Por Jorge
Zepeda Patterson.
El
Gobierno de la 4T logró sortear por las justas su primer gran desafío. La aplicación
de tarifas punitivas por parte de Donald Trump podría haber sido un golpe de
gracia a una economía que se muestra cada vez más frágil y vulnerable. Y no
solo por el impacto directo del gravamen de 5 por ciento que entraría en vigor
este lunes y escalaría en los siguientes meses, sino por la percepción de los
mercados, inversionistas y calificadoras de la incapacidad del Gobierno para
sortear la tormenta.
Por el
contrario, el acuerdo alcanzado este viernes no solo conjura en lo inmediato
el estallido de la tempestad, también deja importantes lecciones
esperanzadoras; López Obrador puede mostrar la necesaria flexibilidad para
salir de la adversidad. Una flexibilidad que se pide a gritos en otros campos
para evitar la polarización y el pesimismo que se extiende en algunos
importantes ámbitos del país.
Lo que
vimos en la negociación en Washington es la claudicación por parte de AMLO de
la política, muchas veces reiterada, de permitir el paso indiscriminado de los
centroamericanos por razones humanísticas, para comprometerse ahora a la
estrategia opuesta consistente en hacer valer la ley e impedir el paso ilegal
de los inmigrantes. Es evidente que no es una opción de su agrado, pero
claramente favoreció razones de Estado que pasan por encima de sus inclinaciones
personales.
En seis
meses muchas cosas se han descompuesto; algunas inevitables en una transición
de régimen como la que vivimos, toda vez que se está intentando poner un freno
histórico al dispendio absurdo, a la corrupción, a la desigualdad y a la
inseguridad pública. En el proceso se están afectando muchos intereses de todos
aquellos que ya no ordeñarán al Estado: empresarios acostumbrados a vivir del
erario, medios de comunicación y columnistas chupa sangres o sectores
ilustrados mimados por becas y subsidios.
Pero
muchos otros factores de polarización y riesgo que remiten a los modos y a un
estilo presidencial. La caída en las perspectivas del PIB o la vulnerabilidad
de la economía mexicana que hoy ensombrece las perspectivas, tienen que ver con
decisiones que bien pudieron haberse evitado o matizado, sin comprometer los
objetivos más que legítimos del ideario lopezobradorista.
Las
draconianas políticas de austeridad, por ejemplo, necesarias como son, tendría
que haber sido aplicadas con más sensibilidad para con algunos sectores
afectados. Así como Andrés Manuel ha dicho que la reforma educativa nació
muerta por no haber incluido a los maestros en su concepción e implementación,
la suspensión de recursos a rajatabla en multitud de programas e instituciones,
sin escuchar a los responsables provocó una miríada de injusticias absurdas e
imperdonables: desde el paciente que no pudo continuar sus quimioterapias hasta
el científico que vio interrumpido un largo e importante proyecto de
investigación. Bajo el principio de “cerramos el grifo y luego vemos el daño”,
operado ciegamente desde Hacienda, el régimen generó descontento entre sus
propios aliados y ofreció combustible inagotable a sus adversarios.
El NAIM
es otro doloroso ejemplo. Las relaciones con la iniciativa privada hoy en día
serían distintas, y probablemente también las perspectivas del PIB, si López
Obrador no se hubiera empeñado en cancelar el aeropuerto de Texcoco. Desde
luego había corrupción y malos manejos en la operación, pero podría haber
optado por un saneamiento en las condiciones e incluso un recorte en la escala
de la construcción. En su lugar decidió destruir el avance, de manera
incomprensible para muchos, y convertir la polémica clausura en un diferendo
muy costoso con un sector que necesitará como compañero de viaje. Considerando
los duros contratiempos que afronta la administración pública, hoy cabría
preguntarse dónde nos encontraríamos si no se hubieran invertido tan cuantiosos
recursos políticos y financieros en esa batalla.
Este fin
de semana el Gobierno está festejando un triunfo que en el fondo es un triunfo
para todos los mexicanos, porque el daño de las tarifas impuestas, por no
hablar de una confrontación abierta con el Gobierno de Estados Unidos, lo
habríamos pagado todos. Siempre habrá adversarios que intentarán convertir en
derrota lo que es un alivio; los mismos que deseaban que Trump aplicara las
tarifas para que la tragedia resultante confirmara lo mal que nos encontramos,
bajo el principio de hundir la balsa aunque ellos mismo vayan en ella, con tal
de demostrar que López Obrador era un peligro para México. Imbéciles, pues.
López
Obrador ha padecido seis duros meses de confrontación y desgaste, en parte
instigado por su estilo provocador, pero hoy, por unos días u horas, gozará de
lo más cercano a una tregua. Una buena oportunidad para extraer lecciones de
cara a los siguientes 5 años y medio.
Y justo
el difícil e improbable éxito en las negociaciones con Washington ofrece la
pauta del camino a seguir. Se lograron porque aquí no imperaron los “me canso
ganso”, “yo tengo otros datos” “lo que diga el pueblo”. Se impuso el jefe de
Estado conciliador y realista, capaz de minimizar las diferencias con sus
rivales, de buscar espacios de encuentro y tomar decisiones necesarias aún a
pesar de sus inclinaciones personales. Si López Obrador tuvo la habilidad para
negociar sus diferencias con Trump, una hazaña mundial por donde se le mire, no
hay razón para que no lo consiga frente a los muchos adversarios que hoy obstaculizan
su camino. Vale la pena, considerando las legítimas y necesarias metas que se
ha planteado.
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