En medio de
una de las crisis más agudas de su historia, el Partido Revolucionario Institucional
(PRI), por décadas llamado “el partido de Estado”, se apresta a renovar su
dirigencia nacional. Pero tal parece que las experiencias amargas ni las
derrotas electorales han encaminado a sus representantes por el sendero del
aprendizaje.
En la rebatinga
por el poder, los priistas son los mismos de siempre: actúan como si el
partido y el poder fuera un botín que sólo debe ser repartido entre unos
cuantos. Nada ha permeado a la consciencia de los priistas: una cosa es su
discurso y, a una distancia sideral, están los hechos. Ahora una cauda de
políticos, como verdaderos capos en guerra, se disputan el poder en el PRI.
En
septiembre próximo, el PRI tendrá nuevo dirigente nacional. En la lista de
aspirantes se incluyen a personajes marcados por escándalos: José Narro, ex
rector de la UNAM y ex Secretario de Salud; Ulises Ruiz, ex Gobernador de
Oaxaca; Ivonne Ortega, ex Gobernadora de Yucatán, y Alejandro Moreno, actual
mandatario de Campeche.
Este
último parece que toma la delantera, con el respaldo de la cúpula priista, del
ex Presidente Enrique Peña Nieto y del grupo Atlacomulco que, recientemente,
efectuó una reunión en el Estado de México con once gobernadores que cerraron
filas en favor de Alito, como le llaman al mandatario campechano.
Este paso
hacia adelante, con la anuencia de Carlos Salinas, Peña Nieto y otros
prominentes hombres que confirman la cúpula priista puso más que nerviosos al
resto de los aspirantes, quienes de igual forma cerraron filas, aunque con
menos coro, para crear un frente común que impida “el dedazo” en favor de
Alejandro Moreno, quien tan seguro está de ser el próximo líder del PRI que ya
solicitó licencia para dejar la gubernatura de su estado.
José Narro,
Ulises Ruiz e Ivonne Ortega –unidos por una causa democrática, según aducen–
pugnan por un juego abierto, por la transparencia y porque sean los propios
militantes los que elijan a su próximo dirigente. Ellos acusan a Claudia
Ruiz Massiue –sobrina de Carlos Salinas– de manipular el proceso interno y de
jugar a favor de Moreno. Por ello priva el enojo y no sólo eso: estas prácticas
sucias y antidemocráticas -dicen los quejosos– pueden romper la poquita unidad
que, según ellos, aún existe en el PRI. Sin embargo, todo indica que ya
hay división.
Las quejas y
cuestionamientos surgieron a dos días de que el Comité Ejecutivo Nacional del
PRI lance la convocatoria para elegir a su nuevo presidente.
En una carta
abierta José Narro demandó que haya certeza de contar con reglas justas,
equitativas y con jueces neutrales que eviten prácticas indebidas. Y añade: “No
vaya a ser que se provoque un problema adicional a los que debemos resolver y
que pronto tengamos una crisis producto de nuestra incapacidad para escuchar
las razones de la realidad. No sea que caigamos en el error de legalizar la
trampa y el acarreo…”
Pero lo que
Narro cuestiona y señala como algo que podría pasar en realidad ya está
ocurriendo: El ex rector de la UNAM acusa, por otro lado, a la Comisión de
Procesos Internos de actuar de manera parcial, ya que incumplió con varios
acuerdos y ahora pretende incorporar a 654 mil personas como nuevos militantes,
de los cuales 488 mil de ellos –el 75 por ciento– provienen de los estados de
Coahuila, Ciudad de México, Campeche, Oaxaca y Michoacán.
A esto Narro
lo llama “una mascarada” cuyo fin –dice– es imponer a Alejandro Moreno al
frente de la dirigencia. Y con un tono vehemente, exigió: “Los priistas no
debemos permitirlo. El Comité Ejecutivo Nacional y quienes lo han apoyado son
responsables de lo que suceda. El PRI enfrenta el riesgo de convertirse en un
satélite del partido del Gobierno, en un partido testimonial o marginal. Existe
el temor fundado de que, si no se hacen los cambios que se requieren, incluso
pueda desaparecer. La esencia y la existencia del PRI están amenazadas”.
Ulises Ruiz,
ex Gobernador de Oaxaca y uno de los que más ha trabajado por alcanzar la
dirigencia del PRI, dice que la convocatoria que este sábado publicará el PRI
para la renovación de su dirigencia está amañada y es claro que favorece a
Alejandro Moreno.
Ruiz impulsa
al interior del PRI una corriente democrática, hasta ahora sin mucho éxito. El
ex Gobernador oaxaqueño sostiene que en lugar de que los priistas pasen a la
historia como los impulsores de una verdadera renovación, con su entrega a los
caprichos de Enrique Peña Nieto terminarán sepultados y sin salvación.
Al igual que
José Narro, Ruiz hizo pública una carta en la que también cuestionó el proceder
de Claudia Ruiz Massieu, la actual dirigente priista, al afirmar que confiaron
en su proceder transparente, pero ahora en los hechos demuestra lo contrario:
Afirma que existe un padrón impreciso que permite deducir que se pretenden
incluir cientos de miles de afiliaciones hechas a modo, utilizando recursos
públicos en muchos casos, lo que ha motivado incluso denuncias ante la Fiscalía
Especializada en Delitos Electorales, abultando los registros a partir de
padrones de beneficiarios de programas sociales estatales en estados como
Campeche, Oaxaca y Coahuila.
Y es que,
según Ulises Ruiz, el hecho de incorporar a miles de nuevos afiliados, a través
de las prácticas desaseadas de siempre, desajusta la balanza y ésta se inclina
en favor de Alejandro Moreno, de quien afirma que no tiene presencia en el país
y que por ello teme perder la contienda interna. En los mismos términos se
expresó Ivonne Ortega, ex Gobernadora de Yucatán, aspirante a dirigir al PRI.
Todo lo
anterior explica, sin lugar a dudas, que el PRI no aprende de sus errores y que
quizá sean necesarias mayores sacudidas para que por primera vez sus militantes
puedan efectuar un proceso de elección de su dirigente de manera transparente.
Si esto ocurre en el PRI, ya ni pensar en lo que ocurre en las gubernaturas que
aún mantiene ese partido.
Sin embargo,
el pasado siempre los alcanza y pesa como una losa: La justicia ni siquiera
resuelve los casos de los exgobernadores procesados por narcotráfico y
corrupción –escándalos mediáticos que todavía sacuden al PRI– y en su proceso
interno echan mano de los mismos vicios que ahora permiten que se les vea como
un partido que se bate entre su propia historia de corrupción, desaseo y
antidemocracia.
Parece que
la dura experiencia no ha dejado ninguna enseñanza:
De nada
sirvió que Mario Villanueva Madrid, ex Gobernador de Quintana Roo, haya pasado
más de dos décadas preso en México y Estados Unidos por cargos de narcotráfico
y lavado de dinero. Este personaje fue el primer ex Gobernador encarcelado
porque se le acusó de estar coludido con el Cártel de Juárez. Se afirma que su
desgracia derivó de un pleito con Ernesto Zedillo porque Villanueva se negó a
beneficiar a sus hermanos con obra pública. Después de la ruptura vino la
venganza y Villanueva tuvo que huir del país. Ni a la toma de posesión se
presentó. Se refugió en Belice, primero, y en Cuba, después, antes de ser
detenido.
Tampoco
ha calado hondo entre los priistas la caída de Tomás Yarrington, ex Gobernador
de Tamaulipas, ahora enjuiciado en Estados Unidos por tráfico de drogas,
protección al narcotráfico y enriquecimiento inexplicable. Este hombre que
saltó a las ligas criminales, emergió del PRI. Yarrington creó una red de
prestanombres que se adjudicaron decenas de propiedades suyas –ranchos y
mansiones en México y Estados Unidos– y que sirvieron de enlaces con el narcotráfico,
pues a través de ellos recibía los pagos millonarios a cambio de protección.
Tampoco
sirvió que Eugenio Hernández, otro ex Gobernador Tamaulipeco, haya sido
encarcelado por delitos similares a los que hundieron a Yarringon: Protección
al cártel de “Los Zetas” y al tráfico de drogas y de lavado de dinero sucio.
Priista de pura cepa, Eugenio hoy está preso en una cárcel de Tamaulipas y
probablemente sea extraditado a Estados Unidos, donde una Corte federal lo
reclama.
Tampoco
significó ningún aprendizaje la experiencia traumática suscitada tras el
encarcelamiento de Roberto Borge, ex Gobernador de Quintana Roo, acusado de
todo: de robarse el presupuesto para adquirir buques y hoteles de lujo; de
cocainómano y golpeador de periodistas, de tráfico de influencias y de vender
el territorio quintanarroense al mejor postor: ahí están las miles de hectáreas
de alta plusvalía que vendió hasta en un peso el metro cuadrado y cuyos
beneficiados fueron sus amigos, socios y compadres que, posteriormente, se enriquecieron
con préstamos bancarios multimillonarios porque los terrenos valían una fortuna
por estar ubicados frente al Caribe mexicano.
Nadie
parece acordarse en el PRI lo fatídico que resultó la huida y fin de Xavier
Duarte de Ochoa, el ex Gobernador de Veracruz, quien enloqueció en el poder
junto con su esposa, Karime Macías. Duarte, según dijo en una ocasión el
entonces Presidente Enrique Peña Nieto –y lo dijo a boca llena– representaba al
nuevo PRI y en esa nueva generación incluyó al ex mandatario de Quintana Roo, preso todavía, y
a César Duarte, el ex Gobernador de Chihuahua, prófugo de la justicia.
Convertido
en fugitivo –aunque todo el mundo sabe que vive sin penurias en Texas– César
Duarte es otro caso que le debe doler a los priistas más allá de la piel, pero
no es así: símbolo de la corrupción, Duarte fue una pieza clave del esquema de
saqueo económico en varios estados para el financiamiento de las campañas del
PRI. La justicia, se asegura, lo busca, pero al mismo tiempo ruega no
encontrarlo.
Otro
símbolo del nuevo PRI que terminó en prisión y sigue sujeto a proceso judicial
es Rodrigo Medina, ex Gobernador de Nuevo León. El ex mandatario logró salir de
prisión, pero sigue un juicio en su contra por mal uso de dinero público al
otorgar unos tres mil millones de pesos a la armadora KIA Motors que, según la
acusación, fueron desviados del erario público.
Ejemplo
de la corrupción institucional es el caso de Roberto Sandoval, ex Gobernador de
Nayarit, otro de los rostros jóvenes del PRI que terminó favoreciendo al crimen
organizado, en particular al Cártel Jalisco Nueva Generación, quien ahora es
investigado en Estados Unidos por su escandaloso enriquecimiento. De haber sido
un Alcalde de clase media en Tepic, Nayarit, pasó a la opulencia, según él,
criando caballos. Pero la historia real sostiene que se metió a brindar
protección al narco por eso se catapultó como uno de los hombres más ricos de
México.
El ex
mandatario recientemente gestionó un amparo para descongelar sus cuentas
bancarias, pero en su contra pesa una acusación por enriquecimiento como
consecuencia de favorecer al narcotráfico abierta en Estados Unidos, donde
también están implicados varios ex colaboradores suyos que son reclamados por
la justicia estadunidense.
De nada han
servido estas experiencias.
Los
hombres del PRI siguen con las mismas prácticas y el respecto a la legalidad no
existe ni entre ellos mismos.
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