Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
El 1 de mayo
pasado circuló el Plan Nacional de Desarrollo (PND) enviado por el Presidente
de la República al Congreso de la Unión para cumplir con el mandato
constitucional que data de los tiempos de Miguel de la Madrid, quien al
principio de su Gobierno impulsó las reformas a los artículos 25 y 26 de la
Constitución que instituyeron el Sistema Nacional de Planeación Democrática.
El sentido
supuesto del PND es contar con un instrumento que ordene y le dé un sentido
general a las acciones gubernamentales; un documento que pretende ser un
mecanismo de rendición de cuentas, aunque no exista sanción alguna a su
incumplimiento. Los sucesivos gobiernos, desde hace 36 años, han cumplido con
el requisito, aunque a la hora de las concreciones los objetivos planeados han
acabado casi siempre en entelequias y no precisamente en el sentido
aristotélico del término.
Cualquiera
que haya pasado por algún cargo en la administración pública sabe que los
primeros meses de cualquier gobierno se dedican a la generación de insumos para
el plan y a las consultas que acompaña su elaboración, para inmediatamente
después concentrarse en la construcción del programa sectorial correspondiente.
Miles de cuartillas se han escrito y muchas horas de trabajo se han dedicado
durante las últimas tres décadas y media a la elaboración de estos documentos.
Los ha habido mejores y peores, algunos han usado metodologías bien diseñadas,
mientras otros han sido más descuidados. Ninguno ha sido muy relevante a la
hora de gobernar o de evaluar a los respectivos gobiernos, más allá de
ejercicios académicos.
Sin embargo,
las formas se cuidaban y se hacían esfuerzos por presentar documentos más o
menos coherentes que cumplieran con los criterios elementales de un plan
gubernamental, con objetivos, metas e indicadores evaluables. El plan
presentado por López Obrador, en cambio, es distinto. Como a él no le gusta
toda esa jerga de la planeación, pues le suena neoliberal, entonces envió un
largo discurso pegado a otro documento un tanto más ortodoxo, con brechas
enormes entre uno y otro.
Las primeras
62 páginas del texto enviado al Congreso son el ejemplo más acabado de la
retórica presidencial, con toda su grandilocuencia y cursilería y quedan como
un pegote al resto del texto, al grado de que hay dichos que no tienen
correlato alguno con el cuerpo propiamente programático del plan. Como
plataforma de campaña suena bien, pero carece de cualquier seriedad
instrumental, a pesar de la relevancia política de algunos de sus enunciados.
Un ejemplo
de la falta de correlato entre el documento político y el propiamente programático
es el de la política de drogas. En la parte declarativa se lee:
“5.
Reformular el combate a las drogas. En materia de estupefacientes, la
estrategia prohibicionista es ya insostenible, no solo por la violencia que ha
generado sino por sus malos resultados en materia de salud pública: en la
mayoría de los países en los que ha sido aplicada, esa estrategia no se ha
traducido en una reducción del consumo. Peor aún, el modelo prohibicionista
criminaliza de manera inevitable a los consumidores y reduce sus probabilidades
de reinserción social y rehabilitación. La “guerra contra las drogas” ha
escalado el problema de salud pública que representan las sustancias
actualmente prohibidas hasta convertirlo en una crisis de seguridad pública. La
alternativa es que el Estado renuncie a la pretensión de combatir las
adicciones mediante la prohibición de las sustancias que las generan y se
dedique a mantener bajo control las de quienes ya las padecen mediante un
seguimiento clínico y el suministro de dosis con prescripción para, en un
segundo paso, ofrecerles tratamientos de desintoxicación personalizados y bajo
supervisión médica. La única posibilidad real de reducir los niveles de consumo
de drogas reside en levantar la prohibición de las que actualmente son ilícitas
y reorientar los recursos actualmente destinados a combatir su trasiego y
aplicarlos en programas –masivos, pero personalizados– de reinserción y
desintoxicación. Ello debe procurarse de manera negociada, tanto en la relación
bilateral con Estados Unidos como en el ámbito multilateral, en el seno de la
ONU.”
Se trata de
un párrafo notable. En él se resumen todos los elementos necesarios para una
profunda reforma a la política de drogas y podría ser suscrito por todos
quienes hemos llamado a acabar con el prohibicionismo por su fracaso evidente y
por sus enormes costos sobre los derechos humanos y la salud de los usuarios de
sustancias. Leerlo no puede más que despertar entusiasmo –o rechazo entre los
conservadores que tanto denuesta el presidente–. Sin embargo, en el cuerpo del
documento técnico no hay una sola mención más sobre el tema. Ni una palabra
sobre los instrumentos de política para llevar a cabo el cambio, sobre las
leyes que se tendrían que reformar para materializarlo o sobre la estrategia de
política exterior necesaria para hacerlo digerible en el ámbito internacional.
Bienvenida la declaración, pues ningún otro gobierno en el mundo ha hecho una
crítica tan clara al desastre prohibicionista ni ha planteado las líneas
generales para superarlo, pero ¿cuáles serán los programas concretos que
enuncia? Se supone que el PND es el lugar para exponerlos. Ni una palabra al
respecto.
La historia
de la planeación en México no ha sido especialmente afortunada. En general, ha
sido una historia de simulaciones; de ahí que tampoco valga la pena desgarrarse
las vestiduras por lo que ahora ha presentado López Obrador. Solo baste decir
que en este tema tampoco estamos ante transformación alguna.
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