Salvador
Camarena.
Les voy a
contar una historia de esas que caben en la categoría de “vueltas que da la
vida”. Para empezar, por favor encuentren la diferencia sustancial entre estas
dos aseveraciones sobre las ventajas de que sea el pueblo el que haga las obras
públicas:
a) “No hemos
tenido ningún problema de desvío de recursos, porque son autoridades honestas.
No es la licitación, el contratista, el soborno, el moche, la irresponsabilidad
de las empresas, la mala calidad de la obra. (…) Por eso se decide entregarles
los fondos de manera directa. (…) Esto es gobernar con la gente, que la gente
nos ayude para avanzar; porque además de la corrupción cuando el dinero pasa
por muchas oficinas se tarda mucho en que se puedan llevar a cabo las obras,
porque es un enjambre burocrático. (…) Así como estamos haciendo los caminos,
así va a iniciar un programa de construcción, mejoramiento de aulas,
conservación de escuelas”.
b) “Cuando
se contratan constructoras, las obras no quedan bien. En cambio, con
Solidaridad como es por administración y participación de la propia comunidad,
las obras sí se terminan, y bien… Hemos cambiado de mentalidad. Ahora la
comunidad está dispuesta a cooperar, porque las obras, como la rehabilitación
de la escuela, ya son un hecho. Vamos a seguir funcionando en el comité, porque
necesitamos mantenerla bien. La idea que tenemos es servir al pueblo”.
Entre ambos
párrafos median 26 años. El primero es del presidente Andrés Manuel López
Obrador, y lo pronunció el lunes. El segundo viene incluido en las memorias del
expresidente Carlos Salinas de Gortari, y lo dijo en julio de 1993 el
chiapaneco Miguel Ángel Martínez Ramiro al agradecer al gobierno la ayuda
directa.
A pesar de
la distancia, temporal e ideológica por parte de esos políticos, esas líneas
comparten algo esencial: la idea de que es funcional, y que por tanto hay que
estimular, que las comunidades hagan sus propias obras. Algo tendrá de cierto
que dos personas tan enfrentadas lo sostienen.
En “México.
Un paso difícil a la modernidad” (Plaza & Janés, 2000), Salinas habla
maravillas de su programa Escuela Digna, parte del esquema de Solidaridad. Ahí,
junto al testimonio ya referido, el expresidente asegura que de las 120,000
escuelas que había en 1988 en el país, “mediante la amplia movilización de padres
de familia y maestros, auspiciados por el programa Solidaridad para una Escuela
Digna, habilitamos y dignificamos a 119,706 escuelas”. O sea, todas
prácticamente.
En cuanto a
construcción de instalaciones educativas, y a partir del mismo esquema padres-maestros,
Solidaridad habría ayudado, siempre según CSG, a construir 81,350 aulas,
laboratorios, talleres y anexos.
Ahora, el
presidente López Obrador pretende que sean 300 mil comités escolares –que
deberán formarse– los que reciban fondos de la Tesorería de la Federación para
la construcción y conservación de las escuelas. Es decir, de alguna manera
alguien podría decir que lo que propone el actual mandatario se parece a lo que
vimos entre 1988-1994.
Un
observador de aquel proceso me hizo ver que, sin embargo, durante el sexenio de
Salinas no se desapareció al CAPFCE (Comité Administrador del Programa Federal
de Construcción de Escuelas), encargado de hacer nuevas escuelas, cosa que por
el contrario anunció, con todas sus letras, López Obrador el pasado fin de
semana: “Ya no va a haber dependencias, como había antes, que el Capfce o la
institución que sustituyó al Capfce (INIFED, Instituto Nacional de la
Infraestructura Física Educativa), construyendo escuelas. Se va a entregar el
apoyo de manera directa a cada escuela para que nos ayuden, maestros y padres
de familia, y se mejore la situación de los planteles escolares”.
Solidaridad
fue acusado de pretender crear “células de una nueva organización, pensada para
conformar nuevas bases de legitimidad al sistema de gobierno”.
El actual
gobierno ha despertado suspicacias con su manera de dejar de lado a las
instituciones y querer constituir nuevas formas de reparto de recursos, lo que
coquetea con el clientelismo.
En su
carrera política, López Obrador ha hecho de Salinas de Gortari su mayor
antagonista. Pero en una de esas se parecen más de lo que ambos estarían
dispuestos a aceptar. ¿Vueltas que da la vida?
Ahora sólo
falta que alguien se haga cargo de eso que ya se dijo aquí también, que la
autoconstrucción tendrá sus virtudes, pero también representa retos: la mayor
destrucción en escuelas por los terremotos de 2017 se dio en planteles
autoconstruidos.
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