Salvador
Camarena.
Al arranque
del sexenio, en los primeros días de diciembre, en la Secretaría de la Función
Pública algunos llegaban, otros no veían la hora de irse y otros más negociaban
algún tipo de permanencia.
Como en todo
cambio de administración, los nuevos iban con tiento antes de asegurar a nadie
de los funcionarios sobrevivientes si seguirían o no en su puesto. Pero,
cuentan, se dio el caso de un director que a ojos de la secretaria Irma
Eréndira Sandoval valía la pena que se quedara, al menos por unas semanas en lo
que se daba una transición. Así lo hizo saber pero se topó con una sorpresa.
Tal decisión fue repelida por la oficial mayor de la SFP, Sonia Hernández
Pineda.
Ante la
negativa, la titular de la dependencia insistió en su petición, y la sorpresa
fue doble: Hernández Pineda –a quien se encargó el puesto de Administración y
Finanzas– reiteró sus reservas sobre la petición, no sin antes dejar muy en
claro que a final de cuentas ella no dependía de la secretaria, sino de Raquel
Buenrostro Sánchez, oficial mayor de la Secretaría de Hacienda y Crédito
Público y una de las personas que más poder ha acumulado en la Presidencia de
Andrés Manuel López Obrador, poder que resienten en varios lados.
Buenrostro
Sánchez suma casi diez años de experiencia en la administración pública, cuenta
con una licenciatura en Matemáticas (UNAM) y con maestría en Economía (Colmex),
y se ha convertido en un dique infranqueable dentro y fuera del gobierno.
Y ha concentrado
un poder que lo mismo resienten secretarios de Estado y directores de
dependencias, que proveedores de la administración.
Su mano se
hace sentir incluso más que la del subsecretario de Egresos o que el mismo
secretario de Hacienda.
Un capítulo
que muestra su poder es el memorándum que emitió el 29 de abril, cuando se
dirigió a los “Titulares de las dependencias y entidades de la administración
pública federal” para instruirles que “por instrucciones del Señor Presidente
de la República, toda aquella persona contratada a partir del 1º de diciembre
de 2018 en alguna plaza permanente, eventual o de honorarios en cualquier
delegación y oficina de representación de las dependencias y entidades de la
Administración Pública Federal, deberá ser separada de su encargo el día de la
recepción del presente oficio, en el marco de las disposiciones legales
aplicables”.
El documento
está copiado a López Obrador, “para su superior conocimiento”; al secretario de
Hacienda, Carlos Urzúa; la titular de la Función Pública; los titulares de las
Unidades de Administración y Finanzas o sus equivalentes (oficialía mayor, por
ejemplo), y a los titulares de los órganos internos de control.
Aunque está
por verse si “por instrucciones del Señor Presidente” es un fundamento legal
(ella en su memorándum asienta que además se basa en un oficio de Hacienda del
28 de enero en donde se “reiteró la prohibición” de contratar personal en las
delegaciones), lo cierto es que Buenrostro es vista como un brazo ejecutor de
AMLO que llega a tener más iniciativa de la debida.
El que le ha
dado ese poder, sin embargo, es el Presidente, que lo mismo se ha recargado en
ella para centralizar todas las compras del gobierno que para sortear algunas
crisis, como la del abasto del combustible, en la que Buenrostro fue una de las
tres personas encargadas de comprar pipas en el extranjero.
En el
gobierno se escucha que Buenrostro tiene detenido todo. Que decide lo mismo
pagos que recortes, que lo hace sin cuidar debidamente las líneas de mando y
sin medir las consecuencias que sus instrucciones tendrán en la operación del
gobierno e incluso en la captación de ingresos.
Vaya que
Buenrostro ha tenido un ascenso vertiginoso en la administración pública: de
haber debutado como asesora en Finanzas en Pemex en agosto de 2010, dependencia
en la que ha colaborado en diversas ocasiones además de un breve paso por la
SEP y por Turismo, ahora concentra todo el poder de las compras y de las
contrataciones. No es poco en una administración que quiere distinguirse por
ahorros y eficacia (además de cero corrupción) del gasto.
A ver si no
sucede que de tanto recortar a ese elefante que es la burocracia (AMLO dixit),
y de tanto limitar los gastos –por concentrar las compras o por los retrasos en
las decisiones– Buenrostro no termine por hacer quedar mal a su jefe al
provocar problemas mayores. Por el bien del gobierno, ojalá que no.
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