Gustavo De
la Rosa.
QUINTA
ENTREGA.
En octubre
de 2011 iniciamos el grupo piloto de EMMA y pronto advertimos que el centro
comunitario del DIF en Anapra se convirtió en un polo de atracción para jóvenes
que salían de las sombras y buscaban una nueva oportunidad en la vida.
Empezamos con 17 jóvenes y la integración del grupo fue el primer reto; todos
venían de diferentes sitios y eran muy desconfiados, pues estábamos en el
momento de mayor violencia criminal en la ciudad.
Un joven,
Gustavo, al participar en las pláticas de integración (que estaban diseñadas
como una especie de juego para que los jóvenes se presentaran al pasarse entre
sí una bola de estambre) nos sorprendió a todos al declarar que “sólo espero no
ser asesinado la próxima semana”, que no veía otro futuro y esperaba que no
sucediera, sólo eso. Así fue el primer mes, prácticamente integrándolos como un
grupo, y forjando lealtad y confianza entre ellos.
Cuando
platicamos los posibles resultados del programa con el profesor de Secundaria
abierta, nos impactó que estimara que 40 por ciento de los participantes lo
concluirían, ya que esas eran las tasas de certificación de secundaria, al
contrastar los inscritos con los certificados. El psicólogo se llenó de
terapias individuales, presentadas como “charlas en confianza” para quitarles
la carga negativa de la palabra terapia, y fuimos confirmando que primero
debíamos abordar la individualidad de los jóvenes y apoyarlos en la
construcción de su identidad al mismo tiempo que arrancaba la capacitación en
Derechos Humanos y lo académico.
Entre los
meses de otoño y hasta llegar al día en que saldrían de vacaciones de navidad,
que celebramos con una buena posada, se consolidó el grupo y todos se veían
entusiasmados por las dinámicas utilizadas por Mario, el psicólogo y por Dora,
la directora del programa; pero cuando ella nos informó que el periodo
vacacional abarcaría hasta el día 6 de enero, caímos en una especie de
depresión colectiva, convencidos de que todo lo que se había trabajado para
estimularlos y agruparlos se iba a perder con un periodo vacacional tan largo.
Nos parecía imposible que se hubiera sembrado en tan poco tiempo el entusiasmo
por estudiar y salir adelante, y dudábamos que regresaran.
Llegó el
primer día de clases y Dora se reportó, al filo de las tres de la tarde, a la
oficina de Derechos Humanos que teníamos instalada en el interior del edificio
de la Fiscalía Norte de Chihuahua, eufórica; no sólo habían regresado todos los
inscritos, sino que trajeron nuevos alumnos. Así fue que, para el 15 de enero
de 2012, ya teníamos los primeros 28 usuarios del programa.
Los
patrocinadores también se animaron y empezamos una serie de pláticas semanales
en las que algunos de ellos contaban a los jóvenes cómo habían superado los
obstáculos de su vida; aunque era claro que el contexto en el que crecieron los
patrocinadores era el polo opuesto del de los jóvenes, los obstáculos a esa
edad, entre los 12 y 17 años, se ven enormes y se debe tomar valor para
superarlos. Aunque no se puede simplificar, en el nivel de pérdida personal era
tan dolorosa la separación de los padres entre los ciudadanos con gran
patrimonio, como lo era la dificultad económica de los jóvenes del poniente.
Ciudad
Juárez está dividida en dos grandes zonas, según la riqueza de los moradores;
en el poniente viven los trabajadores y las personas más pobres de la ciudad, y
en el nororiente las personas más ricas; Anapra está ubicada en el extremo
poniente de la mancha urbana. Cuando hicimos un censo participativo en la zona
encontramos que casi 20 por ciento de las familias que vivían allí estaban
dentro de los índices de pobreza extrema, con menos de un salario mínimo de
ingresos, y algunos de nuestros discípulos venían de ellas; estos eran jóvenes
que llegaban, sin haber cenado la noche anterior y sin haber desayunado ese
día, a la escuela que entonces designábamos como Escuela de Derechos Humanos.
Ellos se identificaban a sí mismos como “miembros activos”.
Considerando
que era de importancia que cada uno tuviera objetivos claros, pedimos que cada
uno escribiera, de la manera más amplia posible, su nuevo proyecto de vida, y
para marzo sus aspiraciones no sólo eran terminar la Secundaria, sino que al
menos 20 de ellos se planteaban estudiar la Preparatoria o una carrera técnica.
En aquellas
fechas, la oficina de la Alta Comisión de los Derechos Humanos en México, lanzó
la iniciativa Declárate Defensor de los Derechos Humanos, y preparamos una
ceremonia especial para que los jóvenes hicieran su declaración formal. Nos
impactó el sentido que le dio a su vida esta ceremonia, que se celebró en abril
y con mucha formalidad en un gran salón de recepciones del oriente, el más
importante de la ciudad sólo usado para las ceremonias sociales más relevantes:
el salón Cibeles. Algunos jóvenes ni siquiera conocían esta parte de la ciudad,
menos el salón, y verse ahí les inyectó más ánimo y entusiasmo por salir de su
pobreza y de los límites del barrio.
Este
programa era muy cercano a la Mesa de Seguridad, que entonces jugaba un papel
fundamental en la contención de la violencia en la ciudad y estaba actuando de
manera conjunta con las instituciones de Seguridad Publica; esa cercanía
permitió que los jóvenes, después de que superaran la etapa de maduración
comunitaria y fuera momento de conocer la vida institucional, circularan por
las oficinas de la Policía Federal, trabajaran comunitariamente junto con el
Ejército, visitaran la Fiscalía y la PGR, y que fueran atendidos por los
titulares de estas mismas dependencias. Todavía celebran entre ellos las peleas
de box entre jóvenes y policías que realizaron en una de las visitas.
Cuando llegó
el fin del año lectivo revisamos con el maestro el grado de avance de los
alumnos en relación con los módulos de Secundaria Abierta y fue impresionante
encontrar que, para finales de junio, el 100
por ciento de los jóvenes habían aprobado y tenía la capacidad para
certificarse; no habíamos tenido una sola deserción.
La
graduación se celebró por todo lo alto, con representación de las dependencias
estatales y federales establecidas en Ciudad Juárez; la administradora de
Cibeles nos volvió a facilitar las instalaciones y los jóvenes recibieron su
diploma con orgullo y sus mejores galas, en algunos casos fue hasta entonces
que conocimos a algunos de sus padres; este era un síntoma frecuente entre los
estudiantes, sus padres estaban tan ocupados en las tareas de sobrevivencia
familiar, que no le daban importancia los esfuerzos que hacia su hijo para
terminar secundaria.
Después de
esto tuvimos que prepararnos para la inscripción de los jóvenes en Preparatoria
o en educación técnica que instrumentó el Cecati, y para septiembre de 2012 ya
teníamos inscritos en preparatoria a 12 alumnos y 10 en su carrera técnica.
Habíamos logrado terminar con el programa piloto y la primera generación de
EMMA.
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