Por Diego Petersen Farah.
En su afán por sacar adelante la Guardia Nacional, el
Presidente López Obrador no está dispuesto a oír a nadie. Eso lo sabíamos, pero
confrontar a los expertos con el pueblo es un paso que no había dado. Los
senadores, dijo, deberían de escuchar al pueblo, no a los expertos, pues ellos
son representantes del pueblo. La falsa dicotomía entre los expertos y el
pueblo puede llevar a malas decisiones, no sólo en materia de seguridad, sino
en todas aquellas donde la sabiduría popular no suple al conocimiento técnico.
El caso del aeropuerto de Texcoco es un buen ejemplo de ello.
Más allá de lo manipulado de la consulta popular, lo que hizo el Presidente fue
enfrentar a los expertos contra la voluntad del pueblo y tomó una decisión,
para muchos equivocada, pero para él políticamente acertada, pues le permitió
cambiar las fichas del tablero.
Despreciar el conocimiento especializado, a los expertos, es
una ruta de alto riesgo para el país, pero parece ser un patrón en ciertas
áreas del Gobierno. Lo hemos visto con la desastrosa presentación del director
de finanzas de Pemex, Alberto Velázquez García, en Nueva York que tuvo de
inmediato un costo en las calificaciones de la deuda; en los pésimos candidatos
que mandó en la terna para la Comisión Reguladora de Energía, uno de ellos
exhibidos de manera grotesca por Xóchitl Gálvez en las comisiones del Senado;
en los escándalos en Conacyt, no uno sino tres, por la elección de perfiles
bajísimos para hacerse cargo de puestos especializados, etcétera.
Al Presidente no le gusta que le digan que no, menos aún en
los temas que para él son de carácter ideológico, como la autosuficiencia
alimentaria, las empresas energéticas o los asuntos que conllevan control
político llámese la seguridad o los programas sociales. En esos casos prefiere
tener colaboradores obedientes, ejecutores puntuales de sus ideas y deseos y no
personal calificado que cuestione o ponga en duda sus ideas fijas.
La sabiduría popular, esa a la que el Presidente apela y
manipula con singular alegría, no está peleada con el conocimiento técnico. Son
saberes distintos que sirven para cosas distintas. Sería un error poner a un
experto en aeronáutica a decidir el momento de la siembra de una parcela; por
más que busque en internet y se refine cuatro libros nunca tendrá la capacidad
del campesino de leer la naturaleza, así como una modista no tendrá jamás la
competencias para decidir sobre la política de alimentos transgénicos o el
pueblo bueno sobre las implicaciones de la guardia militarizada, salvo claro
los que han sido víctima de abusos por parte de los militares, pero a esos
nadie los quiere oír.
Un chofer que además es una buena persona, será un gran
chofer; una buena persona que no sabe manejar nunca será un buen chofer. El
conocimiento técnico no se suple con buena voluntad y buenas conciencias. La
ineptitud es una forma de corrupción. ¿No era eso lo que decíamos cuando llegó
el PAN al poder? ¿Por qué ahora habría de ser distinto?
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