Raymundo Riva Palacio.
La disminución de la sonoridad de las críticas de la Casa
Blanca contra México esta semana, fueron el preámbulo de que en un intercambio
informal con periodistas en el Salón del Gabinete de la Casa Blanca, donde el
presidente Donald Trump sostenía una reunión de trabajo con el gabinete,
anunciara que la frontera no se cerraría y que abriría un plazo de un año para
que redujera significativamente el tráfico de personas y de drogas hacia
Estados Unidos. El aplazamiento fue el primer resultado de una batalla política
de casi tres meses y medio entre los dos países, donde superaron momentos de
crisis en las negociaciones, a punto de rupturas incluso, donde se fueron
moviendo sus posiciones para encontrar, si no la mejor solución a la crisis
migratoria, cuando menos la posible.
La tensión con el nuevo gobierno del presidente Andrés Manuel
López Obrador comenzó desde los primeros días de la administración, cuando en
Washington empezaron a tener dificultades con dos discursos mexicanos que se
confrontaban e incluso se contradecían. Por un lado, el de la Secretaría de
Relaciones Exteriores, y por el otro, el de la de Gobernación. El canciller
Marcelo Ebrard aceptaba que México fuera un tercer país seguro, donde le haría
el trabajo sucio a Estados Unidos y mantendría en territorio mexicano a los
inmigrantes que pedían asilo en aquella nación, mientras la secretaria Olga
Sánchez Cordero decía que eso era inaceptable.
Las posiciones antagónicas fueron una de las razones por las
que el consejero especial de Trump, su yerno Jared Kushner, buscó una reunión
con López Obrador, que llevó al presidente mexicano a hablar con ambos,
exigirles que no se pelearan y que se coordinaran. A Ebrard le encargó
coordinar todos los esfuerzos mexicanos, incluidos los migratorios en
Washington, con el secretario de Estado, Mike Pompeo, y a Cordero la
responsabilizó de la política migratoria sin quitarle el control –en este
espacio se reportó el miércoles que así había sido– del Instituto Nacional de
Migración. Su relación sería con Kirstjen Nielsen, secretaria de Seguridad
Territorial, la responsable en Estados Unidos de combatir la inmigración
indocumentada.
El problema con Nielsen, sin embargo, se venía arrastrando
desde tiempo atrás, cuando en diciembre, recién iniciado el gobierno
lopezobradorista, buscaron que Cordero viajara a Washington para reunirse con
ella. La respuesta fue negativa. Propusieron enero, igual; febrero, tampoco.
¿Finales de febrero? Las quejas se estaban acumulando en la Ciudad de México. A
cambio del no encuentro entre las secretarias, Gobernación propuso un grupo de
trabajo que encabezaban el coordinador de asesores de Sánchez Cordero, Jorge
Alcocer, y el subsecretario de Seguridad Territorial para Estrategia, Política
y Planeación de Estados Unidos, James McCament.
La primera de cinco reuniones se dio el 19 de enero, donde
McCament no habló del concepto del tercer país seguro, sino del Acta de
Inmigración y Nacionalidad 235, sobre la deportación inmediata de
indocumentados “inadmisibles”. McCament planteó que México debía recibir a
todos los inmigrantes indocumentados en todas las garitas, porque habían
detectado un incremento de la migración derivada de la política de López
Obrador de abrir sus fronteras, y que estaban llegando con visas mexicanas. La
respuesta de los mexicanos fue de rechazo a la pretensión original, y llegaron
a un primer acuerdo que sólo admitirían 20 inmigrantes por día, que tuvieran
ese tipo de visas, y únicamente en Tijuana. Sin estar felices, aceptaron los
estadounidenses. En Washington subía la frustración y molestia de Nielsen, que
había planeado la instrumentación de la 235 con Pompeo, y se la habían ofrecido
a Trump como una solución de largo plazo. Pompeo le pidió a Ebrard que Sánchez
Cordero se entrevistara con Nielsen.
A finales de febrero, López Obrador llamó a la secretaria de
Gobernación y le ordenó viajar a Washington, con quien se reunió el 28 de
febrero. En ese encuentro, Nielsen le dijo que la migración estaba dislocada y
calculaban cerrar febrero con más de 70 mil aprehensiones, pero que en marzo
estimaban llegar a más de 100 mil. Si no hacen nada, advirtió Nielsen, el
presidente Trump va a cerrar la frontera. Fue la primera amenaza, aunque la
jefa de Seguridad Territorial afirmó que no era tal, sino un aviso de lo que
vendría. Sánchez Cordero le dijo que el problema no era con mexicanos sino con
centroamericanos, y que tenía que verlo con esas naciones. De cualquier forma,
acordaron que México ampliaría la recepción de deportados, a Mexicali y Ciudad
Juárez, pero la misma cantidad en cada una, pero sólo centroamericanos con visas
humanitarias que hubieran entrado por los puertos fronterizos, y con niños
acompañados por sus padres.
La presión en Estados Unidos crecía. Nielsen le pidió a
Sánchez Cordero verla en Miami, camino a Tegucigalpa. El 17 de marzo se
reunieron en el aeropuerto y Nielsen le dijo que, como previó, las
deportaciones rebasaban las 100 mil y que tenía que hacer algo en sus
fronteras. Fue una plática muy tensa, donde Nielsen estuvo a punto de pararse
de la mesa y romper con todo. Sánchez Cordero ofreció mantener las condiciones
para recibir inmigrantes, pero con cuotas diferentes: 20 el primer día, y si
cumplían, 30 el segundo, 40 el tercero y así sucesivamente. De ser así, serían
nueve mil deportados que aceptaría mensualmente México. Además, habría
contención en la frontera, como querían.
Sánchez Codero le dijo a López Obrador que tenían que
incrementar el número de deportaciones. López Obrador aceptó. Hubo 13 mil
deportaciones en las tres últimas semanas, que Trump vio como un paso positivo
y canceló el cierre fronterizo. No será lo único. Los dos gobiernos están
preparando medidas adicionales, no sólo migratorias, sino policiales y
financieras, para atacar conjuntamente el fenómeno en la región.
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