Por Pablo
Gómez.
El PRI y
el PAN presentan la existencia de los organismos públicos electorales (Oples)
de los estados, así como la de los respectivos tribunales de la materia, como
expresiones del federalismo mexicano, el cual, dicen, debe ser defendido como
principio fundamental de la República.
Esos
Oples ya no organizan las elecciones, ni siquiera seleccionan y capacitan a los
funcionarios de casilla, como tampoco, por tanto, reciben el voto. No
fiscalizan el gasto de los partidos ni reciben las quejas sobre propaganda. Se
les ha limitado a registrar candidatos y realizar los cómputos de las
elecciones locales (sumatoria de datos de casilla), junto con algunos otros quehaceres
también menores.
Además, las
pocas funciones que se les han dejado a esos organismos electorales pueden ser
parcial o totalmente trasladados al INE, hasta el grado de que todo el proceso
quede a cargo de éste en exclusiva; o sea, en la práctica, puede el INE
clausurar libremente cualquier Ople, como recién lo hizo en Puebla.
Pero eso no
es lo peor. Los órganos rectores de los Oples son designados y removidos por
el Consejo General del Instituto Nacional Electoral y están sujetos a un
reglamento aprobado por éste.
Por el
lado de los tribunales electorales locales, sus integrantes son designados por el Senado de la
República, como si fueran magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial
de la Federación. Además, casi todos sus fallos son recurribles ante
éste, donde todo vuelve a empezar.
¿Esta
estructura tiene algo que ver con el federalismo?
PRI, PAN
y PRD pactaron esa aberración y la llevaron a la Constitución federal. Lo que
le dejaron a los estados sólo son las cargas presupuestales. Nada más. Nuevo
federalismo, sin duda.
¿Qué
interés legítimo puede haber en mantener esta estructura electoral onerosa para
las entidades federativas? Varios gobernadores ya no quieren seguir dando
dinero a su Ople porque no es “suya”.
El PRI y
el PAN se dicen temerosos de que Morena se “apodere” de todo el andamiaje
electoral nacional, es decir, que haga lo que ellos hicieron. Pero los Oples ya
no cuentan prácticamente en dicho andamiaje, son vasallos del INE, pues sus
titulares son colocados ahí por los consejeros electorales federales a través
de negociaciones políticas.
El
desaguisado legislativo que hicieron priistas y panistas en la última reforma
pactada (2014) ha creado ahora una disyuntiva: devolver los organismos
electorales a las entidades federativas, con toda la redundancia operativa y el
dispendio que ello pudiera implicar, o convertir al INE en un completo
instituto nacional. Lo que no se puede sostener es ese federalismo que nos han
lanzado a la cara como una cínica falsificación.
El asunto no
es menor. En la medida en que se mantengan los Oples como están ahora, se
hará más difícil reformar al INE, pues éste tiene a su cargo, entre otras
cosas, regir a dichos organismos electorales locales y decidir todo lo
relacionado con los mismos.
Hemos
tenido en los últimos años un Consejo General del INE con facultades
prácticamente legislativas. No sólo designa a funcionarios de órganos autónomos
(que no lo son más que en el enunciado), sino que también expide normas que
deberían estar en una ley.
La
cuestión es que ese Consejo General está dominado por dos partidos: PRI y PAN,
que han designado a la mayoría de los consejeros electorales.
Luego, el
presidente del PAN le planteó a Morena un “desafío”, de esos que provocan
hilaridad: que los cuatro consejeros que próximamente van a terminar sus respectivos
periodos en el Consejo General (abril de 2020) no sean sustituidos por la
Cámara de Diputados y que tal órgano de gobierno del INE se quede sólo con los
siete restantes. Es decir, que se mantengan los designados por los
partidos con anterioridad. Eso sería contrario a la ley vigente, pero el
problema no sólo es ese, sino que con ese “desafío” se busca que nada cambie.
El INE se antoja ideal para tal propósito porque es el paraíso del PRIAN: de
los cuatro que terminarán su periodo, hay dos priistas, un panista y una aliada
de ambos. Todo se conoce porque se ha visto.
Morena no
quiere representarse en el INE como lo hicieron siempre otros partidos. Eso
iría en contra del carácter independiente que debe tener la autoridad
electoral. Pero, entonces, queda abierta la discusión sobre cómo garantizar que
el andamiaje construido para organizar elecciones en el país sea totalmente
profesional, independiente, confiable, austero y eficaz en el desempeño de su
función.
Si no es
posible lograrlo por ahora, lo será pronto, pero lo que no es admisible es la
falsificación del federalismo ni la simulación política. Empecemos por llamar
las cosas por su nombre y ubicar a cada cual en su verdadero lugar. Ni los
Oples son de los estados ni el INE es imparcial e independiente.
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