Salvador Camarena.
No importa el cadáver de un niño en un charco de sangre
–donde también se ahogaron las vidas de doce miembros de su familia en
Minatitlán–, lo que importa es pelear.
Importa decir no jodan, ustedes tuvieron el poder pero no
pudieron con la violencia.
Importa decir éjele, ustedes tienen el poder mas no pueden
con los criminales.
Y ya, proferidas las respectivas sandeces, cada bando se
retira a su coto enrejado, a comer/beber/dormir/soñar satisfechos, en el
autoengaño de que han cumplido con los deberes cívicos.
No importa hacerle un boquete a la Constitución con un
decreto infumable.
Importa decir ustedes traían a la ley máxima de trapeador y
resulta que ahora la quieren de bandera virginal.
Importa aprovechar el papelazo del presidente para activar
las cacerolas digitales y soltar la letanía selodijista de autoritario,
dictador, golpista, populista.
Es un milagro que no estemos peor. Los nubarrones en el
horizonte del país vienen de tiempo atrás. Hablo sólo de los problemas propios,
autogestionados, pero tampoco es nuevo que un entorno adverso luego nos cobra
más de la cuenta. Y a pesar de eso, de que los nuevos y los de antes saben que
los males no se crearon ayer, ni en diciembre o en julio, eso a nadie importa.
Importa ganar la batalla por nombrar las desgracias, aunque las calamidades no
precisan de nombre, porque ya lo tienen, sino de urgentes soluciones.
Así, la realidad no es la realidad. Una masacre no es tal.
Niños o adultos, no son personas las que perdieron la vida. Son carne de cañón.
Carne de cañón no de los criminales, que deberían tener castigo por lo que
hicieron a esas víctimas. Pero quién va a procurar ese castigo si al final la
muerte de esos, y de decenas más que son asesinados cada día, hoy no conmueve a
nadie porque llevamos rato de que los muertos y desaparecidos se han vuelto
cosa utilitaria: sirven a la causa de políticos de uno y otro lado.
Y claro, pasó en un barrio pobre de Minatitlán, no en Las
Lomas o en San Pedro Garza García o en San Javier. Porque pasa que los muertos
y las pérdidas patrimoniales por robos los ponen casi todos las clases bajas y
las medias. Y por eso pasa que la élite, económica y política, no ve ni la
corrupción ni la miseria ni la inoperancia del Estado como una amenaza de vida
o muerte.
Mientras el país colapsa en seguridad y justicia, al tiempo
que la economía se ralentiza, ambos bandos se dedican no a buscar soluciones,
menos a dialogar o a prestarse lo que haga falta para salir de los problemas.
Nada. El deporte nacional es sembrar cizaña, que –sólo por recordarlo– es una
mala hierba cuya harina es venenosa.
Varias de las mejores mentes de diversas generaciones se han
perdido en las redes sociales: creen que dar un sablazo digital es construir
democracia, creen que su histriónico esgrima no destruye democracia, que sólo
alimentan la discordia.
Peor: varias de las mejores mentes de esas generaciones
construyeron un pedestal de followers para sentir que tienen no sólo la razón
sino un busto en la historia. Cuando la historia venga preguntará qué hicieron
además de trinos de histeria calculada o de mañosa retórica exculpatoria.
Incluidos aquellos que ya ejercieron el poder, que si de
verdad tienen conciencia de la gravedad del momento no acatan, ni por un día,
una de las mayores enseñanzas que una posición de responsabilidad eventualmente
deja. Será que a esos, que tan enervados se dicen por la situación, su paso por
sillas de la República ni siquiera les enseñó a actuar con prudencia.
Por lo visto en estos cinco meses, lo que de verdad importa a
los bandos no es lo que pasa, sino ser quienes definen la neta de lo que pasa.
Con esas guerritas verbales se pudre la convivencia. Y en esos infiernitos
quemamos la pólvora que nos hará falta cuando la barbarie criminal, hija de la
corrupción, la miseria y el abuso de los poderosos, nos abrase a todos. Vaya
que esa sí será una transformación.
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