Por Pablo
Gómez.
El
gobierno de Donald Trump es contrario, en general, al libre comercio con México
y con casi todo el mundo, aún más que aquellos políticos demócratas quienes, en
su mayoría, votaron en contra del TLC en el Capitolio hace 25 años. El actual
presidente, sin embargo, ha logrado un nuevo acuerdo trilateral
(México-EU-Canadá) con varias modificaciones, bajo la amenaza de dar por
terminado el tratado original.
Sin embargo,
si el Congreso estadunidense llegara a aprobar el nuevo T-MEC, el déficit
comercial de Estados Unidos con México no disminuiría sensiblemente por efecto
de las nuevas normas. En 2018 llegó a 81 mil 500 millones de dólares,
equivalentes al 13% de su balanza deficitaria mundial. A la economía
estadunidense le hace falta ahorro interno. No tiene un problema con el mundo
sino consigo misma.
Por otro
lado, la crisis migratoria no podrá resolverse en unos meses, ni siquiera
antes de dos años, porque hay oleadas de refugiados económicos que, además,
huyen de la violencia social.
El plan
de Trump para detener la inmigración sin visa no tiene viabilidad y no la
tendría, aunque se lograra pronto la conclusión final del ya viejo muro
fronterizo.
Las
relaciones entre México y Estados Unidos se encuentran entrampadas en dos problemas
sin solución de corto plazo: comercio y migración fronteriza. Sobre este último
tema, lo que busca Donald Trump es un manojo de concesiones de parte de México:
1) Forzar a los migrantes centroamericanos a admitir su estancia permanente en
México, lo cual les haría inelegibles para optar por asilo en EU; 2) Deportar
desde México a los extranjeros que lleguen a la frontera norte, incluyendo a
los que ya hubieran solicitado asilo en EU; 3) Impedir el paso en la frontera
sur mexicana de migrantes que pudieran estar dirigiéndose a EU.
A juzgar
por la pretensión norteamericana de lograr un sistema de persecución brutal de
todo migrante procedente del sur hacia Estados Unidos a través del territorio
mexicano, es decir, la solución final de Trump, todo indica que un acuerdo
completo sobre el tema no se encuentra al alcance de la mano.
El
establecimiento de un arancel general de 25% para los bienes procedentes de
México, empezando por un 5% hasta llegar al máximo luego de cuatro meses, sería
una acción ilegal del gobierno de Estados Unidos, ya que el Tratado de Libre
Comercio (TLC-NAFTA) es una norma aprobada por el Congreso de ese país. Si el
Ejecutivo no la obedece, podría incurrir en un ilícito. La ley que permite la
manipulación de las relaciones económicas internacionales de Estados Unidos
está condicionada a una situación de «emergencia» que justamente no existe en
materia económica, ya que el mismo Trump ha firmado el nuevo T-MEC con México.
Donald
Trump pudo vetar el rechazo del Congreso al traspaso de fondos hacia la
construcción del muro fronterizo. Por ello, esperaría que tampoco hubiera
mayoría suficiente en el Capitolio (2/3 en ambas cámaras) para romper el veto
en materia arancelaria.
El
gobierno norteamericano cometería una transgresión a las normas de la
Organización Mundial de Comercio (OMC) al desconocer (denunciar) en los hechos
al TLC sin cumplir con los requisitos señalados en el mismo. Aún sin tratado
alguno, Estados Unidos no puede lícitamente imponer a un país miembro de la OMC
aranceles superiores a los establecidos para el resto. Parece que, con las
guerras de Trump, el comercio mundial pactado podría quedar hecho añicos cuando
las reglas ya no están vigentes para la mayor economía.
Otro de
los problemas creados por Donald Trump es que él usa la presión arancelaria
para atender un asunto que no es comercial y que, además, está prohibido por
las normas de la OMC. La capacidad de Trump para modificar los aranceles, como
asimismo la tiene el presidente mexicano, se refiere al comercio, pero no a la
migración.
Al mismo
tiempo, los aranceles a las importaciones son pagados por los consumidores
estadunidenses y es difícil subsidiarlos como se estila para defender al
producto nacional y colocarlo en el exterior. A esto hay que agregar que gran
parte de los bienes exportados desde México a Estados Unidos proceden
directamente de empresas extranjeras, muchas estadunidenses, que se verían
afectadas en sus ganancias con el pago de un arancel sin poder repercutirlo en
su totalidad en el precio de sus productos.
Si el
próximo lunes 10 de junio hubiera aranceles ilegales o si se difiriera la
aplicación de los mismos por parte de Trump, de cualquier forma, México tendría
que definir con claridad que no desea ir a una «guerra arancelaria». Nuestro
país no es una potencia económica que pudiera entrar a un intercambio de
represalias comerciales, menos con Estados Unidos, país fronterizo con el cual
México tiene cerca del 80% de su comercio exterior.
Si el
gobierno de México hiciera «operación espejo», los consumidores mexicanos de
productos estadunidenses se encontrarían en una situación semejante: pagarían
un nuevo impuesto, sobre el cual, por cierto, opera el IVA porque aquel es
incorporado en el precio de venta. Se tendría un costo doble: el determinado
por la paulatina reducción de las exportaciones, por efecto del arancel de EU,
y el que se provocaría por el incremento de precios internos a causa del
arancel mexicano.
Existen
otros terrenos en los cuales se puede dar la lucha contra el uso ilegal e
ilegítimo de los aranceles. Hay fuerzas en Estados Unidos que podrían marchar
junto a México para lograr un repliegue de Trump en esta materia, ya que gran
parte de las mercancías de origen mexicano no pueden ser sustituidas
rápidamente por producción local. La idea de que las empresas estadunidenses
que operan en México regresarían pronto a su país no tiene mucho sentido porque
en Estados Unidos los salarios son mucho mayores, por lo que, aún con arancel,
las ganancias seguirían siendo buenas para muchos industriales.
Donald
Trump es más rudo que otros poderosos, pero no está presentando objetivos
personales. En Estados Unidos existe una gran corriente que es partidaria de
exigir al mundo concesiones en todos los aspectos, incluyendo el sometimiento
de gobiernos a los requerimientos estadunidenses. Es una cara del viejo
hegemonismo. Dentro de poco tiempo sabremos si se trata de una mayoría
electoral.
Con
aranceles violatorios del TLC, el nuevo T-MEC ni siquiera se pondría a votación
en el Capitolio, como lo ha dicho la diputada Nancy Pelosi, presidenta y líder
de la mayoría en la Cámara de Representantes. En eso podrían converger muchos
demócratas con unos cuantos republicanos, pues el viejo TLC tendría que ser
denunciado formalmente por el mismo Donald Trump, tal como él lo quería hacer
en un principio. Quizá esto se encuentre dentro de los cálculos de la Casa
Blanca.
El
intento de obligar a un Estado fronterizo, México, a poner barreras humanas con
el fin de «proteger» a Estados Unidos es una mala idea, por ser ineficaz para
perseguir el objetivo de los poderes políticos estadunidenses: detener la
disminución relativa de la franja blanca de la planta laboral, en especial en
la industria, así como el desalojo de la actual fuerza de trabajo de puestos
relativamente menos remunerados. Se busca frenar el traslado de la «ventaja
comparativa» de la fuerza de trabajo mal pagada hacia el interior del
territorio estadunidense, lo cual ya ocurre, generando presiones sobre el
salario medio y el empleo, por lo que es preciso detener brutalmente la
migración, según el actual gobierno estadunidense.
El
conflicto ya no es el muro que iba a pagar México, según Donald Trump. Ahora
son las murallas policiales que el mismo Trump exige que sean erigidas, en el
sur y en el norte, por parte del gobierno de López Obrador. Algo así, se sabe,
no es prácticamente posible ni políticamente admisible. Es un viejo sueño recurrente del
poder político estadunidense.
La
solución debe buscarse en otro lado: remontar las causas principales de la
emigración centroamericana (y mexicana). Este tema, sin embargo, no parece
interesar al actual presidente norteamericano. Veremos por cuánto tiempo más.
Jugamos ajedrez, no ping-pong.
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