Salvador
Camarena.
Desde
Palacio Nacional, y en al menos dos ocasiones, Andrés Manuel López Obrador se
ha referido a Adolfo López Mateos como un buen presidente. ¿Por qué será que el
tabasqueño piensa así de su antecesor mexiquense?
La respuesta
más obvia es que el actual mandatario cree –lo ha dicho en estos días– que la
nacionalización de la industria eléctrica constituye un hito patriótico, uno
que pretende emular al fortalecer a la Comisión Federal de Electricidad.
Pero si
damos por bueno que López Obrador es un asiduo lector de la historia de México,
como que esa nacionalización e incluso el hecho mismo de crear los libros de
texto gratuitos, palidecen ante la tónica de un sexenio en el que, nunca hay
que olvidarlo, Gustavo Díaz Ordaz apretó con mano dura al país desde la Segob.
O en
palabras de José Manuel Villalpando: “López Mateos pudo librarse así de tenaces
opositores, como Othón Salazar, Valentín Campa y Demetrio Vallejo, pero también
logró deshacerse de críticos molestos como el famoso muralista mexicano David
Alfaro Siqueiros, a quien envió a la lúgubre prisión de Lecumberri por haber
tenido el atrevimiento de hablar mal del primer mandatario de la nación.
Durante su gobierno también fue asesinado el líder campesino Rubén Jaramillo
junto con su esposa y sus dos hijos”. (Presidentes de México, Booket, 2010)
Es decir,
López Mateos fue el culmen del sistema priista: que la revista Siempre publica
un reportaje sobre la crueldad del atentado contra Jaramillo y su familia, les
quito la publicidad oficial; que si se quejan de que no hay oposición en el
Congreso, dejamos entrar a algunos, pero a punta de pistola, literalmente, los
mantenemos callados; que si movimientos cívicos ganan espacios –Salvador Nava,
en San Luis Potosí–, les hacemos entender que o siguen los dictados
presidenciales o acabarán perseguidos y en la cárcel. (Leer 'Adolfo López
Mateos, El Orador', en La presidencia imperial, de Enrique Krauze).
¿López
Obrador piensa que eso es lo que hace un buen presidente?
Si la
respuesta fuera negativa, qué feo que lo visto ayer parezca de otros tiempos,
de los de López Mateos, en los que se perseguía con toda la fuerza del Estado a
quien se atrevía a disentir.
Porque este
lunes México atestiguó uno de los linchamientos mediáticos más grotescos de los
que se tenga memoria.
Dos
secretarias de Estado y un funcionario con inigualable acceso a la información
financiera de los mexicanos tomaron el estrado en Palacio Nacional y
emprendieron una operación de Estado en contra de un funcionario público y dos
parientes políticos de éste.
Guillermo
García Alcocer es presidente de la moribunda Comisión Reguladora de Energía,
entidad contra la que esta administración emprendió una embestida desde la
transición misma. López Obrador había asegurado la semana pasada que García
Alcocer había incurrido en conflicto de interés y que este lunes daría a
conocer los detalles.
Al final, el
presidente se abstuvo de comentar el tema, pero envió a la secretaria de la
Función Pública, la de Energía y al titular de la Unidad de Inteligencia
Financiera a machacar la presunción de inocencia del funcionario, su cuñado y
un primo de su esposa.
En el
pasado, el Estado mexicano había recurrido a demostrar su fuerza en contra de
gente inocente y no necesariamente inocente. Para dos generaciones es
emblemático el antecedente de Joaquín Hernández Galicia, La Quina, líder del
sindicato petrolero, a quien el gobierno de Carlos Salinas apresó. Pero si
alguna explicación, que no justificación, había, era que esos personajes habían
puesto contra la pared la gobernabilidad del sistema.
Según los
biógrafos del poder, Demetrio Vallejo, en su momento, llegó también a
representar una amenaza para el gobierno de López Mateos. Si los
ferrocarrileros de Vallejo triunfaban, ¿qué haría el régimen para contener las
justas demandas de maestros o médicos? Por eso aplastaron a Vallejo, a Campa y
a Salazar, entre otros.
Hoy, en los
albores de lo que unos quieren que sea llamado como nuevo régimen, atestiguamos
una burda maniobra para acallar a un funcionario de mediano nivel que se ha
atrevido –insensato– a no quedarse callado ante el presidente. ¿Así de
amenazados se sienten?
Funesto
antecedente sobre la manera en que el tabasqueño pretende imponer su voluntad
antes que convencer sobre sus iniciativas. Ojo: ya no es contra los órganos
autónomos, sino contra todos aquellos a quienes ellos califiquen como enemigos
del Estado.
Por cierto,
insisto, qué raro que el presidente López Obrador crea que su tocayo de
apellido fue un buen mandatario. O no les parece raro que en su cierre de
campaña en el estadio Azteca, y a unas horas de lo que era un triunfo cantado,
el candidato de Morena declarara que “lo que vamos a consumar viene de lejos y
se ha fraguado con el esfuerzo y la fatiga de muchos compañeros (…) dirigentes
de oposición como Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Rubén Jaramillo, Othon
Salazar…” Esos mismitos que el “buen presidente” que fue López Mateos,
encarnizadamente, persiguió.
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