Javier Risco.
“Esto es
fruto del trabajo en equipo”, “pagamos caros los errores”, “vendimos cara la
derrota”, “nunca bajamos los brazos”, “el míster lo trabajó durante la semana”,
“el equipo dejó la piel sobre el campo”, “esto es para la gente que siempre
creyó en nosotros”, “cuando perdemos, perdemos todos”, “un partido no apto para
cardíacos”, “el último minuto también tiene 60 segundos”, “¿puedo mandar un
saludo a mi madre?”… Y así, ad infinitum, ad nauseam.
Lugares
comunes y frases hechas. El futbol es pródigo en ello, tanto por parte de los
que juegan como por parte de los que lo narramos e intentamos transformar en
palabras e ideas lo inexplicable que sucede sobre el campo de juego. Lo que ha
pasado esta semana en la Champions generó una verdadera oleada en redes y en
medios, todos tenían los mismos redactores, un montón de cabezas compartiendo
las mismas ideas.
Es que lo
que sucedió se enmarca en todo lo incontrolable que sabemos que es ese
deporte/pasión/opio del pueblo. Fueron dos películas, y no de terror, fueron de
esas películas que te conmueven, de las que sales con ganas de abrazar a la
gente. Fueron semifinales escritas y dirigidas por Ken Loach (absolutely
british), historias en las que los protagonistas son personajes que en cualquier
otra cinta serían reparto, figurantes sin texto, extras.
Los del
Merseyside hicieron una revisión remasterizada de la siempre segura y palomera
David y Goliat, porque ganarle al Barcelona es eso, es pelear con un oso. Sus
héroes salieron de la nada, no estaban en ninguna quiniela, aparecieron y
cambiaron la historia. Aún resuena la frase que dijo Klopp en la previa: “Es
difícil, es una tarea titánica… saldremos a ganar, pero si perdemos será de una
forma maravillosa”.
Los de
Londres tocaron otras teclas para llegar al mismo resultado, fue un concierto
de Lucas Moura con orquesta, y el movimiento de cierre fue espectacular,
conmovedor.
Hoy, que
vuelvo a ver por enésima vez el resumen del Liverpool-Barça y por décima vez la
remontada del Tottenham, creo que el lugar común es el llanto. Lloraron los
ganadores y los perdedores, los niños holandeses y los experimentados
entrenadores, lloraron los hinchas y los dirigentes, nos emocionamos todos.
Lloró Messi
llegando al vestidor, no lo vimos, nos lo contaron, pero podemos imaginarlo. Él
es el mejor, lo hemos visto hacer cosas imposibles, irreales, maravillosas; sin
embargo, también lo hemos visto llorar muchas veces, demasiadas, más de las que
vimos llorar a Maradona, a Pelé y a Cruyff. Hemos sido, nuevamente, testigos de
uno de sus malos días, de esos en los que no le sale nada, como si se le
hubieran acabado los trucos. De esos días en los que su impostor salta a la
cancha y de ese impostor sólo sabemos que es de llanto fácil. El llanto es el
lugar común que comparto con Messi, lo entiendo, o el niño que un día fui lo
entiende, él lloraría también si una semana es la estrella y seis días después
es el culpable de los males del mundo.
Sólo soy un
fanático más de los que ayer y antier llenaron de frases hechas sus perfiles,
pero puedo decir que he visto el futbol cambiar mucho desde que tengo memoria.
Creo que, de
los cuatro equipos semifinalistas, el que mejor jugaba, y por mucho, era el
Barcelona; sin embargo, los otros tres son mejores equipos de futbol, y un
equipo son 22 jugadores con sus 22 corazones, un cuerpo técnico, un estadio,
una ciudad, una ilusión, no dependen de los buenos días porque en Inglaterra
escasean.
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