Javier Risco.
Por la
montaña de información que hoy nos absorbe y nos tiene todo el tiempo
moviéndonos bajo las reglas del nuevo gobierno, es fácil que olvidemos o
pasemos por alto alianzas y nuevos actores que, aprovechando la ola de la 4T,
quieren mantener su cuota de poder.
Es en ese
momento que el periodismo debe también fungir como ese recordatorio de aquellos
capítulos de la vida política nacional o de personajes impresentables para no
dejarnos llevar por una falsa transformación y aprendamos a exigir que a la
esfera del gobierno ya no lleguen los mismos políticos que tanto han abusado de
su poder y que ahora pretenden pintarse de morenos para ver si así logran
esconder la cola enorme que traen detrás.
Para
ejemplo, tenemos un equipo de cuatro experredistas que, desde el Congreso,
pretenden abandonar el barco casi hundido del sol azteca para ser la rémora de
la que Morena dependa para aprobar las reformas constitucionales que permitan
al presidente Andrés Manuel López Obrador seguir controlando agenda política y
el control sobre los demás poderes a los que dice respetar su autonomía, pero
continuamente pide ‘respetuosamente’ ceder ante sus deseos.
Hace unos
días, ocho legisladores perredistas voltearon bandera al triste intento de
oposición que pretendían ser en el Congreso y optaron por apoyar reformas
prioritarias para la cuarta transformación, como la ampliación del catálogo de
delitos de prisión preventiva oficiosa o el dictamen de la Guardia Nacional.
¿Es raro ver
a políticos chapulines? ¿Nos sorprenden estos acuerdos por debajo de la mesa?
¡No! Y eso es lo grave. ¿No estábamos en mood de ‘transformarnos’? ¿No íbamos a
cambiar la forma de hacer política? Que el no sorprendernos no sea el
anestésico para no exigir el cambio prometido.
Y es que
entre los ocho legisladores perredistas que abandonaron al partido hay cuatro
casos de espanto que vale la pena traer a colación como hizo ayer el diario
Reforma, porque el periodismo que no olvida es el más necesario en esta
coyuntura.
Y es que nombres
como el de Mauricio Toledo, Héctor Serrano, Ricardo Gallardo o Emmanuel Reyes
no deben dejar de sonarnos como esos muchos casos polémicos que arrastramos
‘del antiguo régimen’ y que entran en el paquete de lo que se nos prometió no
volver a permitir.
Y es que
vayamos haciendo un ejercicio de memoria sobre las cosas que debemos exigirle a
la 4T, que aclare de políticos que, para entrar en el cobijo de la ola de
reconciliación, están dispuestos a apoyar iniciativas y a renunciar a
militancias, a quienes antes les dieron cargos como secretarías de Estado o
jefaturas delegacionales.
Mauricio
Toledo, por ejemplo, uno de los personajes que el sol azteca siempre cobijó,
exdiputado local y exdelegado de Coyoacán, que durante más de una década
controló y explotó una de las regiones políticamente más codiciadas de la
capital del país. Acusado de compra de voto y hasta de violencia política, de
organizar aquel episodio de sillazos en Coyoacán, en 2018, en precampaña e
intentar boicotear a Claudia Sheinbaum. Un político acusado de 'moches' a
empresarios y hasta de amenazas de muerte a un excolaborador al que el gobierno
de Canadá tuvo que dar asilo político. ¿En serio lo necesita la 4T tanto como
para hacer borrón y cuenta nueva? O qué decir de Héctor Serrano, exsecretario
de Gobierno en la administración de Miguel Ángel Mancera, su operador político
y quien ha sido acusado de desvío de 2.9 millones de pesos. O Ricardo Gallardo,
que estuvo preso por 11 meses, señalado por delincuencia organizada, o Emmanuel
Reyes, a quien se le relaciona en Querétaro con investigaciones de robo y
homicidio.
Ojalá no
olvidemos. Que la reconciliación no signifique impunidad. Que el deseo por
aprobarlo todo no conduzca a aliarse con quien contribuyó al desastre. Y que
como aseguró López Obrador, tengamos presente que el fin no justifica los
medios.
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