Por Darwin Franco Migues*
Proyecto: A dónde van los desaparecidos/Quinto Elemento
Lab/ZonaDocs
De él había sólo cenizas, una bolsa plástica con restos
humanos. Se llamaba Óscar Ramírez Reyes. Tenía 20 años. Su primera desaparición
fue el 7 de febrero de 2014 cuando se lo llevaron unos presuntos policías
municipales de Tlajomulco de Zúñiga.
Catorce días después, el 21, una noticia estremeció el
corazón de sus familiares: la Fiscalía General de Jalisco había localizado una
fosa clandestina con cuerpos cerca del lugar donde Óscar había sido visto por
última vez.
Sin embargo, en el
Servicio Médico Forense (SEMEFO) les informaron que ninguno de los cuerpos
exhumados en aquel entierro clandestino, 19 en total, correspondía con las
características físicas de Óscar: joven alto, delgado, de ojos grandes con
expansores en ambas orejas y ojos claros que le hicieron ganar un apodo: “El
Gato”.
Aunque dudaron de esa
versión, decidieron confiar en la autoridad.
20 meses después
supieron que el cadáver de Óscar sí había sido exhumado de aquella fosa.
Supieron también que aquel día que preguntaron en el SEMEFO, su cuerpo sí
estaba ahí. Supieron que los errores en la integración de la carpeta de
identificación, así como el mal proceder del Ministerio Público (MP) a cargo de
su investigación, ocasionaron que el cuerpo de Óscar hubiera permanecido
durante 32 días registrado como persona no identificada. Como NN, lo que es lo
mismo: No Nombre.
Y supieron, que el 25
de marzo de 2014, mientras ellos insistían ante las autoridades que lo
buscaran, el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (IJCF) solicitaba a la
Fiscalía General de Jalisco (FGJ) el permiso para incinerar los restos de ése y
otros 20 cuerpos NN.
El día que Verónica
Reyes, la madre de Óscar, decidió que no se movería de ese sitio hasta saber la
verdad, una trabajadora social le comentó lo “injusto que era que no le dieran
información tan dolorosa”. Así fue como la familia supo que Óscar había muerto.
Y que ya no existía su cuerpo.
Fue hasta el 31 de
octubre de 2015 cuando el joven recuperó su identidad, después de que por fin
la Fiscalía otorgó al padre de Óscar la autorización para que le practicaran la
prueba de ADN y que ésta pudo ser confrontada con el banco genético de IJCF. No
sólo fue gracias a la genética, también lo constataron con unas fotografías que
la Fiscalía había tomado al cuerpo antes de meterlo al horno; imágenes que
había ocultado y negado que existieran.
Hoy esa familia sabe
que si las pruebas de ADN se hubiesen hecho en cuanto presentó la denuncia por
desaparición, como marca el Protocolo de Atención en Casos de Desaparición de
Personas para el Estado de Jalisco; si le hubieran mostrado las fotografías
forenses tomadas a los cuerpos exhumados y si hubieran preservado los cuerpos,
como obligaba la Ley General de Víctimas, aquel 4 de noviembre de 2015 hubieran
recibido la osamenta de Óscar. No una bolsa con unos cuantos kilogramos de
cenizas.
Pero no fue así con
Óscar ni con los 20 cuerpos con los que fue incinerado, entre ellos el de una
mujer.
Según los datos del
IJCF obtenidos a través de solicitudes de información pública, sólo uno de
estos cuerpos fue entregado a su familia. Debería ser el polvo cenizo que
supuestamente pertenecía a Óscar; sin embargo, el registro indica que las
cenizas entregadas correspondían al cuerpo de un hombre de 50 años que murió
estrangulado, no a las de un veinteañero. Nadie con las características de
Óscar aparece como entregado a su familia. ¿Por qué la información no coincide?
Es una de las preguntas que IJCF debe responder para garantizar que los
registros sean confiables.
Esos cadáveres
corrieron la misma suerte que otros cientos que, entre 2006 y 2015, ingresaron
a las morgues de Jalisco donde no había voluntad para identificarlos: ésos que
el instituto forense, con el aval de la Fiscalía del estado, cremó
sistemáticamente. ¿Cuántos? En total fueron mil 559. Todos reducidos a polvo.
Con la incineración se
consumó su segunda desaparición.
La sistemática incineración de cuerpos.
El horno crematorio del
instituto forense fue acondicionado en las instalaciones del SEMEFO, ubicadas
entre el Panteón de Belén y el viejo Hospital Civil de Guadalajara, construidos
a fines del siglo XVIII en pleno centro histórico de Guadalajara. La estructura
añeja del edificio daba al anfiteatro un ambiente lúgubre por sus techos altos,
la humedad en sus paredes y la escasa iluminación.
Construido en 1997, el
horno contaba con dos bandejas individuales para incineración y tenía capacidad
para cremar hasta 20 cuerpos por día, según el archivo de adquisiciones del
propio IJCF.
Los crímenes que ahí se
cometieron desde su inauguración hasta el año 2015, cuando fue clausurado,
resultan más escalofriantes que las leyendas de terror que en las noches se
contaban dentro del cementerio. En los nueve años que abarca esta investigación
(2006-2015), en ese sitio redujeron a polvo los restos no identificados de mil
559 personas, el equivalente a una quinta parte de las 7 mil 695 personas
reportadas como desaparecidas en Jalisco.
Eso lo confirma no sólo
el oficio IJCF/UT/641/2018 entregado a este reportero, que permite conocer el
origen, destino y características –edad, sexo y causa de muerte– de la mayoría
de los cuerpos NN ingresado al SEMEFO; también los expedientes a los cuales se
logró acceder tras el acompañamiento a tres familias víctimas de estas
políticas de incineración.
Tres administraciones
estatales en Jalisco fueron las responsables de esas más de mil 500 cremaciones
de cuerpos de personas de identidad desconocida: el gobierno del panista
Francisco Ramírez Acuña (2001-2007), que aprobó el uso de los hornos para 190 restos.
Emilio González Márquez (2007-2013), también panista, con quien fueron cremados
otros mil 75. Finalmente, en la administración de Aristóteles Sandoval
(2013-2018), priista, se redujeron a cenizas 294 cuerpos.
Según una solicitud de información obtenida por El Universal,
las incineraciones ocurrieron de 1997 a
2015, lapso en el que fueron incinerados 2 mil 755 cuerpos. Sin embargo, las
autoridades insisten en que fue solo hasta 2006 que comenzaron a registrar las
características de cada cuerpo cremado. Esos datos son los que sirven como base
para esta investigación.
Las instalaciones del SEMEFO, que ofrecían un ambiente más
que fúnebre, dejaron de usarse en 2014 cuando se mudó a su sede actual en el
municipio de Tlaquepaque. Pero el uso
del horno siguió aunque, para entonces, la incineración dentro de los
anfiteatros ya estaba prohibida en el país.
En Jalisco el engranaje
de la maquinaria estatal incineradora, en vez de reducirse, se incrementó al
ritmo que los homicidios aumentaron. Del 2006 al 2018, la numeralia del crimen
en Jalisco es brutal: se cometieron 13 mil 578 homicidios dolosos, se
registraron 7 mil 695 desapariciones y se localizaron 179 fosas clandestinas de
las cuales exhumaron 355 cuerpos, de acuerdo a la Dirección de Política
Criminal y Estadística de la Fiscalía.
El horror se refleja en el uso del horno. En 2006 éste se encendió nueve veces al
año, casi una vez cada mes –con excepción de enero, junio y noviembre– y cremó
un total de 84 personas. Para el año 2015 el horno se encendió 38 ocasiones
para volver cenizas a 110 cuerpos.
Los días más utilizados
fueron el 1 de junio de 2012 y el 6 de junio de 2013. En ambos se destruyeron
38 cuerpos.
En esos años, la
capacidad del SEMEFO era para 72 cuerpos pero cotidianamente se sumaban más a
la morgue, disparando el sobrecupo que ya existía. Deshacerse de los muertos se
convirtió en rutina cada vez que se requería abrir espacios ante la llegada de
nuevos cadáveres.
Mario Rivas Souza,
pionero de la medicina legal y forense en Jalisco que se desempeñó como
director del SEMEFO de 1998 a 2017, no era escuchado cuando pedía mayor
presupuesto para ampliar la capacidad de los anfiteatros, por lo que encontró
que la solución para evitar la acumulación y un consiguiente problema para la
salud, era la incineración. Además consideraba que al cremar cuerpos daba más
“dignidad” a las personas fallecidas que enviándolas a la fosa común.
Su “higiénica” decisión
cumplía todas las normas: estuvo avalada por la Secretaría de Salud estatal y
la Ley General de Salud que permitía prender el horno en caso de riesgo
sanitario. El Registro Civil de Guadalajara expidió los certificados médicos y
las actas de defunción a los cientos de cuerpos que corrieron esa suerte,
bastaba con que cada uno cumpliera los requisitos mínimos de identificación,
como edad, género y causa de muerte, para que el Ayuntamiento de Guadalajara le
asegurara una incineración expedita y cupo en el panteón.
Esos nueve años el
horno fue encendido 153 veces. En promedio, diez cuerpos fueron incinerados en
cada ocasión.
Las bolsas con cenizas
tuvieron como destino el Panteón Jardín, en 496 casos; las instalaciones del
IJCF en Belén, en 947 casos; y 116 fueron entregados a familiares en bolsas
negras de polietileno. Dentro del SEMEFO eran colocados en cajas de cartón.
Esa solución
administrativa ideal para los burócratas originó la dolorosa incertidumbre que
hoy padecen cientos de familias de víctimas, pues los registros a los que se
tuvo acceso para esta investigación dan cuenta de que algunos cadáveres fueron
cremados sin contar con datos básicos. En 270 casos, por ejemplo, las cenizas
que permanecen no cuentan con el registro de edad; en 302 falta la causa de
muerte, en estos casos se les registró únicamente con la palabra “resguardo”, y
el sexo. A pesar de que está prohibido emitir certificados de muerte y actas de
defunción sin estos datos – que son indispensables para autorizar la
incineración – los cuerpos pasaron por el fuego.
El incinerador no dejó
de usarse ni siquiera en 2013, cuando entró en vigor de la Ley General de
Víctimas que prohíbe la quema de cuerpos NN a los que no se les ha concluido la
investigación judicial: “(ninguna autoridad puede) cremar los cuerpos de
ninguna persona no identificada hasta en tanto no haya o exista una sentencia
ejecutoria”, indica en su artículo 21. Pero Jalisco se rigió bajo sus propias
leyes: de 2013 a 2015, la Fiscalías y el IJCF redujeron a cenizas 533 personas
NN.
Las causas de muerte
mencionadas en la información obtenida para este reportaje permiten saber que
entre las personas desconocidas incineradas hubo quienes murieron por
enfermedades como cirrosis o edemas pulmonares, otras por accidentes como
electrocutaciones, pero en varios casos la causa de muerte podría deberse a
homicidios causados por golpes (486), proyectiles (108) y armas punzocortantes
(48). Al menos en estos casos, la incineración obstruyó el derecho a la
justicia a posibles víctimas de homicidio, las autoridades hicieron cenizas los
cuerpos del delito.
“La autoridad los trató
como objetos potencialmente infecciosos y no como sujetos de derecho (…) al
imponer una lógica sanitaria por encima de un tema de procuración de justicia,
la autoridad impuso un criterio burocrático cuando lo lógico era actuar como lo
que es el instituto forense, un auxiliar en materia de justicia para la
Fiscalía”, dijo en
entrevista el defensor de derechos humanos Francisco Macías.
Cenizas entregadas, sin pruebas de ADN.
Felipe buscó a su hermano Alfredo Almaraz Rosales desde el primer
momento de su desaparición.
El día en que Alfredo, de 35 años, desapareció, ambos
hermanos se habían encontrado en una de las casas de cambio que Felipe tenía
cerca de la carretera a Tesistán, en el municipio de Zapopan. Era 17 de
septiembre de 2013.
A Felipe le costó
trabajo aceptar la posibilidad de que, quizá, su hermano estuviera muerto.
Cuando lo hizo acudió al instituto forense para dejar muestras de ADN y para
preguntar si Alfredo estaba entre las decenas de personas no identificadas que
permanecían en las cámaras frigoríficas.
Revisó las fotografías
que le mostraron de cadáveres en el rango de edad de su hermano, pero no hubo
ninguna coincidencia. Repitió esa rutina cada quince días, a lo largo de un año
y medio.
En octubre de 2015, sin
embargo, recibió una llamada del instituto en la que le notificaban que uno de
los 17 cadáveres exhumados dos años atrás de las fosas clandestinas localizadas
en Santa Lucía, Zapopan, era el de su hermano. Le extrañó que no le hubieran
avisado antes, a pesar de que tanto la desaparición como el hallazgo de los
cuerpos ocurrieron en la misma zona y en la misma época.
No le mostraron
evidencias de lo encontrado ni pudo acceder a información del caso. Sólo supo
que el vehículo de Alfredo había sido localizado en un deshuesadero de carros,
ubicado a quince minutos del predio donde las fosas clandestinas fueron
halladas.
Los restos exhumados en
Santa Lucía fueron trasladados al SEMEFO casi 78 días después de que Alfredo
desapareció, y permanecieron ahí casi dos años, durante el tiempo que Felipe
reclamaba noticias sobre su hermano.
Para las autoridades,
sin embargo, ese cuerpo no había sido reclamado: los restos de Alfredo fueron
incinerados a mediados del 2014.
Cuando Felipe volvió
para exigir el cuerpo se enteró que lo único que quedaba de él era polvo.
La entrega de la bolsa
con cenizas tardó aún más porque la etiqueta de identificación quedó pegada a
otra bolsa y no había plena seguridad de cuál contenía los restos correctos. A
su cuerpo no se le tomó ADN.
Al 90 por ciento de los
cuerpos cremados en Jalisco entre 2006 y 2015 “no se les realizaron previamente
las tomas de ADN, ni se efectuaron las confrontas genéticas para su posterior
identificación”, según el Informe Incineraciones de Cuerpos No Identificados.
Crímenes Sin Justicia, realizado en 2019 por el Centro de Justicia para la Paz
y el Desarrollo (CEPAD).
La información obtenida para este reportaje, por su parte, indica que sólo a 265 de esos 1, 559
cuerpos cremados les practicaron pruebas de ADN antes de destruirlos.
En consecuencia, del
83 por ciento no se tiene información genética que permita realizar futuras
confrontas, ya sea con el banco genético de familiares de personas
desaparecidas del IJCF o con la información que recopilará el próximo Instituto
Nacional Forense.
El experto en identificación de restos calcinados del
Instituto de Genética de la Universidad Mayor de San Andrés en Bolivia, Gonzalo
Taboada, asegura que las temperaturas
que alcanza un horno crematorio reducen al mínimo la posibilidad de rescatar de
ADN. Si acaso llegase a quedar algún fragmento óseo es muy seguro que la
información genética que contiene la médula ósea también haya desaparecido tras
la cremación.
En el caso de Alfredo
Almaraz, la placa dental y las fotografías forenses fueron las pruebas que
permitieron su plena identificación.
Con el registro de incineraciones, sistematizado por este
reportero, se logró saber que aunque el
cuerpo de Alfredo oficialmente fue localizado el 4 de diciembre de 2014, no es
posible tener certeza de cuándo fue incinerado porque la fecha que se colocó en
la bitácora de incineraciones fue “2 de septiembre de 2013”. Pero ese día
Alfredo todavía estaba vivo, ni siquiera había desaparecido.
El análisis del
registro de las incineraciones ordenadas por la Fiscalía y el instituto forense
no sólo es irregular en cuanto al total de cuerpos incinerados –en algunas
solicitudes de información se precisan mil 559 y en otras mil 581–, también en
los datos de cada incineración.
En el 62.8 por ciento
de los casos (980) la fecha del ingreso al SEMEFO es posterior a la fecha de
incineración, en otros 263 es imposible saber cuánto tiempo permaneció el
cuerpo en resguardo antes de ser incinerado porque no existen registros de la
fecha en la que fueron localizados.
De los 116 casos que el
instituto entregó cenizas a familias, como el de Alfredo, 20 de éstos no
cuentan con la edad, causa de muerte y el sitio de localización. Al cuestionar
al IJCF sobre qué otras pruebas tenían para darlos como identificados alegaron
que esa información está en poder de la Fiscalía que, por su parte, se negó a
dar la información alegando que el caso pertenece a una investigación que sigue
abierta.
Anhelos hechos cenizas.
Del demoledor universo
de 1, 559 cuerpos reducidos a polvo cenizo, 1, 421 restos eran de personas del
sexo masculino y 138 correspondían a mujeres. En cuando a la edad, el promedio
era de 44.5 años, la edad estimada de la mayoría de los cuerpos NN, el 15 por
ciento, se encontraba entre los 35 y 39 años. En seis municipios de la Zona
Metropolitana de Guadalajara fueron localizados 602 de los cuerpos que fueron
incinerados (el 38 por ciento), siendo el municipio de Guadalajara el lugar con
mayor incidencia con 317 casos. Sin embargo, para 732 cuerpos (el 47 por
ciento) ni siquiera se cuenta con el registro del lugar donde fueron
localizados.
El tiempo de resguardo
promedio antes de que fueran convertidos en cenizas fue de 25.8 días, considerando únicamente los
registros en los que la fecha de localización de incineración son coherentes. Hubo ocho casos en los que se envió al
incinerador el mismo día de su llegada, como se desprende de la bitácora de
incineraciones sistematizada para esta investigación.
La información sobre
las incineraciones, así como de las versiones públicas de las carpetas
forenses, fueron clasificadas como reservadas por la Fiscalía y el instituto.
El argumento: “(Es) información sensible que podría comprometer la
investigación que actualmente se realiza para esclarecer los crímenes”.
Hasta agosto de 2018 –tras
meses de insistencia– se logró obtener la información de los 1, 559 cuerpos
incinerados.
El IJCF asegura que
entre 2010 y 2015 entregó 116 restos humanos incinerados. Pero el dato es
contradictorio con el que expuso la Fiscalía, que en el mismo periodo de tiempo
dijo haber entregado 373 restos a familiares de desaparecidos. Una diferencia
de 257 cuerpos.
La Fiscalía de Jalisco
dice ignorar cuántos de éstos fueron entregados en cenizas. En febrero de 2019,
a otra solicitud respondió que había entregado hasta esa fecha 140.
El colectivo de
familiares de desaparecidos de Jalisco, Por Amor A Ellxs, ha solicitado en
múltiples ocasiones acceso a los expedientes forenses generados tras las
incineraciones. “Se trata de información reservada”, le responden.
Cuando se supo sobre
las incineraciones, la organización Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos
Jalisco (FUNDEJ) en un comunicado de prensa leído frente a Palacio de Gobierno
el 17 de noviembre de 2015, expresó: “Nos encontramos aterrorizadas pensando que
la siguiente llamada será para recibir cenizas de cuerpos abandonados en la
irresponsabilidad e indolencia de las autoridades y con la duda de si
efectivamente corresponden a los cuerpos de nuestros hijos”.
La evidencia hecha polvo.
El 22 de septiembre de
2015 fue el último día que el horno se encendió para cremar los cuerpos de 20 hombres
a quienes no se les tomó la fecha de ingreso al SEMEFO, su edad y causa de
muerte. Las autoridades los desaparecieron para siempre.
El 19 de enero de 2017,
cuando el tema se había convertido en escándalo, el director del IJCF, Eduardo
Mota Fonseca se presentó en una rueda de prensa convocada por la Fiscalía
General y argumentó: “Las incineraciones que se solicitaron se hicieron
conforme a derecho y con aval de la Fiscalía”.
Mota Fonseca, al igual
que su antecesor Rivas Souza avaló por años que el destino final de los NN
fuera la incineración.
Cada vez que es
cuestionado responde que no se actuó con dolo ni se cometió algún delito. Él
considera que la verdadera prohibición legal entró en vigor el 3 de enero de
2017 (tras la reforma a la Ley de Víctimas): “antes no establecía ni establece
prohibición expresa para la incineración de cuerpos, (la reforma) sólo incluyó
las condicionantes de preservar los restos hasta en tanto no haya una
sentencia”.
El funcionario asegura
también que las incineraciones no impiden la identificación posterior de las
personas fallecidas, ya que cada bolsa de ceniza está vinculada a un número de
averiguación previa y a una carpeta forense.
En una visita guiada
por las instalaciones del SEMEFO, al hablar del resguardo de las cenizas, dijo
al reportero: “Las tenemos trazadas, etiquetadas, en un cuarto, en una especie
de bodega”.
Sin embargo, la
respuesta IJCF/UT/641/2018 obtenida vía transparencia para este reportaje
indica que sólo la tercera parte de los cuerpos NN incinerados, unas 553 bolsas
con cenizas, tiene carpetas forenses completas.
A decir de César Pérez Verónica, director del Centro de
Justicia para la Paz y el Desarrollo (CEPAD), lo hecho por el gobierno de Jalisco constituye un crimen de Estado
porque “implica la participación directa de elementos del Estado en la
desaparición de los cuerpos de las personas”. Su organización presentará este
mes una queja a la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos para que se investigue a los responsables de lo que cataloga como
delito de lesa humanidad, que se hizo de manera “masiva y sistemática”.
Por su parte, el abogado Silvano Cantú, uno de los redactores
de la Ley General de Víctimas, considera
un error justificar las incineraciones con leyes locales. “Sobre ellos ya
pesaba la prohibición (de la ley de víctimas) y ninguna ley local puede
oponerse a lo que marca”, considera.
Lo que ocurrió en la
entidad no ha sido tratado como un delito. Todas las autoridades implicadas en
la destrucción con fuego de los mil 559 cuerpos sin identificar argumentan que
no hicieron nada ilegal.
El propio subsecretario de Derechos Humanos, Migración y
Población, Alejandro Encinas, mencionó
que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) podría iniciar una
querella contra los responsables de la incineración de los cuerpos no
identificados porque –dijo a El Universal el 24 de marzo- lo hicieron “sin
haberse apegado al debido proceso” y a pesar de que “hay una prohibición
expresa para incinerar cualquier cuerpo que no haya sido plenamente esclarecida
las causas de muerte”. Pero ninguna autoridad ha hecho la denuncia ni se ha
iniciado una investigación penal.
El gobierno actual, del Partido Movimiento Ciudadano, anunció que ya no podrán identificarse los
restos incinerados y que el tiempo legal para que los familiares pasen a
recoger los restos se agota.
Ni una sanción
administrativa ha recibido alguno de los funcionarios que decidieron reducir a
cenizas cuerpos NN, que después serían identificados con los nombres de Óscar
Ramírez Reyes, Alfredo Almaraz Rosales u Óscar Antonio López Enamorado, y que
condenaron a la incertidumbre a cientos de familias que buscan a personas
amadas que están desaparecidas.
*Este reportaje fue realizado con el apoyo de las periodistas
Fara González, Fernanda Tapia, Aranza Gallardo, Samantha Vargas y Carolina
Zavala para la elaboración de la base de datos sobre la incineración de cuerpos
de personas no identificadas en Jalisco, entre 2006 y 2015.
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