Raymundo
Riva Palacio.
El parte de
la guerra contra el huachicoleo señala: mil 700 carpetas de investigación
iniciadas en dos semanas, tres altos funcionarios de Pemex cuyos casos por
daños a la nación se judicializaron y 4.5 millones de barriles de combustible
asegurado. La contraparte en esta guerra son actos de sabotaje –que es una
acción propia del terrorismo– y una rebelión de la comunidad de Santa Ana
Ahuehuepan, en el municipio de Tula, contra de un contingente de militares que
perseguían a ladrones de combustible. La comunidad los enfrentó, tras acusarlos
de disparar contra la población, y privó a tres de su libertad durante horas.
Esa zona es
conocida por su actividad huachicolera, y no es la primera comunidad que se rebela
ante los militares. El año pasado en Puebla, huachicoleros protegidos por los
pobladores de municipios de la zona se enfrentaron con militares en varias
ocasiones. También hubo enfrentamientos todo 2018 en el Estado de México,
Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Sinaloa, Sonora, Tabasco y Tlaxcala, lo que habla
de la magnitud territorial del problema. López Obrador hizo un llamado a los
pobladores de Santa Ana para que “no se mancharan” de sangre atacando
militares, y pidió en general que no se comprara gasolina robada. Difícil
empatar la ética frente a la sobrevivencia.
Un caso que
puede ilustrar este dilema es el de San Salvador Huixcolotla, que tiene un
mercado nutrido en hortalizas, frutas y ropa. Huixcolotla fue contaminado por
la influencia de los municipios vecinos que se encuentran dentro de la zona del
Triángulo Rojo, donde las ganancias que obtienen las bandas criminales por ese
hurto, primero auspiciadas por Los Zetas y más adelante por el Cártel Jalisco
Nueva Generación, es de dos millones de pesos diarios. Los huachicoleros
aprovecharon la coyuntura en ese municipio y en el país, abierta por la
liberalización del precio de los combustibles en enero de 2017.
Una
externalidad del gasolinazo fue la proliferación del huachicoleo por razones
económicas. En diciembre de 2016, el precio del litro de gasolina estaba en
14.81 pesos; el retiro de todos los subsidios en enero lo elevó a 17.05 pesos.
Los huachicoleros expandieron sus mercados y llegaron a Huixcolotla, que se
convirtió en un centro de distribución de combustible robado, gracias a la
estrategia de los ladrones de combustible. Al elevarse el precio del diésel,
llegaron a las comunidades más alejadas con la oferta de mitad de precio y
colocado junto a sus cultivos. Para muchos, si no todos, la oferta era
irresistible en el contexto de su subsistencia, y el huachicol penetró
fácilmente el tejido social.
El huachicol
mermó a Pemex. En 2016, las pérdidas reconocidas eran de 30 mil millones de
pesos. Para 2018, dice López Obrador, ascienden a 60 mil millones, razón por la
cual lo combate. Dentro de esta lucha, matizó este lunes la acusación directa
sobre gobiernos anteriores de ser parte del crimen, e incorporó “o por su
complacencia”. Esto se ajusta más a la realidad. En mayo de 2017 se publicó en
este espacio que el presidente Enrique Peña Nieto intentaba salir de la
pasividad en la que se encontraba ante el fenómeno criminal, después de una
desesperante inacción, pero como reacción, no prevención. En ese momento se
apuntó:
“Peña Nieto
tendría que haber estado muy bien informado del problema que se vivía, pues
desde (hacía) unos tres años promovió a quien había sido su jefe de seguridad
en el gobierno del Estado de México, el general brigadier Eduardo León
Trauwitz, como subdirector de Salvaguarda Estratégica de Pemex, que es el área
responsable de los ductos. El general Trauwitz sostenía reuniones regulares con
los responsables del área logística de Pemex para discutir del robo de
combustible, donde había acusaciones cruzadas. Exfuncionarios que conocen de
esas reuniones (recordaron) que el general afirmaba que el robo tenía cómplices
dentro de Pemex, mientras que los encargados de logística respondían que era
responsabilidad de los militares la vigilancia.
“El alegato
del general es que tenía que haber complicidad en Pemex con los criminales
porque para poder ordeñar un ducto se necesitaba, a fin de evitar una explosión
letal, que no estuviera transportando combustible, información que sólo podría
provenir del salón de control de ductos de la empresa. Esta idea (siguió)
permeando en el gobierno federal y se (investigaba) en Pemex la posibilidad de
complicidad con los criminales. Pero el alegato de los responsables de
logística era por la información que se tenía en las áreas de seguridad del
gobierno poblano, que la ordeña de ductos en el Triángulo Rojo estaba avalada
y, en algunos casos, controlada, por los militares”.
El fenómeno
de Huixcolotla mostró cómo, pese a todo, se extendió el huachicol. El entonces
gobernador Rafael Moreno Valle pidió reiteradamente apoyo federal para
combatirlo, pero el gobierno de Peña Nieto no se lo dio porque, según
exfuncionarios, fortalecería su eventual candidatura presidencial. Esa
mezquindad se extendió, al no darse jamás el apoyo. Poco antes de asumir la
gubernatura, su esposa Martha Erika Alonso recibió un mensaje de los huachicoleros
–Huixcolotla es vecina de Tecamachalco, el municipio donde nació– para que
negociara con ellos impunidad. El mensaje fue rechazado. Los dos murieron en un
accidente de helicóptero en diciembre, cuyas causas están siendo investigadas.
Pero la
impunidad, en buena parte por la pasividad o complicidad del gobierno federal,
disparó el robo de combustibles y le permitió a los huachicoleros armarse para
enfrentar al Ejército y a quien se le ponga enfrente.
La impunidad
y el crimen es lo que quiere acabar López Obrador, que será el primer paso. El
siguiente, restablecer el tejido social, será más difícil de lograr.
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