John M.
Ackerman.
Los nuevos
aranceles comerciales que Donald Trump amenaza imponer a México a partir del 10
de junio son a todas luces ilegales, tanto de acuerdo con el marco jurídico de
Estados Unidos como con los tratados internacionales de los cuales Washington
forma parte. Si el presidente estadunidense cumple con su amenaza, generaría un
daño irreparable tanto al estado de derecho internacional como a la economía
estadunidense. Ello hundiría las posibilidades del magnate neoyorquino de
relegirse el próximo año, en noviembre de 2020, y terminaría de desbaratar y
arruinar el legado histórico de su breve paso por la Casa Blanca.
De acuerdo
con la Constitución de Estados Unidos, el Congreso, no el Poder Ejecutivo,
cuenta con la facultad originaria y exclusiva de regular comercio con naciones
extranjeras. Cualquier excepción a esta regla debe ser rigurosamente
justificada y debidamente fundamentada en las leyes correspondientes.
Igualmente, tanto la Organización Mundial del Comercio (OMC) como el Tratado de
Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y el nuevo Tratado entre México,
Estados Unidos y Canadá (T-MEC) prohíben la implementación de nuevos aranceles
de manera unilateral.
Si los
aranceles de Washington fueran en respuesta a alguna agresión comercial de
México podrían ser plenamente justificados, de acuerdo con el marco jurídico
nacional e internacional. Implicaría una acción de legítima defensa frente a
una acción ilegal de una nación extranjera. Pero el reclamo de Trump contra
México se encuentra exclusivamente en el terreno político y fantasioso. Su
amenaza responde a un supuesto apoyo de López Obrador a una inexistente
invasión de migrantes centroamericanos hacia el territorio estadunidense, sin referencia
a algún incumplimiento de México a los acuerdos económicos entre los dos
países.
Ahora bien,
Estados Unidos importó 347 mil millones de dólares en bienes de México durante
2018, incluyendo tractores, computadoras, coches, aguacates, lavadoras y mangos,
entre muchos productos más. Un arancel de 25 por ciento sobre estos productos
implicaría un impuesto de 87 mil millones adicionales a los consumidores
estadunidenses, algo que dañaría significativamente la economía de aquel país.
Y si México
respondiera con aranceles similares a los anunciados por Trump, se generaría
una fuerte crisis entre los productores estadunidenses que venden sus productos
acá. México importó 299 mil millones de bienes y servicios desde Estados Unidos
durante 2018.
En suma, Trump
y Estados Unidos tienen aún más que perder en una guerra comercial con México
que López Obrador y los mexicanos.
Para los
mexicanos, el dolor sería agudo pero breve. El impacto a mediano plazo del
nuevo arancel sería obligarnos a diversificar los mercados internacionales y a
fortalecer la economía nacional, dos estrategias que el nuevo gobierno ya
impulsa con gran ahínco y convicción. Al final de cuentas, el arancel de Trump
nos ayudaría a reorientar la economía nacional hacia las necesidades de México
y los mexicanos, tal como tendríamos que haber hecho desde hace décadas.
López
Obrador hace muy bien en no caer en la provocación de Trump. Si el Presidente
mexicano hubiera respondido con palabras o acciones agresivas o altisonantes le
hubiera dado la razón jurídica al ocupante de la Casa Blanca. Trump busca
justificar los nuevos aranceles con base en la Ley de Poderes Económicos de
Emergencia Internacional (International Emergency Economic Powers Act, IEEPA),
que desde 1977 permite al mandatario intervenir de manera extraordinaria en
asuntos económicos en caso de la existencia de una amenaza internacional
inusual y extraordinaria.
En otras
palabras, es una ley que permite al presidente actuar en materia económica en
contra de países considerados enemigos o adversarios de Washington. Por
ejemplo, se utilizó esta ley para imponer sanciones económicas a Irán en 1979
en respuesta a la toma de rehenes en la embajada estadunidense por el nuevo
gobierno de Teherán. Y hoy se utiliza la misma ley para intentar justificar
legalmente las sanciones y los ataques económicos a Venezuela. Si López Obrador
hubiera utilizado un lenguaje bélico en su carta a Trump, ello podría haber
sido utilizado por los tribunales estadunidenses para avalar y dar legitimidad
a las acciones de la Casa Blanca.
Seguir una
política migratoria humanista que busca proteger los derechos de los
centroamericanos que pasan por México, así como generar el desarrollo económico
que les garantice el derecho a no migrar a un país lejano, no viola ninguna ley
o acuerdo internacional, sino todo lo contrario. Como en tantas otras
ocasiones, López Obrador camina por la senda de la legalidad y el estado de
derecho, y merece todo el apoyo de la sociedad mexicana en este nuevo ataque a
su gobierno y a la nación.
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