Salvador
Camarena.
El
presidente Andrés Manuel López Obrador tiene una receta para avanzar sin
resistencia. Cuando quiere impulsar algo, empuja simultáneamente su idea y una
sospecha. Su idea es buena no por sus méritos, sino porque sustituirá algo
pérfido, algo surgido del abuso de la clase política que no comulga con él.
Como para lo primero –la idea– suele no ofrecer datos ciertos, siembra la
sospecha: los otros robaban, abusaban, se mandaron… ya los descubrimos, ahora
vamos a corregir, créanme, somos diferentes.
El
tabasqueño sabe que la tierra donde cae esa sospecha es fértil, muy fértil
luego del peñismo y tras sexenios sin castigo a los notorios delincuentes de
cuello blanco tanto de la clase política como empresarial. Y, quizá, el
presidente también cuenta con que la oposición intentará una defensa
esquemática, abundante en retórica formalista. Una defensa que, por si fuera
poco, terminará siendo falaz dado que quien la intenta carece de autoridad
moral o credibilidad.
El caso más
reciente de esta dualidad es el de las estancias infantiles. Surgidos en el año
2007, esos lugares para el cuidado de los menores que aún no pueden ir a
preescolar tuvieron un enorme éxito. Fue un acierto del gobierno de Felipe
Calderón, que brindó un apoyo a cientos de miles de madres que requerían un
espacio donde dejar a sus hijos para poder laborar unas cuantas horas.
El programa
avanzó hasta que los gobiernos panistas, primero, y priistas después, empezaron
a cerrar la llave. Gente de Hacienda de Calderón fue la primera en detener el
crecimiento del programa, en cortar el presupuesto. En tiempos de Peña Nieto se
dio otra irregularidad: los ideólogos de la reducción por decreto de la pobreza
quisieron que aquellos pobres que eran inscritos en las estancias fueran
registrados como si una carencia, la educativa, hubiera quedado subsanada. En
pocas palabras, los que hoy reclaman que ese programa estaba bien fueron los
primeros en lastrarlo, en manipularlo: para que no creciera, para que diera lo
que no debía dar. Y encima, porque al detectar irregularidades no fueron
prestos a corregirlas.
Así, cuando
en Palacio Nacional se decide que el programa de estancias infantiles sufrirá
un hachazo presupuestario de la mitad pero, sobre todo, un cambio en su eje,
pues el subsidio ahora se entregará a las familias y no a quienes abrieron la
estancia, la oposición patalea una defensa imposible y contraproducente.
López
Obrador los acusa de haber desvirtuado un modelo de apoyo, y los prianistas
–más algunos naranjas– se sienten cómodos enviando a defender 'la ortodoxia' a
Josefina Vázquez Mota, senadora de la República (ay República) y protagonista
de Juntos Podemos, uno de los escándalos más sonados en torno a una
'organización de la sociedad civil': el uso discrecional y opaco de más de mil
de millones de pesos.
Andrés
Manuel dice que no quiere que las organizaciones de la sociedad civil manejen
fondos. Dice que sospecha de ellas. Aturdida como está desde su derrota el 1 de
julio, la clase política se reburuja: alguien defienda a la sociedad civil y a
los frutos de nuestro modelo, ¿quién puede decir que las estancias son buenas?
Tú, senadora, diles que fuimos buenos, diles que ese pasado sin castigos fue
mejor, diles que no son ciertos nuestros abusos y la impunidad, diles que no
las mate, Josefina (con el perdón de Juan Rulfo).
Habla
Josefina, la que más de mil millones gestionó ante José Antonio Meade, y más de
mil millones le fueron otorgados a Juntos Podemos. De eso nunca rindió cuentas
puntuales Vázquez Mota. Y hoy quieren que sea la voz que llama a tener cuidado
con lo que se gasta y cómo se gasta. No pasan la prueba de la risa.
Lo mismo
ocurre con la famosa servilleta de Meade sobre el aeropuerto. El nuevo gobierno
se puede sonar las narices con ese papel: desecharlo con facilidad –y algo de
ardor, es cierto–, pues José Antonio nunca se fotografió calculando el daño
patrimonial por el dinero que él otorgó a la iniciativa que presidió JVM. Los
prianistas son de corta memoria (no lo son, pero les conviene aparentar eso) o,
peor, creen que los mexicanos sufren amnesia.
Mientras la
oposición no comprenda que en ella no caben todos, así hayan logrado curules y
escaños, que no tienen futuro si no revisan y se deslindan del pasado que
resulta pernicioso y ofensivo, mientras no salden cuentas de la derrota,
estarán condenados, y a suerte similar condenarán al país, a que Andrés Manuel
le baste la sospecha y unos cuantos datos para instalar cuanta ocurrencia le
venga en gana.
¿Quién le va
a decir al presidente que está mal? ¿Josefina? Con esos defensores no quedará
ni una estancia abierta, ni piedra sobre piedra –buena o mala– del pasado
inmediato. Es una defensa inservible.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.