Por
Francisco Ortiz Pinchetti.
Este viernes
3 de mayo es el Día de la Santa Cruz. La Iglesia Católica celebra el
descubrimiento hecho por Santa Elena, en el año 326, de la supuesta reliquia
del madero en el que según las sagradas escrituras murió Jesús de Nazaret en el
monte Calvario. También es en México el Día del Albañil. Los trabajadores de la
construcción colocan una cruz de palo en lo alto de la obra en que laboran y la
adornan con cintas y flores de papel de china. A veces se celebra una misa. El
patrón se pone con una comilona que incluye tal vez carnitas y chicharrón o
barbacoa, salsa, un chingo de tortillas y a falta de un buen pulque varios
cartones de cerveza.
Ambas
celebraciones tienen estrictamente muy poco en común. Sin embargo, a la fiesta
de los albañiles se le atribuyen razones religiosas sincréticas originadas en
costumbres ancestrales de los pueblos originarios, que en estas fechas rogaban
a sus dioses por buenas aguas para sus siembras. Al dejar el campo por el
proceso paulatino de urbanización trasladaron esas creencias a la nueva
realidad cristiana y adoptaron a la Santa Cruz.
En realidad
los pobres albañiles tienen muy poco que festejar. En el país hay casi dos
millones y medio de personas dedicadas a esa actividad, según la más reciente
Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI (2013). La mayoría es
analfabeta y nueve de cada diez hablan alguna lengua indígena, además del
español. Su situación laboral es deplorable, fruto de una explotación
inmisericorde. E impune.
Ellos
representan un cinco por ciento de la población ocupada en México. La mayoría
son trabajadores asalariados y alrededor del 74 por ciento recibe un pago no
mayor a los tres salarios mínimos mensuales. Es decir, menos de siete mil pesos
en promedio. Nueve de cada 10 no tienen acceso a instituciones de salud como
prestación laboral. De hecho, un 86 por ciento de ellos no tiene ningún tipo de
prestación. Y del 14 por ciento que sí cuenta con alguna, menos de la mitad
tiene acceso a todas las prestaciones laborales establecidas por la Ley.
Del total de
trabajadores en la albañilería que son subordinados y remunerados, sólo 11 de
cada 100 cuenta con un contrato escrito, pues la mayor parte de los albañiles
(88.4 por ciento) son contratados en forma verbal. Asimismo, de los albañiles
que cuentan con un contrato escrito para trabajar, más de la mitad es de tipo temporal
o por obra determinada, sin planta. No se les paga el séptimo día. Los echan en
cualquier momento, sin indemnización alguna. A menudo sufren maltrato físico,
abuso sexual y discriminación, sobre todo los llamados “chalanes” o aprendices.
Da grima
mirarlos –andrajosos, con su mochila a cuestas–, cómo revolotean desesperados
en busca de empleo en torno al capataz que los espera en las salidas del Metro
de las diferentes centrales camioneras de la ciudad, particularmente la del
Norte. “Necesito diez”, dice el contratante “A ver: tú, tú, tú, tú y tú”,
escoge a su arbitrio. “Vámonos”. Y los elegidos se van con él, sin siquiera
pactar el pago. Me ha tocado verlo muchas veces.
Paradójicamente,
además, muchos viven en pocilgas. El porcentaje de viviendas que se encuentran
en situación precaria por los materiales de construcción utilizados resulta
mayor entre los albañiles en comparación con el resto de los trabajadores.
Alrededor de 26 de cada 100, por ejemplo, vive en casas con techo de lámina o
cartón.
Los
albañiles, cuyo promedio de edad es de 37 años, se encuentran entre los
ocupados con mayores índices de accidentes de trabajo, que muy a menudo
significan su muerte. En tanto que el promedio de accidentes laborales a nivel
nacional es de 3.2 por ciento, es decir, de cada cien trabajadores tres sufren
algún percance, los albañiles reportan 42 por ciento de incidentes que les
provocan desde lesiones hasta la pérdida de la vida, según un estudio de
Mariano Noriega Elio, investigador de la Universidad Autónoma de Metropolitana
(UAM).
La mayoría
carece de equipos de protección y de algún adiestramiento. Su existencia se
hace presente en los medios de comunicación sólo cada vez que alguno se mata al
caer del andamio, como ocurrió hace unos días en una construcción de la colonia
Del Valle, en la alcaldía capitalina Benito Juárez.
A su vez,
lejos de protegerlos, supuestos “sindicatos” de trabajadores del ramo los
utilizan para cobrar “cuota” o de plano extorsionar a los constructores, a
cambio de la consabida placa o lámina vil, cuya exhibición en el acceso a la
obra se convierte en requisito indispensable para que se permita la edificación
de que se trata. Esos falsos gremios forman parte de la maraña de intereses
multimillonarios que existe en torno a una actividad que representa el ocho por
ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país, según el Centro de Estudios
Económicos del Sector de la Construcción (CEESCO).
Membretes
como el “Sindicato Nacional de Trabajadores de la Construcción, Terraceros,
Conexos y Similares de México”, el “Sindicato Mexicano de Trabajadores de la
Construcción y con Maquinaria, Similares y Conexos de la República Mexicana”, o
el “Sindicato de Trabajadores Especializados de la Industria de la
Construcción”, entre muchos otros, esquilman no solamente a las inmobiliarias,
sino también a particulares que ocupan albañiles para algún trabajo doméstico.
Su situación
precaria y peligrosa no es un tema en las frecuentes denuncias sobre los abusos
de las empresas inmobiliarias y su complicidad con las autoridades de distintos
niveles. Muchos de ellos tienen trabajo a través de empresas intermediarias
(ourtsourcing), que no se hacen responsables de su seguridad laboral ni física
y a la vez eximen de ella a los empresarios que las contratan.
Hace 56 años
Vicente Leñero describió magistralmente ese mundo sórdido. En Los albañiles
(Ed. Joaquín Mortiz, 1963), una de sus novelas emblemáticas, el inolvidable
narrador, dramaturgo y periodista recrea con notable crudeza la vida de esos
infelices trabajadores a partir del presunto asesinato del anciano velador de
una obra en construcción. Lo inaudito es que la situación de ese gremio esté
prácticamente igual, medio siglo después.
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