Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
Finalmente,
el Ejecutivo ha presentado su iniciativa de contrarreforma educativa, una
reiterada oferta de campaña de López Obrador que ahora pone a consideración del
Congreso, en el cual su coalición tiene amplio margen de maniobra para juntar
la mayoría calificada necesaria para reformar la Constitución en lo reformado
apenas en 2013.
La
iniciativa del Ejecutivo es congruente con la consigna reiterada por el ahora
Presidente: echar abajo la mal llamada Reforma Educativa. En efecto, lo central
de la iniciativa, más allá de la retórica, radica en la eliminación de la de la
definición constitucional del Servicio Profesional Docente y en la demolición
del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, los dos pilares en
los que se basa la reforma.
El objetivo
principal de la propuesta presidencial es el desmantelamiento del incipiente
sistema de profesionalización que surgió de la ahora vilipendiada reforma de
2013, la cual en su tiempo gozó de gran apoyo político y social. Este nunca
satisfizo a los docentes y fue duramente enfrentado por la rebeldía cuasi
insurreccional de la CNTE, mientras el sindicato oficial la resistía con sus
formas tradicionales de negociación de la desobediencia y con la generación de
prácticas informales que le daban la vuelta. Con su eliminación, el Presidente
cumpliría con un compromiso con el sindicalismo magisterial, que fue su aliado
en la contienda electoral. De concretarse, se abriría la posibilidad de
regresar a la situación previa a la reforma, donde todas las plazas se
otorgaban a través del sistema de asignación corporativa controlada por las dos
versiones sindicales, que incluían la compra–venta y el intercambio de favores.
La saña
contra el Instituto Nacional de Evaluación de la Educación viene de otra parte.
El elemento más polémico de la profesionalización docente ahora en vilo radica
precisamente en el papel que la evaluación juega en él y las consecuencias
negativas tan acusadas que tiene. Pero el INEE sólo plantea los lineamientos
para esa evaluación y, en cambio, realiza toda una serie de mediciones muy
útiles para conocer el desempeño del sistema, información indispensable para ir
ajustando las políticas educativas. Destruir al INEE es tirar al niño junto al
agua sucia de la bañera. La idea de convertirlo en una oficina de la SEP con
consejeros nombrados a dedo parece más resultado de la incomodidad del
presidente con los órganos autónomos.
Hay otros
elementos en la iniciativa presidencial que reflejan la falta de diagnóstico
certero respecto a las necesidades del sistema educativo mexicano. Ojalá estos
se discutan en las audiencias públicas convocadas por el Congreso para analizar
la propuesta, pero la médula institucional de la iniciativa está en estas dos
demoliciones. Si el Constituyente Permanente le aprueba su propuesta al
Presidente, estaremos dando un gran paso atrás en la construcción de un sistema
educativo de calidad, otra palabra molesta para los detractores de todo lo
creado a partir de 2013.
El servicio
profesional no está bien diseñado. Carece de incentivos positivos y pone
demasiado énfasis en los resultados negativos de la evaluación, pero establece
criterios de aptitud para el ingreso y la promoción que no sólo no deben ser
eliminados, sino que deben ser mejorados. Eliminarlo sería volver al sistema
donde la lealtad y la disciplina sindical y política eran los méritos
considerados para cualquier movimiento o promoción. No se puede negar el efecto
que ese arreglo ha tenido sobre el mal desempeño de nuestro sistema educativo,
cuando se le compara con los del resto del mundo.
Desmantelar
el sistema de concursos de ingreso y promoción marcaría la vuelta al control
corporativo del sistema, con las consecuencias distributivas del caso y sus
enormes márgenes para la corrupción que tanto dice evitar el Presidente.
La autonomía
del instituto encargado de la evaluación es crucial para contar con información
y criterios objetivos, que nutran a todo el sistema. También para tener
instrumentos eficaces para la medición del desempeño. La evaluación es
indispensable; no sólo la del desempeño de los maestros, que debería ser
responsabilidad del servicio profesional, sino la de todos los aspectos del
funcionamiento del sistema: escuelas, programas, servicios.
Si se
demuelen los dos pilares de la reforma de 2013, el servicio profesional y el
instituto de evaluación autónomo, lo que tendremos será una clara y llana
contrarreforma, que dejará al sistema sin las bases institucionales para
cumplir con eficacia con sus objetivos constitucionales, los cuales, por lo
demás, están también a revisión y pueden ser mejorados.
Frente a la
iniciativa presidencial, un grupo de especialistas en educación de diversos
centros de investigación agrupados en RED –Red, Educación, Derechos– elaboraron
una iniciativa alterna, como base para un consenso legislativo. En ella se
rescata lo positivo de la reforma de 2013 y se elimina lo negativo, como el
carácter punitivo de la evaluación del desempeño magisterial, pero conserva el
carácter constitucional del servicio profesional, el cual, en cambio, la
iniciativa presidencial borra de un plumazo.
La propuesta
de RED, que ya ha hecho suya un grupo plural de legisladores hace un
planteamiento integral, que rescata también elementos de lo planteado en la
iniciativa presidencial, pero con mayor claridad y profundidad. Sin duda, su
punto más fuerte es el rediseño que plantea del actual INEE, que se
transformaría en el Centro nacional para la Mejora Continua de la Educación,
pero que mantendría la autonomía constitucional y cuyo Consejo Directivo
estaría formado por cinco integrantes nombrados por el Senado con base en
ternas presentadas por el Ejecutivo. El Presidente sería nombrado por el Senado
y no por sus pares, como lo es ahora. Las facultades del nuevo centro irían
bastante más allá que las del actual INEE y quedarían claramente estipuladas en
el texto constitucional.
La
iniciativa impulsada por RED representa una auténtica opción de reforma
sensata, que construye sobre lo avanzado, en lugar de simplemente entrar a saco
contra todo aquello que suene a neoliberal. Se trata de una iniciativa que fija
nuevos objetivos al sistema educativo y que plantea la construcción de
instituciones para enfrentar esos nuevos retos. Valdría mucho la pena que
estuviera en el centro del debate legislativo, a lado de la del ejecutivo.
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