Por
Francisco Ortiz Pinchetti.
Elementales
como han sido siempre mis finanzas personales, nunca me ha preocupado la
llamada “Cuesta de Enero” que implica el arranque económico de un nuevo año,
con riesgos siempre de inflación, desabasto y conflicto. Nunca sentí como ahora
el sobresalto de estos primeros días. Una desazón permanente que me impide
dormir bien y que al amanecer se manifiesta como una angustia soterrada. Y no
es ninguna cuesta: Soy víctima de una cruda infame, que nada tiene que ver con
excesos etílicos decembrinos.
Mi cruda es
fruto de una saturación de noticias acumulada durante los últimos seis meses y
particularmente en los últimos 30 días del fenecido 2018. Los mexicanos hemos
padecido una congestión informativa que no tiene precedentes en nuestra
historia. Y ahora recién despertamos.
Los
prolegómenos y el arranque del gobierno de Andrés Manuel López Obrador han
resultado en una borrachera colosal. El saldo –la cruda– es agobiante. Como si
su mandato fuera a durar sólo dos o tres meses, el tabasqueño ha desplegado una
actividad inusitada que ha incluido lo mismo el incumplimiento flagrante de
algunas promesas de campaña como el regreso de los militares a sus cuarteles,
que numerosos traspiés, contradicciones, arbitrariedades, pifias,
ineficiencias, descalificaciones, rectificaciones y desencantos. Nunca fue más
exacto el símil de “chivo en cristalería”. Los albores de enero nos sorprenden
con una serie de interrogantes que no tienen respuesta. Eso se llama
incertidumbre.
El
Presidente más poderoso de las últimas cinco décadas cumplió ya con varias de
sus ofrecimientos electoreros, es cierto. Todos ellos son medidas efectistas,
como bajarse el sueldo, retirarle la pensión a los ex presidentes, mandar a
volar el avión que no lo tiene ni Obama, disminuir impuestos en la frontera
norte, fijar un incremento al salario mínimo, enviar la iniciativa a la Cámara
de Diputados que derogar la Reforma Educativa e iniciar el combate al
huachicoleo.
Pareciera
que todas sus acciones –incluidos la cacareada austeridad republicana con sus
drásticos recortes– están encaminadas a hacer económicamente posible el
arranque de los programas sociales (como los subsidios al campo, la pensión universal
a los viejos, las becas para jóvenes) encaminadas a mantener el sustento
popular a su mandato. Por principio, con vistas a la elección intermedia de
2021. Es claro: Le recorta recursos al desarrollo para invertirlos en acciones
populistas.
Resultan muy
preocupantes sus decisiones en torno a la cancelación del NAICM en Texcoco, que
además del altísimo costo que representa cancela para el país amplias
expectativas de crecimiento y conectividad aeroportuaria. También la opción por
convertir el aeródromo militar de Santa Lucía en una terminal aérea
alternativa, sin estudios previos y proyecciones que la avalen mínimamente.
Reduce el
presupuesto destinado a la promoción turística, incluida la supresión del
Consejo respectivo y el programa de Pueblos Mágicos, cuando esa actiuvidad que
genera 22 mil millones de dólares al año debería ser prioridad fundamental de
nuestra economía. Y, en cambio, impone el proyecto del Tren Maya en la
península de Yucatán sin acatar los mínimos requisitos de Ley, como el contar
con estudio de viabilidad e impacto ambiental y sin consultar de verdad a las
comunidades indígenas que defienden su territorio, sus selvas y sus culturas
ancestrales. Y desdeña sin más la oposición a ese proyecto por parte del EZLN.
Las
consultas gansito con la que AMLO ha tratado de transferir al “pueblo sabio”
esas y otras decisiones suyas no resulta en nada tranquilizador. Nos indica un
estilo de gobernar poco serio, basado en simulaciones burdas, sin el menor
rigor científico ni respeto a la Ley y también sin el menor recato. Parece
gobernar a base de ocurrencias y caprichos, sin apegarse ni a su propio
“proyecto alternativo de Nación”.
Más graves
son por supuesto sus actitudes autoritarias como la creación de los
superdelegados estatales del gobierno Federal para controlar política y
económicamente a los gobernadores, las descalificaciones frecuentes (casi diarias)a los medios de comunicación
que considera contrarios, la imposición de una Guardia Nacional que constituye
una militarización abierta y formal del país y que contradice sus propias
posiciones al respecto y sus críticas a los gobiernos de Felipe Calderón
Hinojosa y Enrique Peña Nieto.
Postula el
combate a la corrupción como eje fundamental de su gobierno y a la vez promueve
la impunidad a través del “perdón” a los presuntos corruptos, para luego
prometer una “consulta” para determinar si procede o no contra los ex
presidentes de la República… ¡aunque a partir de su anunciada convicción de no
hacerlo!
A la
decisión plausible de acabar con los abusos de altos funcionarios públicos y
limitar el máximo de sus ingresos, ha acompañado medidas que implican el
despido de miles de trabajadores de estructura en diversas dependencia
federales, como el SAT, Gobernación, Economía y Fepade, así como la anunciada y
cuestionada mudanza de secretarías de Estado a entidades de la República, sin
ninguna explicación que las justifique y sin alguna planeación integral.
Sorprenden y
asuntan los inopinados recortes al campo, a la cultura, al medio ambiente,
entre otros rubros. Y la intención de
meter tijera también a los recursos de las universidades públicas, aunque ante
la amenaza de movilización de maestros, trabajadores y estudiantes se haya dado
marcha atrás.
Las
declaraciones precipitadas e irresponsables de diversos funcionarios de alto
nivel –casi todos cuestionados por sus antecedentes–, las contradicciones entre
ellos, los errores y correcciones cotidianos, la descalificación de los
críticos, el desdén hacia otras opiniones incluidas las de la oposición y las
organizaciones de la sociedad civil tampoco abonan nada a un clima de confianza
y certidumbre que debiera regir el inicio del nuevo Gobierno. El caso Puebla ha
sido una aberración política y mediática de principio a fin.
Y lo más preocupante
de todo, aterrador diría yo: la evidente decisión del Presidente de ejercer el
poder sin contrapesos, por encima de la división de poderes y de la Ley misma,
como ha ocurrido hasta ahora con la designación de fiscales y magistrados y con
decisiones del Legislativo en cuestiones torales como la Ley de Ingresos y el
Presupuesto 2019, tomadas a partir del mayoriteo a la me canso ganso y la
ausencia premeditada y autoritaria de debate parlamentario.
Pienso que
sobran razones para este sobresalto de principios de año. Han sido demasiados
los ingredientes de esta borrachera que hoy nos hace despertar con nauseas,
escalofríos, dolor de cabeza y otros síntomas de una tremenda cruda. Y temo que
no bastará un clamato ni un buen menudo picoso para aliviarla.
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