Jorge Javier
Romero Vadillo.
En la mira
de la ola destructiva que ha puesto ya en riesgo al endeble entramado
institucional construido a duras penas y no sin contradicciones para tener un
Estado profesional, sin concentraciones omnímodas de poder, se encuentra ahora
el sistema electoral. En la sarta de disparates lanzada por el inefable
Diputado Pablo Gómez en días pasados se vislumbran serias amenazas al aparato
armado durante las últimas tres décadas, el cual, mal que bien, ha permitido
que, después de casi dos siglos de vida independiente, durante los cuales las
elecciones fueron meros simulacros, por fin durante los últimos veinte años
hayamos tenido comicios confiables, que han producido alternancias en casi
todos los rincones del país, han generado legislaturas plurales y que allanaron
el camino, no sin sobresaltos y jaloneos, incluso con fuertes deslealtades
institucionales, para que la actual coalición de poder se hiciera con el
control de la Presidencia de la República y del Legislativo federal.
Visto desde
una perspectiva histórica, el proceso de construcción del andamiaje electoral
que comenzó en 1990 con la creación del Instituto Federal Electoral como un
cuerpo técnico, profesional especializado, ha sido uno de los grandes hitos de
la construcción estatal mexicana. La profesionalización de la función
electoral, como recordaba hace unos días en una entrevista el Consejero
electoral Ciro Murayama, fue la base sobre la que se cimentó unos años después,
en 1996, la autonomía constitucional que finalmente garantizó la imparcialidad
electoral en un país donde el fraude y la simulación habían sido la norma
histórica desde la primera elección de la vida independiente, la del malhadado
Congreso que proclamó emperador a Iturbide.
La
superchería electoral fue la norma institucionalizada desde la República
Restaurada, cuando el prócer Juárez la utilizó para conseguir legislaturas
disciplinadas y gobernadores dóciles. Porfirio Díaz perfeccionó el método, pero
fue durante la época clásica del régimen del PRI cuando la ficción aceptada de
elecciones que se realizaban puntualmente, pero que todo el mundo sabía que
eran mero simulacro, alcanzó su cima. Desmontar esa trayectoria institucional
tan arraigada implicó oleadas sucesivas de movilización ciudadana, tanto en los
ámbitos locales como en el nacional. La conquista final del sufragio efectivo
se dio, en buena medida, gracias a los sectores de la izquierda que abandonaron
sus fantasías maximalistas para adoptar el arduo camino de las negociaciones y
los acuerdos, los cuales finalmente condujeron a la construcción de un conjunto
de reglas, tal vez abigarradas pero eficaces, para eliminar la discrecionalidad
con la que, desde el poder ejecutivo, se manejaban los procesos comiciales.
Por eso
resulta repelente que sea Pablo Gómez el vocero del proyecto de
desmantelamiento de la estructura profesional garante de la imparcialidad
electoral. El veterano Diputado Gómez conoce como nadie lo difícil que fue el
tránsito a un sistema electoral imparcial y con certidumbres, pues fue testigo
de primera mano de la manera en la que una estructura electoral montada cada
tres años se ponía al servicio del poder en turno para garantizar su
continuidad. Ahora es precisamente eso lo que propone: desmontar el cuerpo
profesional que en todo el país organiza desde hace tres décadas los comicios.
Con un razonamiento simplón no extraño en él, Gómez propone que, para ahorrar,
la estructura de organización de los comicios se monte y se desmonte, como
carpa de circo, cada tres años.
En efecto,
en la mayoría de las democracias avanzadas no existen estructuras electorales
permanentes. De ahí que la idea le resulte llamativa a muchos. Lo que omite el
Diputado Gómez e ignoran quienes han salido a festejar sus ocurrencias, es que
en las democracias avanzadas existe algo que está ausente en nuestro país: una
burocracia profesional y relativamente neutra respecto a la competencia
política. Si en Gran Bretaña o Francia las elecciones se pueden llevar a cabo
sin costosas estructuras permanentes para organizarlas es porque los empleados
públicos pueden hacer la tarea sin suspicacias, pues cada uno de ellos obtuvo
su puesto por un concurso de oposición, no se lo debe al Gobierno en turno y no
necesita congraciarse con sus intereses electorales para conservar su empleo.
De ahí que puedan ser los maestros o los empleados municipales los encargados
de poner las casillas y contar los votos.
Durante los
tiempos de la Comisión Federal Electoral, que existió desde la ley electoral de
1946 hasta la creación del IFE en 1990, también en México eran los maestros
(del SNTE) o los burócratas (de la FTSE) los encargados temporales de que se
hicieran las elecciones. No se necesita ser demasiado suspicaz para entender
por qué siempre acababa ganando el PRI. Hoy aún el empleo público se reparte
entre los leales y los validos; en México no existe algo que propiamente se
pueda llamar una burocracia profesional políticamente neutra y ya sabemos cómo
operan las redes corporativas de disciplina entre el magisterio o los empleados
de base de las administraciones públicas. ¿Cuánto tardarían los organizadores
electorales contratados temporalmente en poner su tarea al servicio de quienes
les puedan garantizar un empleo estable? Porque si la tarea la hicieren los
empleados ya en funciones, que les deben la chamba a los cargos electos, el
sesgo estaría dado de antemano.
La
profesionalización y la permanencia de la función electoral es la base de la
imparcialidad electoral. Es un asunto de incentivos racionales, no de
arcángeles encarnados. En otras ocasiones he escrito sobre como la
proliferación de órganos constitucionales autónomos en nuestro régimen
constitucional ha sido el reflejo del éxito del IFE, ahora INE, como espacio de
profesionalización de la función pública: en un entorno dominado por el
clientelismo, donde los incentivos principales de los funcionarios públicos son
resultado de la lealtad y la disciplina política, los autónomos son remansos de
profesionalización y neutralidad relativa.
Las
ocurrencias de Gómez no paran ahí, pues también ha propuesto continuar con el
proceso de centralización electoral, en detrimento del federalismo, pero eso
merece otro análisis. Lo principal es que la nostalgia del legislador de Morena
por unos procesos electorales controlados por el El ejecutivo parece mostrar
que el antiguo comunista nunca renunció a la idea de que la democracia burguesa
no servía más que como un instrumento para la conquista del poder y que una vez
en él habría que deshacerse de ella.
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