La hoy extinta Procuraduría General
de la República (PGR) privó de la libertad mediante arraigos, sin pruebas de
que fueran realmente culpables de un delito y sin someterlas a un juicio, a más
de 12 mil personas entre los años 2004 y 2018. En la mayoría de los casos, en
una instalación denominada Centro Federal de Investigaciones, en la colonia
Doctores.
Por lo menos 1 de cada 10 de esas
personas eran inocentes.
Así lo revelan datos oficiales
obtenidos por Animal Político vía transparencia, en los que se detalla cómo la
mayor parte de arraigos se ordenaron en el contexto de la llamada guerra contra
el narcotráfico en el sexenio de Felipe Calderón.
Aunque también durante el gobierno del presidente
Enrique Peña Nieto fueron arraigadas casi mil personas.
Con la entrada en vigor del nuevo
sistema penal acusatorio, en la segunda parte de 2016, el uso del arraigo cayó
significativamente. Pero los expertos advierten que una reforma para eliminar
dicha figura por completo se quedó congelada en 2018, y que hay iniciativas
regresivas como la de ampliar la lista de delitos con prisión oficiosa. Lo
anterior, señalan expertos, al igual que el arraigo busca parchar la
incapacidad de las autoridades para investigar.
“El arraigo fue una aberración que
correspondió a un sistema penal arbitrario y apabullante que no estaba diseñado
realmente para investigar, sino solo para perseguir supuestos delitos. Las 12
mil personas que fueron sometidas a esta medida son, hoy, un saldo vergonzoso”, dijo el abogado penalista experto en
derechos humanos, Juan López Villanueva.
La directora
de la organización México Unido contra la Delincuencia (MUCD), Lisa Sánchez, dijo que tan solo en 2010 se ordenaron 1
mil 679 arraigos por crimen organizado, pero apenas hubo 148 condenas por ese
tipo, lo que demuestra que no solo era un recurso que violaba derechos humanos,
sino que además era ineficaz.
El 12% de las personas que fueron
arraigadas en los últimos años quedaron en libertad inmediata.
Esto luego de arraigos que por ley
debieron ser de 40 días, pero que en dos terceras partes de los casos superaron
ese tiempo. A todo ellos se sumarían los que sí fueron procesados pero que, a
la postre, también quedaron en libertad por falta de elementos.
Las cifras
del abuso.
Animal
Político solicitó a la PGR (hoy Fiscalía
General) conocer el total de personas que fueron sometidas a medidas de arraigo
desde que se creó esta figura hasta la fecha.
La dependencia dijo que solo cuenta
con registros oficiales desde 2004. Esto pese a que especialistas advierten que
la Procuraduría comenzó a utilizar de forma indiscriminada este recurso desde
la década de los 90.
Los datos
proporcionados indican que de 2004 a
2018 la cifra total fue de 12 mil 71 personas mantenidas bajo arraigo, aunque
las diferencias por año son notables.
Por ejemplo,
en 2005 y 2006 la cifra anual de
arraigados fue de poco más de 500 personas, pero para 2007 se elevó a 849. En
2008 se arraigó a 1 mil 210, en 2009 la cifra creció a 1 mil 772, y en 2010 a 1
mil 982 personas.
El pico se alcanzó en 2011 con una
cifra récord de 2 mil 385 personas arraigadas, solo en ese año. Para 2012 hubo
por primera vez en años un decremento de arraigos, aunque la cifra llegó a las
1 mil 641 personas.
Los titulares de la PGR en este
periodo, donde los arraigos se multiplicaron fueron el hoy ministro de la Corte
Eduardo Medina Mora, Arturo Chávez y Marisela Morales Ibáñez.
En 2013, ya en la administración del presidente
Enrique Peña Nieto, el arraigo continuó siendo utilizado aunque en menor
medida. En ese año fueron 627 las personas sometidas a esa medida, para 2014
disminuyeron a 289, y en 2015 fueron solamente 84.
En 2016, ya con la entrada en funcionamiento del
nuevo sistema penal acusatorio que ubicó al arraigo solo como una medida
cautelar de un paquete de más de 10, y que tendría que usarse solo si se
justificaba ante un juez, la cantidad de arraigados fue de apenas 25 personas.
En 2017 fueron 14 y en 2018 fueron 21.
En síntesis,
en el sexenio de Peña Nieto la PGR
arraigó a 1 mil 60 personas.
Por regla el arraigo de una persona,
de acuerdo con el ya abrogado Código Federal de Procedimientos Penales, debía
de ser por un máximo de 40 días, y solo en situaciones excepcionales podría
ampliarse.
Pero los datos muestran
que de las 12 mil 71 personas arraigadas solo 4 mil 756, que equivalen al 39%,
permanecieron 40 días o menos. Los 7 mil 315 restantes, el 61% del total,
estuvieron arraigados más de 40 días.
Entre los casos de arraigo más
prolongados está el de 3 mil 990 personas que estuvieron privadas de su
libertad 80 días; y el de 1 mil 660 personas que permanecieron bajo arraigo 90
días.
La
información proporcionada vía transparencia por PGR arroja que al 73% de las más de 12 mil personas arraigadas se les
aplicó esta medida por petición de la entonces Subprocuraduría Especializada en
Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO).
Es decir, fueron personas arraigadas bajo la supuesta
sospecha de colaborar con la delincuencia organizada.
De ese
total, el 12% fueron personas que tras
concluir el periodo de arraigo quedaron en libertad, luego de que la PGR no
encontró indicio alguno de que hubieran cometido un delito.
¿Confinamiento
domiciliario o cárcel sin juicio?
El Código
Federal de Procedimientos Penales
definía al arraigo como un arraigo “domiciliario”, es decir, el confinamiento
de la persona a su domicilio o casa. Pero la realidad era distinta.
El 100% de las personas que fueron
sometidas al arraigo por sospechas de colaborar con crimen organizado fueron
enviadas al Centro de Investigaciones Federales en la colonia Doctores, en Ciudad
de México.
Esto sucedía así aun cuando los
“sospechosos” fueran detenidos en otros estados del país.
Dicho centro es (porque continúa
habilitado aunque ya casi sin actividad) un edificio que antes se utilizó como
un hotel, y que la PGR convirtió en una instalación de alta seguridad, con
bardas perimetrales protegidas con alambres de púas y cuyos accesos a la calle llegaron
a estar protegidos por sacos de arena, para formar barricadas.
La instalación contaba con equipos de
alta seguridad (hasta para evitar el descenso de un helicóptero que intentara
rescatar a alguien) y filtros protegidos con detectores de metales, cámaras de
seguridad y agentes federales con armas largas. Los horarios de visita eran
controlados y restringidos.
De las instalaciones interiores nunca
se han dado características de forma pública pero se sabe que tenía capacidad
hasta para 120 personas, cifra que se vio rebasada sobretodo entre 2009 y 2011,
donde fueron encerradas ahí casi 5 mil personas.
Organismos de derechos humanos y
especialistas en la materia calificaron a este sitio como una cárcel de facto
para personas señaladas de cometer algún delito, pero sin que se les iniciara
un juicio o proceso penal.
Pero no fue
todo. Personas que permanecieron
detenidas en dicha instalación acusaron actos de tortura. Fue el caso, por
ejemplo, del abogado Gerardo Ortega Maya, detenido en mayo de 2012 por ser
sospechoso de colaborar con el crimen organizado. Dicha persona, que cuatro
años después fue exonerada, confesó que en el centro de arraigo padeció de
maltratos físicos y sicológicos para que incriminara a otras personas.
La Comisión
Nacional de los Derechos Humanos (CNDH)
emitió en varias ocasiones informes y recomendaciones, en los que advertía de
abusos cometidos en agravio de personas sometidas a medidas de arraigo.
“Esta Institución Nacional reitera su
postura respecto a la figura del arraigo en el sentido que es una práctica de
alto costo y riesgo en materia de derechos humanos, que contraviene no sólo el
prestigio sino el cumplimiento internacional al que el Estado mexicano está
vinculado, por diversos instrumentos internacionales, en tanto que esa figura
contraviene el principio de la presunción de inocencia, pues es vulnerado a
priori, en virtud de que el inculpado está sometido a una penalidad (calificada
de “medida cautelar”) previa al inicio del proceso jurídico”, dijo la CNDH al
emitir la recomendación 33/2017 en agravio de migrantes que fueron torturados
mientas permanecieron bajo arraigo.
Herencia
vergonzosa y ¿riesgo de repetición?
El abogado
especializado en el manejo de casos que vulneran derechos humanos, Juan López
Villanueva, calificó al arraigo como una
“aberración jurídica” y una “herencia vergonzosa” propia de un sistema penal
que por muchas décadas privilegió el encarcelamiento de las personas antes que
la investigación.
“Como no sabíamos investigar pues se
inventó el arraigo. Se sospechaba que eras tú el culpable de un delito pero sin
pruebas. Era totalmente violatorio del principio de presunción de inocencia y
del debido proceso”,
dijo.
Lisa Sánchez,
directora de la organización México Unido contra la Delincuencia, dijo que en el año 2010, en el apogeo del
uso del arraigo, el número de personas bajo esa medida por crimen organizado
era 10 veces mayor que el de sentenciados por este delito, lo que evidenciaba
el fracaso en esta figura en la investigación.
“La medida se autorizaba bajo la
lógica de que arrestar a la gente por periodos largos y sin necesidad de
acusación formal permitiría investigar mejor, y ser más eficientes en las
condenas. Pero la realidad demostró que no, que únicamente fue un régimen de
excepción donde no aplican las garantías procesales más básicas, y eso no tiene
impacto en el número de crímenes ni en la impartición de justicia”, dijo.
Gabriel
Regino, abogado penalista y exsecretario de Seguridad Pública, calificó al arraigo como una “condena
anticipada” y, por ende, como un “absoluto exceso del poder punitivo”. Añadió
que nunca hubo indemnizaciones para las personas que, a la postre, se demostró
que no eran culpables de algún delito.
Regino agregó que el arraigo dejó de aplicarse
como tal a partir de la entrada en funcionamiento del nuevo sistema penal,
aunque se mantiene como una medida cautelar que un juez de control puede
aplicar.
La abogada
Ana Lorena Delgadillo, Directora Ejecutiva de la Fundación para la Justicia y
el Estado Democrático de Derecho, advirtió
que en 2018 la Cámara de Diputados había aprobado una reforma para eliminar de
facto la figura del arraigo en el nuevo sistema pero la misma “se quedó
congelada”.
Los expertos
consultados, con excepción de Villanueva, consideraron
además que existe un paralelismo entre el uso excesivo que se le dio al arraigo
en los últimos años, con la reforma que ahora se pretende impulsar para ampliar
el catálogo de delitos que ameritan prisión preventiva oficiosa.
Dicho paralelismo es que son medidas
que encubren una deficiente capacidad de investigar.
“Lo que muestra la legalización y
utilización de medidas inquisitivas como el arraigo y la prisión preventiva
oficiosa es que nuestras autoridades de procuración de justicia no saben
investigar, y necesitan tener a la persona detenida para hacerlo, el testimonio
de la persona se vuelve la única fuente de investigación. Las estadísticas lo
dicen, estas medidas o han sido positivas dado el nivel de impunidad que vive
México. Se han utilizado para combatir al crimen organizado sin ningún éxito”, dijo Delgadillo.
Lisa Sánchez
calificó al arraigo, las detenciones en
flagrancia y la prisión oficiosa como “recursos que atrofian las capacidades de
investigación”. Y Gabriel Regino dijo que la prisión oficiosa “es una añoranza
a la facilidad con que antes se detenía a alguien sin investigar”.
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