Martí Batres.
En unos días
se cumplirá un año de la histórica victoria del movimiento de transformación
del país. El balance se convierte por ello en un ejercicio obligado.
Para empezar,
se tiene que tomar en cuenta que el cambio político alcanzó no sólo al Poder
Ejecutivo, sino también al Poder Legislativo. Desde ambas esferas debe
realizarse el análisis.
En el caso
del Poder Legislativo, ya es posible hablar de un cambio radical. No es que la
transformación de este Poder haya concluido. Antes bien, apenas empezó y los
pendientes son muchos. Sin embargo, la conducta y decisiones del Poder
Legislativo en este primer tramo ya evidencian un giro de 180 grados.
La Cámara de
Diputados le dio fin a la partida presupuestal que daba lugar a los llamados
“moches”. El Senado de la República por vez primera en la historia reciente
disminuyó su Presupuesto en vez de aumentarlo.
En ambas
Cámaras se cancelaron enormes privilegios de funcionarios, senadores y
diputados, como los seguros de gastos médicos mayores, los bonos, los
sobresueldos, los vales y muchos otros.
Y se ha
adoptado una mística de trabajo inédita. Prácticamente no ha parado el Congreso
desde que empezó la actual legislatura el 1 de septiembre del año pasado.
Comenzó con el primer período de sesiones, luego vino un período
extraordinario, después el segundo período ordinario, más tarde otro
extraordinario, recientemente un extraordinario más y todavía hay una sesión
extraordinaria convocada para el primero de julio. Nada más el Senado de la
República ha trabajado en sesiones plenarias el doble de horas que la
legislatura pasada en el mismo lapso. Y ya se habla hasta de instituir un
tercer período ordinario de sesiones.
En sus
formas de trabajo el Senado ha incorporado la reunión de su Mesa Directiva con
presidencias de comisiones; la reunión (inédita) de su Mesa Directiva con las
presidencias de los Congresos Locales y variados parlamentos abiertos.
Lo más
significativo, no obstante, se encuentra en el contenido de las decisiones. Se
acabaron las reformas neoliberales. Por primera vez, desde hace 39 años,
tenemos un Congreso que no aprueba reformas para privatizar las riquezas
nacionales, para bajar el sueldo a los trabajadores, para quitar derechos
sociales a la gente, para aumentar impuestos al pueblo y reducirlos al gran
capital, para ceder poder soberano a los grandes centros financieros mundiales.
Nada de eso. Se acabaron las reformas neoliberales.
En este
lapso se han aprobado reformas profundas en tres grandes rubros: 1) austeridad
y abolición de privilegios; 2) seguridad ciudadana y 3) Igualdad y bienestar
social.
Se reformó
la Constitución para crear la Guardia Nacional, para convertir en delitos
graves la corrupción, el robo de combustible, el fraude electoral, el
feminicidio y la desaparición forzada, entre otros, y para utilizar la figura
de extinción de dominio en el caso de bienes adquiridos a través de la
corrupción.
Se aprobó la
Ley de Remuneraciones de los Servidores Públicos para reglamentar el principio
de que ningún servidor público puede ganar más que el Presidente. Está en
proceso de aprobación la minuta para que el Presidente de la República pueda
ser juzgado también por hechos de corrupción y delitos electorales. Se reformó
la Ley para desaparecer el Estado Mayor Presidencial.
Asimismo, el
Congreso cumplió el compromiso de derogar la reforma educativa punitiva del
sexenio pasado. En cambio aprobó una para establecer un sistema de mejora
continua del magisterio y el principio de gratuidad y universalidad de la
educación superior. También se aprobó la primera reforma laboral progresiva en
décadas, que en lugar de quitar derechos a la clase trabajadora los incrementa,
especialmente en las materias de justicia, contratación colectiva y democracia
sindical.
No olvidemos
la histórica reforma de paridad de género en todos los órganos del Estado.
A un año del
1 de julio, se vale discrepar, pero no se puede negar que la transformación
avanza.
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