Por Francisco Ortiz Pinchetti.
Andrés Manuel López
Obrador estará este viernes en Badiraguato, Sinaloa, la tierra de Joaquín
Guzmán Loera. A sólo cuatro días de la
resolución de una corte estadunidense que encontró a “El Chapo” culpable de
diez delitos, por los que podría ser condenado a cadena perpetua, el Presidente
de la República supervisará los la construcción de la carretera entre esa
población sinaloense y Parral, Chihuahua.
Estuve en Badiraguato hace 22 años, en julio de 1997. Había
viajado a Sinaloa para cubrir el insólito sepelio del entonces capo mayor Amado
Carrillo Fuentes, “El señor de los cielos”, en su finca familiar Santa Aurora
de El Guamuchilito, en Navolato. Quise conocer luego el pueblo que fue la cuna
del narco. Les comparto un extracto de mi texto, publicado el 21 de agosto de
1997 en el semanario Proceso:
Badiraguato. Aquí empezó la historia. Y la leyenda. La amapola primero, después la
mariguana. Esta fue la Meca de los
gomeros, de los moteros. La cuna de los capos: No de todos, pero sí de algunos
de los mejores.
En esta serranía inmensa, agreste, se inició en los años
veinte el cultivo de la adormidera, base del opio, presuntamente traída por los
inmigrantes chinos llegados a Sinaloa a principios de siglo. Aquí floreció el
negocio de la goma en los cuarenta, ante la demanda de morfina en Estados
Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Cañadas y lomeríos se cubrieron luego
de verdes sembradíos, la mejor mota del mundo
También fueron estos montes, sus rancherías, escenario
principal de la represión atroz, cuando a finales de los setenta la Operación
Cóndor arrasó sembradíos y vidas. Campesinos miserables —que no los jefes—
sufrieron persecución, cárcel y tortura.
Aquí operó el legendario Pedro Avilés, el primero de los
capos sinaloenses Y aquí nacieron sus dos más destacados discípulos: el viejo
Ernesto Fonseca Carrillo, “Don Neto”—que en Santiago de los Caballeros tiene ya
dispuesto el mausoleo que guardará sus restos— y el joven Rafael Caro Quintero.
De la región son también Luis Héctor Palma, “El Güero”, y Joaquín Guzmán Loera,
“El Chapo”.
Y de aquí emigraron en 1953 Vicente Carrillo Vega y Aurora
Fuentes, que un año después tuvieron en Navolato —donde vivieron antes de
radicarse en El Guamuchilito— al primero de sus doce hijos: Amado Carrillo
Fuentes, que con los años se convertiría en el mismísimo “Señor de los Cielos”.
Badiraguato es un pueblo típicamente serrano, grato, de
calles empedradas y casas con techos de teja, situado a 80 kilómetros de
Culiacán. Tiene su plaza arbolada y un templo del XVIII. Con unos seis mil
habitantes, es la cabecera del segundo municipio más extenso de Sinaloa, un
accidentado territorio de cinco mil 850 kilómetros cuadrados. En el mero centro
del “triángulo dorado”, colinda con Chihuahua y con Durango.
Los 45 mil habitantes del municipio están diseminados en 457
comunidades, algunas de ellas distantes de Badiraguato hasta 15 horas de camino
por brechas que en tiempo de aguas, como ahora, son intransitables
Con 50 mil hectáreas de coníferas —pino y encino— el
municipio se caracteriza por sus microclimas que permiten el cultivo de
hortalizas, flores y frutas. Sin embargo, se estima que todavía 25 por ciento
de la población vive del cultivo de la mariguana
“El narco no es el futuro de Badiraguato”, afirma vehemente
el Presidente municipal José Caro Medina, que no niega la marginación y el
atraso, “que no miseria”, en que vive gran parte de la población. “Nuestra gente necesita mucho apoyo para que
tenga otras opciones como forma de vida”.
(…)
No obstante, como todos los años, desde principios de julio
pasado cuando llegaron las lluvias, los pueblos de la sierra se quedaron sin
hombres. “Los campesinos se van al monte, a la cerca como ellos dicen, para
sembrar la mariguana”, refiere el teniente coronel Eusebio Alesio Villatoro,
comandante del destacamento militar de Badiraguato.
Entre la siembra y la cosecha transcurren apenas dos meses,
justos los de la temporada de aguas. El
militar informa que sólo en la jurisdicción de su destacamento —que abarca una
cuarta parte del municipio—, durante el mes pasado los soldados destruyeron 400
plantíos, equivalentes a entre 40 y 50 toneladas de mariguana.
—¿A cuántos campesinos detuvieron?
—A ninguno. En los nueve meses que llevo aquí, sólo hemos
detenido a dos, y eso porque los sorprendimos con carga. Los sembradores se las
ingenian para no ser sorprendidos. Ellos cada día se adaptan a las
circunstancias, le buscan la manera para que no podamos implicarlos
legalmente. Además, quienes controlan el
negocio tienen ahora modernos sistemas de comunicación: radios de banda civil,
celulares. Así se avisan.
Frente a otras opciones de cultivo lícito, el valor de la
yerba es un atractivo demasiado poderoso. Una innovación es que ahora los
campesinos siembran más cerca de los pueblos.
Así cuidan mejor sus plantíos para que no se los “ganen” otros. Algunos
son capaces de tender una manguerita a lo largo de cuatro, cinco kilómetros
para llevar agua a su sembradío. Allá en el monte se quedan dos meses. Es su
trabajo.
Lo han hecho toda su vida.
Lo hicieron sus padres, sus abuelos: “Es una forma de ser y de pensar”,
resume el teniente coronel Villatoro.
Hace 22 años.
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