Por Ricardo
Ravelo.
Para enfrentar el complejo entramado
criminal que atenaza al país, el gobierno federal no tiene otra alternativa más
que militarizar las tareas de seguridad. De ahí la urgencia del presidente
Andrés Manuel López Obrador por comenzar a reclutar a jóvenes entre 18 y 30
años para que formen parte de la Guardia Nacional, proyecto que –asegura el
presiente –resolverá el problema de inseguridad y violencia.
Esto resulta muy ambicioso porque
ningún gobierno del mundo –ni en ninguna etapa de la historia –ha derrotado a
la mafia.
En Italia el
gobierno luchó contra los mafiosos, amos del poder político y económico, pero
después de varios años los capos ahí siguen. La guerra fue cruenta; el saldo,
sangriento. Todavía duelen las muertes en ese país, insuperable la tragedia.
En Colombia
los mafiosos llegaron al poder desde los años sesenta, el narcotráfico pagaba
las campañas de los presidentes, las chequeras abiertas para ganar impunidad,
el efectivo corría, libre, para comprar conciencias. Al fin gobierno de
mafiosos, las balas suplieron a las palabras y la guerra entre narcos rompió
por años lo habitual de la vida cotidiana.
Más tarde,
en el país sudamericano los mafiosos se dieron cuenta que el territorio ya
resultaba invivible hasta para ellos. Y llevaron a cabo las reformas –legales y
sociales –para combatir al narcotráfico, el flagelo que corrompió al país, pero
nada cambió en el negocio de las drogas.
Todo siguió
igual. Colombia sigue siendo el país exportador de drogas que siempre ha sido,
pero ya no tiene la violencia de alto impacto que los dio a conocer como la
nación más violenta del Continente, incluso del mundo.
Y México, ¿Hacia
dónde va?
En pocos días seguramente el Congreso
aprobará el proyecto de la Guardia Nacional, con las adecuaciones a la
Constitución, para hacer frente al problema de la inseguridad y la violencia.
Pero nada garantiza que con este cuerpo militar el país deje de ser el paraíso
de los capos.
Los cuerpos militares en tareas de
seguridad nunca han sido eficaces en la Seguridad Pública, pero no existe, por
ahora, otra alternativa: el país no tiene policías, pues los que operan, en su
mayoría, están ligados al crimen. El camino es militarizar.
Las experiencias de los tres últimos
sexenios –Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto –fueron desastrosas
en materia de combate al crimen y exhibieron al Ejército no sólo por sus yerros
en el combate criminal sino por sus excesos de fuerza, irreparables las
violaciones a los derechos humanos que se les atribuyen.
Ahí está la lista de muertes y
desapariciones, achacadas a las Fuerzas Armadas, durmiendo en los archivos de
las procuradurías estatales, instancias federales y organismos defensores de
los derechos humanos, el reclamo permanente sin justicia alcanza también a las
Cortes internacionales.
Con sus elementos en las calles,
patrullando hasta el último rincón del país, la violencia se extendió por todas
partes obligando a centenas e incluso a miles de familias a desplazarse por
miedo a perder la vida. Empresarios menores y grandes huyeron de las zonas más
violentas –Coahuila, Durango, Chihuahua, entre otros estados, son ejemplos de
numerosos destierros obligados –y cerraron sus negocios porque el Estado
mexicano simplemente fue incapaz de garantizarles no sólo el patrimonio sino la
vida, el derecho humano más violado en México.
Esta orgía
sexenal de militarizar las tareas de seguridad en el país comenzó en el sexenio
de Ernesto Zedillo formalmente, el presidente que hace algunas semanas
reconoció sus yerros en el combate al crimen organizado. Se le olvidó decir que
durante su gobierno hubo pactos entre altos funcionarios de su administración y
algunos cárteles de la droga, el que encabezaba Amado Carrillo, “El Señor de
los Cielos”, fue uno de ellos.
Entre los
años de 1994 y 2000, entre la crisis económica y la inseguridad, navegó el
sexenio gris de Zedillo. Ahí comenzó a instrumentarse el plan de utilizar a los
militares en el combate a la inseguridad pública, rebasadas las autoridades
civiles por el crimen.
Un golpe que sacudió al gobierno fue
la detención de Jesús Gutiérrez Rebollo, entonces jefe del Instituto Nacional
para el Combate a las Drogas.
En febrero de 1997 se descubrió que
el militar servía a los intereses del cártel de Juárez, que esta organización
criminal, bajo el mando de Amado Carrillo Fuentes, financiaba parte de la lucha
antidrogas para que Gutiérrez Rebollo golpeara la estructura del cártel de
Tijuana, rivales acérrimos de Carrillo Fuentes.
El vínculo de Rebollo con Carrillo no
era nuevo, se sabía que estaban relacionados desde que Rebollo encabezaba la V
Región Militar de Jalisco. ¿Ignoraba el Ejército tal complicidad? Quizá no. Era
parte del negocio oficial, pero su detención fue producto de una discrepancia
interna, también se dijo que hubo presión política por parte del gobierno
norteamericano.
Zedillo optó por un civil para
sustituir a Gutiérrez Rebollo –quien estuvo avalado por el gobierno de Estados
Unidos –y la responsabilidad recayó en Mariano Herrán Salvatti, quien había
sido subprocurador de procesos de la antigua procuraduría capitalina, mentor de
Marisela Morales, exprocuradora General de la República, más tarde apresado por
presuntos nexos con el narcotráfico, delitos que lo sumieron en el desprestigio
y con los que cargó hasta su muerte.
Zedillo no cambió su plan de militarizar el país:
propuso sellar la frontera con militares, colocó a altos mandos en las delegaciones
de la PGR más sensibles, localizadas en las zonas violentas, y poco a poco se
les fue entregando el control de la seguridad. Este proyecto tuvo un costo muy
alto para el país: en 1997 aparecieron en la escena pública “Los Zetas”, eran
militares de élite reclutados por el narcotráfico, un bloque militar se pasaba
del lado de los criminales y comenzaron a controlar el estado de Tamaulipas.
Era la primera vez que un cártel –en
este caso el del Golfo –cobraba mayor poder con un brazo armado paramilitar,
violento como ningún otro, poderoso hasta el máximo límite posible, temible por
sus prácticas de muerte, la decapitación, sin duda, fue la más horrorosa.
El proyecto de Zedillo fracasó: su
gobierno terminó embarrado por la corrupción del crimen organizado y hasta la
fecha carga con la sospecha de que su administración protegió los intereses del
cártel de Juárez, cuyos miembros –según consta en el llamado Maxiproceso
–estaban presuntamente relacionados con funcionarios del gobierno federal.
Vicente Fox echó mano de un militar
–Rafael Macedo de la Concha –para que ocupara la titularidad de la PGR. Durante
su periodo nada extraordinario sucedió en materia de seguridad, las matanzas
continuaron en todo el país, los capos huían de los territorios –previo aviso
oficial –cada vez que las Fuerzas Armadas realizaban operativos.
Sin embargo,
la militarización avanzó, altos mandos
del Ejército, profesores de varios de los miembros de Los Zetas, pasaron a ser
titulares de las procuradurías estatales, se pensaba entonces que contar con un
militar en ese cargo era garantía de respeto y de eficiencia. Pero todo resultó
un fiasco. Ocurrió todo lo contrario. Las violaciones a los derechos humanos
fueron aumentando hasta convertirse en un tema internacional.
Y cuando Felipe Calderón arribó a la
presidencia de la República se dio el paso a un proyecto más ambicioso:
combatir al crimen con Operativos Conjuntos encabezados por las Fuerzas
Armadas, el más grave error que hasta ahora se ha cometido, ya que los cárteles
jamás fueron combatidos, por el contrario, se fortalecieron tanto que
terminaron internacionalizándose.
En este
periodo, México pasó a ser un exportador
de violencia e inestabilidad en toda la región. Los cárteles del Golfo, Los
Zetas, Tijuana, entre otros, enviaron a sus representantes a varios países del
Continente, Colombia, Costa Rica y Argentina, entre otros, para operar el
transporte de drogas y precursores químicos –Efedrina, principalmente — que,
según su logística, entraban a México por Cuba y Guatemala, también arribaban
al Pacífico por Michoacán, éste último territorio está controlado por seis
cárteles.
Enrique Peña Nieto siguió en parte
esta estrategia fallida, su gobierno permitió que el narcotráfico y sus capos
asumieran el control de alcaldías y varios gobernadores, según investigaciones
federales, se ligaron al crimen con la complacencia del presidente, pues llegó
a ser lo normal en el poder político. Con sorna reiterada se afirma que la
corrupción y la impunidad se convirtieron en una política de Estado.
El Senado de la República documentó
que el 80% de los alcaldes del país están relacionados con alguna modalidad
criminal; que las policías –el 90% –sirven a los intereses mafiosos y por esa
razón no pueden trabajar por la seguridad del país.
El
presidente López Obrador había planteado
en campaña que iba a retirar al Ejército de las calles, pero tras ser electo
sostuvo una reunión con los titulares de Sedena y Marina y al conocer el
diagnóstico del país tuvo que retirar su promesa y rectificar asumiendo que las
Fuerzas Armadas debían seguir al frente de las tareas de seguridad.
De ahí el proyecto de crear la
Guardia Nacional, que no es otra cosa más que la militarización completa del
país, como ningún otro presidente lo ha hecho.
Como ya se anunció, se trata de una
estructura conformada por efectivos de la Marina, Sedena y Policía Federal, con
mando único militar.
Esto quiere decir que el presidente
López Obrador se la juega y por completo con las Fuerzas Armadas para combatir
la inseguridad y la violencia durante su sexenio, de ser aprobado el proyecto
en el Congreso, como todo indica que así sucederá. Tiene la mayoría aplastante
para lograrlo.
Se trata de los mismos soldados,
marinos y policías que ya fracasaron en los tres últimos sexenios. Son los
mismos porque no existen otras Fuerzas Armadas.
Lo que no se ha dicho todavía es cómo
se combatirá el narcotráfico más allá de los planes de liberar el uso de las
drogas, insuficiente como medida para enfrentar la emergencia nacional, la
violencia y la ola criminal que azota al país.
Aquí surgen
varias preguntas para el presidente López Obrador: ¿Qué pasará con los cárteles y las relaciones de políticos con capos y
lavadores de dinero? ¿Qué destino tendrán los personajes de la política con
antecedentes públicos de estar relacionados con grupos criminales? ¿Y los
capitales ilícitos? ¿Y la red mafiosa que opera en las 49 aduanas del país? ¿Y
los narco-alcaldes?
¿La Unidad de Inteligencia Financiera
realizará investigaciones sobre el patrimonio de la delincuencia organizada en
el país para asegurar esos bienes ahora que urge tanto el dinero en México? ¿Se
investigará o ya se está investigando dónde y quienes lavan el dinero sucio en
México? ¿Estas tareas serán parte de los trabajos que realizará la Guardia
Nacional? ¿Se está decomisando el patrimonio del cártel de Los Huachicoleros?
¿Es verdad que le van a pegar a todos?
¿Por qué no se lanza una operación para quitarle el dinero sucio a
políticos (gobernadores, alcaldes, diputados, senadores) relacionados con la
delincuencia organizada? ¿Se está frenando el tráfico de drogas por puertos,
aeropuertos y aduanas?
No se podrá con todo, eso es cierto.
López Obrador recibió –y ahora gobierna –un país de mafiosos, muchos intocados,
que ahí siguen cobijados por el manto de la impunidad.
Pero a pesar de este escenario tan
adverso, López Obrador se la juega con un proyecto militar. Sin eso, la
gobernabilidad del país no se puede garantizar.
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