Por Diego
Petersen Farah.
Cuando un
jugador está obsesionado apuesta todo a la siguiente carta. El gran dilema del
jugador es saber en qué momento se levanta de la mesa y se hace cargo de sus
pérdidas. Esta es la tercera carta mala que le sale a López Obrador en el
proyecto de la refinería de Dos Bocas: La primera fue la llamada de atención de
los expertos que señalaron que poner una refinería en la cuenca del Golfo de
México, que es donde más refinerías hay en el mundo, no es un buen negocio; el
presidente los desoyó. La segunda fue de su subsecretario de egresos, Arturo
Herrera, quien dijo que lo mejor sería retrasar la construcción de la refinería
e inyectarle dinero a la petrolera mexicana; el Presidente lo contradijo. La
tercera fueron las cuatro empresas internacionales, expertas en construcción de
refinerías, que le dijeron, en la licitación por invitación, que la obra
costaría más de los 160 mil millones de pesos y que requería más tiempo del
programado; el Presidente los desinvitó.
Lo más grave
no es que López Obrador desoiga o ignore las señales de alerta, sino que ha
decidido jugarse el resto de su capital político jugando con un par de doses:
su Secretaria de Energía, Rocío Nalhe y el director de Pemex, Octavio Romero.
Ambos han dado repetidas muestras de su ignorancia en el tema energético. Sus
virtudes en todo caso están en otro lado, principalmente en la lealtad, pero el
trabajo que el Presidente les ha echado sobre sus hombros es de la mayor
especialización y los rebasa ampliamente. No dudo que en México exista la capacidad
técnica para diseñar y construir una refinería, lo que no hay es un empresa
organizada y especializada para hacerlo con eficiencia y eficacia. El riesgo de
hacerlo de manera improvisada es que salga más caro y en mayor tiempo del que
advierten las empresas, no por falta de voluntad o falta de supervisión, sino
de conocimiento. Dicho de otra manera, esto no se revuelve con una visita
presidencial cada mes, sino con experiencia y procesos bien definidos y
probados a lo largo de los años.
López
Obrador se está jugando su sexenio en un proyecto de altísimo riesgo. Dos Bocas
puede comprometer seriamente la viabilidad financiera de Pemex y éste la
calificación de riesgo del país con la cascada de consecuencias que ello tiene
para la economía nacional. Desoír la crítica, sentirse diferente, es uno de los
primeros síntomas del mareo de poder de todos los presidentes, gobernadores y
políticos con poder. A todos, tarde o temprano les cae el balde de agua fría
llamado realidad. Calderón tuvo que echar reversa en un proyecto emblemático de
su sexenio, que era la ampliación de la refinería de Tula y Peña Nieto el suyo,
el tren bala a Querétaro, por incosteable.
Ojalá, por
el bien de todos, que en esta ocasión el Presidente realmente tenga otros
datos, que sepa algo que nadie más sabe, que conozca cuál es la siguiente carta
que le repartirá la suerte, porque de otra manera éste podría ser el punto de
quiebre no sólo del Gobierno sino de la esperanza que millones de mexicanos
depositaron en él.
Por
increíble que parezca, el Peje parece estar dispuesto a morir por Dos Bocas.
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