Por Adela
Navarro Bello.
Los cárteles de la droga en México
mayormente utilizan una de dos estructuras para sustentar su ilícito negocio.
Una se trata de un organigrama piramidal, donde la cabeza es el o los líderes
de la organización; hacia abajo se encuentran los que podríamos llamar mandos
medios, financieros, lavadólares, brazo armado, aquel que controla los
territorios y, generalmente, la familia.
Un nivel más abajo, quienes hacen el
trabajo en empresas fantasmas, cuentas de bancos, así como una especie de
gerencia donde se ubican lugartenientes, distribuidores, traficantes, sicarios,
jefes de células criminales por estados. Y al final, en la base de la
estructura criminal, los vendedores de droga al menudeo.
Esa es una estructura con la que han
funcionado cárteles como el de los hermanos Arellano Félix, el del Golfo, los
Zetas, el de Guadalajara, Milenio, los Beltrán Leyva, entre otros.
La otra versión se da en el cártel de
Sinaloa a partir de los muchos años de impunidad acumulada, y de ser una de las
organizaciones criminales más prósperas del mundo. Ahí establecieron, más allá
del sistema de jerarquías dentro de una organización, un régimen de sucursales,
franquicias en estados y municipios, en algunos casos incluso en una plaza
confiaron su criminal negocio a más de una célula.
Ninguna de
las dos estructuras es infalible. La
primera llevó, por ejemplo a los hermanos Arellano Félix, a heredar el poder
criminal entre familiares y amigos conforme los fueron aprehendiendo y en
algunos casos asesinando. Mientras el cártel de Sinaloa con los muchos
competidores dentro del mismo cártel por una misma plaza, ha sido una de las
mafias que más cartelitos ha originado. Incluso entre los herederos de sus
líderes criminales se habla de Los Chapitos, aquellos encabezados por los hijos
de Joaquín El Chapo Guzmán Loera, y de Los Mayitos, entendiéndose del ala
delincuencial que titulan los hijos de Ismael El Mayo Zambada García, por
mencionar a algunos.
Lo que sí tienen en común estas
estructuras criminales es que poseen un líder a la cabeza. O varios. Mientras
los Arellano fueron encabezados en sus épocas de mayor notoriedad por los
hermanos Benjamín y Ramón, el cártel de Sinaloa fue, con sus intervalos debido
a las aprehensiones de El Chapo, encabezado por este y por Ismael Zambada
García. De igual forma que el cártel del Golfo fue primero de Juan Garcia
Abrego y posteriormente lo encabezó Osiel Cárdenas Guillem, o de los Beltrán
Leyva, donde los hermanos se fueron sucediendo.
Ciertamente los cárteles de la droga
en México se ven afectados cuando uno o varios de sus líderes caen. En algunos
casos la sucesión criminal se da entre familiares o amigos sin necesariamente
asegurar la permanencia de la organización criminal. Aprehender a las cabezas
del narcotráfico es tan importante como detener a quienes ocupan posiciones en
la siguiente línea de mando. Es decir, de nada sirve por ejemplo, detener a un
capo de cártel, si su distribuidor, su traficante, su lavadólares, su brazo
armado, su contador y su abogado, permanecen en la impune libertad.
Necesariamente en el caso de solo
aprehender a quien encabeza un cártel, el paso siguiente será uno de dos: o las
estructuras inferiores entran en una lucha por el control de la organización
criminal, desatando una guerra que terminará con la creación de otros cárteles;
o, este tendrá una “ordenada” sucesión y continuará el nuevo jefe criminal,
haciendo uso de toda la infraestructura para continuar con el cártel. El primer
escenario ocurrió en Juárez, por ejemplo, cuando después de la muerte de Amado
Carrillo Fuentes en 1997, la estructura criminal cayó en manos de su hermano, y
posteriormente de quien encabezaba el brazo armado, hasta producir otros
cartelitos y alianzas con otras organizaciones criminales para subsistir.
Mientras el segundo caso ha ocurrido, en tres ocasiones que ha sido detenido El
Chapo, en el cártel de Sinaloa, donde Zambada García continúa haciendo uso de
toda la estructura para conservar el imperio criminal al cual pertenece desde
hace unos 30 años. En México con las estrategias que en materia de seguridad se
han establecido en los últimos tres sexenios, contando al actual, los cárteles
de la droga han crecido en número y en integrantes. De siete grandes
estructuras que había en la época de Felipe Calderón Hinojosa y su guerra
contra las drogas, pasamos a más de 80 con Enrique Peña Nieto y su México por
la paz.
Hoy día, en el recién iniciado sexenio de Andrés
Manuel López Obrador, parece que la política de combate al narcotráfico, a
saber el fenómeno criminal donde tienen origen el 80 por ciento de los
homicidios dolosos del país, no será confrontado por lo menos no se ha
anunciado de esa forma, de manera integral.
De la guerra contra las drogas del
2006, al México por la Paz del 2012, este 2019 van por la paz. Con la utilización
de una Guardia Nacional más como policía de disuasión pues el propio presidente
dijo esta semana que su objetivo no era detener a los capos, literalmente
explicó el presidente: “No se han detenido a capos porque no es esa nuestra
función principal. La función principal del Gobierno es garantizar la seguridad
pública, ya no es la estrategia de los operativos para detener a capos. Lo que
buscamos es que haya seguridad, que podamos disminuir el número de homicidios
diarios”. Agregó: “Bajar el número de homicidios, bajar el número de robos, el
que no haya secuestros, eso es lo fundamental. No lo espectacular. Se perdió
mucho tiempo en eso y no se resolvió nada”. Y a pregunta expresa, “no hay
guerra, oficialmente ya no hay guerra. Nosotros queremos la paz, vamos a
conseguir la paz”. Una vez más los capos que manejan las estructuras criminales
en este país, que son el origen del crimen organizado, que más allá del
narcotráfico y el narcomenudeo se dedican a secuestrar, a extorsionar,
asesinar, a robar, a asaltar, permanecerán en la impunidad. Es decir, de la
estrategia de detener a los líderes de los cárteles que inició con Calderón, a
la de establecer objetivos criminales de Peña, pasamos a la de no ir tras los
capos, sino por la seguridad.
Ningún presidente ha establecido
hasta el momento, contando al actual, una estrategia integral de combate al
narcotráfico, que incluya una ofensiva hacia las estructuras de lavado de
dinero, financieras, de rutas para el trasiego de drogas, o del sistema de la
distribución de las mismas. Aprehender a los capos es un buen inicio, pero este
debería ser complementado con la detención de quienes en una jerarquía menor,
contribuyen al funcionamiento de las organizaciones criminales. Desmantelar a
los cárteles en lugar de descabezarlos, pues.
Es grave que una vez más, las
estructuras del narcotráfico sean indiferentes en una política de combate a la
inseguridad. No se puede llevar seguridad cuando hay impunidad para estos
criminales organizados. La disuasión puede funcionar en las calles y por un
determinado tiempo con retenes y vigilancia de fuerzas armadas y civiles, pero
si no llevan la investigación como tema medular, poco se hará para combatirlos.
A dos meses de iniciado el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador,
el gran pendiente sigue siendo el tema de la inseguridad y la violencia, y la
no persecución de los capos, no abona en nada a buscar una mejoría para lograr,
ya no digamos la paz, sino la tranquilidad de los mexicanos en un Estado de
Derecho, en el cual se persigue a quienes cometen crímenes, para detenerlos,
procesarlos y sentenciarlos, y sentar un precedente de justicia en un país que
ha sobrevivido en la impunidad. Pues de no perseguirlos, de no ir tras ellos,
la paz que busca AMLO, será también para los capos del narco.
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