el calderonismo) o con Alfonso Durazo (64 años)? ¿Con
ninguno? Son de los míos.
El prejuicio
de la edad/capacidad es algo que se echó a andar, cómo olvidarlo, en la campaña
electoral. La edad, y más que la edad, la aptitud física y mental de Andrés
Manuel López Obrador fueron groseramente utilizados por el PRI en spots en los
que denostaban a las personas mayores. Y ese “viejito” les dio tres vueltas, en
energía y ganas de ganar, a los candidatos que le pusieron enfrente.
Ya como
presidente, AMLO ha conjuntado un equipo que tiene al frente de secretarías a
jóvenes muy jóvenes (María Luisa Alcalde y Román Meyer, en los bajos 30), y más
mujeres que cualquier gabinete anterior.
Pero
concedamos: López Obrador convocó a gente con más edad que sus antecesores. Eso
ha ocurrido luego de la camada de jóvenes gobernadores priistas sinvergüenza,
cachorros del nuevo PRI que en su momento fueron presumidos por Peña Nieto como
la sangre que renovaría el partido. Renovaron la corrupción y sus mecanismos,
mas no la política.
El efecto
péndulo: pasamos de los “jóvenes” priistas a los “viejos” lopezobradoristas.
Todos
conocemos viejos lúcidos y jóvenes pendejos. A lo mejor la pregunta legítima es
qué tanto este gabinete entiende el mundo y México, los de hoy y los de antes,
y no necesariamente cuál es su edad. Como pasa con Zaid, que da claras muestras
de ambos entendimientos.
A lo mejor
AMLO debió invitar a otros, jóvenes o viejos, qué más da, en lugar de Espriú o
Torruco, de Bartlett o Sánchez Cordero, pero el escepticismo por la edad es
francamente cateto. Y tras lo que hemos hecho en tres sexenios, nada
autocrítico.
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