Por Pablo Gómez.
Nadie en el mundo
podría concluir que las caravanas de migrantes centroamericanos con rumbo a la
frontera con Estados Unidos conforman una “emergencia nacional”. Millones de
personas sin visa buscan cada año pasar esa frontera, por lo cual, emergencia
no es.
Tampoco se trata de una
simple maniobra electoral, muy adelantada porque resta más de un año para la
elección presidencial.
El problema consiste en
la lucha política que llevan a cabo en Estados Unidos los grupos más defensistas,
encabezados por el actual presidente con su lema “primero USA” y “hacer grande
a USA”.
Aunque los demócratas
son más reacios al libre comercio con México, Trump ya dio por cerrada esa
negociación y ahora quiere dos cosas: el dinero para terminar y reforzar el
muro fronterizo y la colaboración del gobierno mexicano para detener a
migrantes centroamericanos y para recibir a los solicitantes de asilo que
logran pasar la línea o el río en busca de ingreso legal a Estados Unidos.
Lo que quiere Trump no
puede ser concedido. El Congreso no va a aprobar los fondos requeridos y
seguirá combatiendo la decisión presidencial de apropiarse de otros fondos para
desviarlos hacia el muro fronterizo. México, por su parte, no dará un golpe de
timón en materia migratoria ni firmará un convenio de “tercer país” para
hacerse cargo de los migrantes no mexicanos que pisan territorio estadunidense.
Algo podría, sin
embargo, obtener Donald Trump con sus resoluciones presupuestales y sus
amenazas de “cerrar la frontera” y, ahora, de imponer un arancel extraordinario
de 25% a las importaciones de automotores procedentes de México.
Quizá el mandatario
estadunidense no sabe de cierto lo que pueda obtener al final de sus actuales
confrontaciones, pero sabe que algo tendrá que ser. Que no prosperen, por
ejemplo, los recursos judiciales contra sus inconstitucionales decisiones
presupuestales, por un lado, y que México acepte mayor cantidad de
centroamericanos en su territorio en espera de la resolución sobre su solicitud
de asilo, por el otro.
Es por eso que el tono
sube y baja sólo para volver a subir. Las amenazas de Trump tienden a poner
nerviosos a sus interlocutores. No obstante, la mayoría demócrata en la Cámara
de Representantes y el gobierno de México han aguantado bien las arremetidas
verbales de Trump.
Sin embargo, la Casa
Blanca está probando suerte con medidas administrativas que hacen que algunos
pasos fronterizos se hagan más lentos por falta de suficiente personal. Esta
situación no es ya una declaración delirante, como la del cierre total de la
frontera, sino un acto muy concreto para ir incorporando a otros actores en una
posible escalada de crisis fronteriza. Ahora ya están en el problema
importadores y exportadores de ambos países que pueden presionar a los
diputados en el Capitolio y al gobierno mexicano.
Con un arancel a los
automotores procedentes de México se trataría de provocar una reacción
equivalente y, de esa forma, una escalada, la cual ya no se limitaría al tema
migratorio, sino que sería un problema comercial y, por tanto, industrial.
Hasta el momento, López
Obrador no ha caído en las provocaciones de una parte de la prensa mexicana y
de un segmento de la oposición política que le exigen rechazos verbales a las
amenazas de Trump. Pero las cosas se pondrían un tanto más complicadas si el
presidente de Estados Unidos lleva a cabo una escalada, pero ya no de frases
sino de decisiones administrativas y comerciales tan reales como duras.
Una guerra comercial no
puede ser llevada a cabo por México. Las agresiones que en esta materia puedan ser
emprendidas por Trump no tendrían que provocar respuestas a la medida de parte
de López Obrador, ya que eso sería justamente entrar al juego en el que la Casa
Blanca se sabe ganadora.
Por parte de los
demócratas en el Capitolio tampoco habrá una defensa militante de las
importaciones mexicanas. Por tanto, si Trump convierte sus delirantes amenazas
en actos de agresión comercial, México se va a ver solo, por lo cual se
requeriría la más amplia solidaridad interna, una especie de inmunidad fundada
en la lealtad nacional.
Empezar a pelear internamente sería una fuerte carta de
victoria del gobierno de Trump.
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