Julio
Hernández López (Astillero)
No hubo
ningún acuerdo oficial, pero las filtraciones a medios estadunidenses dieron
cuenta de negociaciones a la baja de México que incluso fueron luego parcial
pero indicativamente confirmadas por el canciller Marcelo Ebrard, que hace
esfuerzos por poner buena cara al mal tiempo: cuando menos 6 mil miembros de la
militarizada Guardia Nacional irían a la frontera sur a tratar de frenar con algo
más que discursos y promesas de arraigo local a los extranjeros entrantes de
manera irregular por Centroamérica que no cesan.
México se
comprometería a apretar más el puño, conforme al lenguaje solicitado por el
impasable Trump: más policías (militares, en realidad), más cárceles, más
detenciones (el miércoles fueron apresados dos dirigentes de la organización
Pueblo sin Fronteras, como ofrenda al ansioso depredador que reina en la Casa
Blanca), más represión y más sometimiento a los dictados de Washington. El
platillo, sin embargo, aún no satisface al glotón Donald. Quiere más. Exige que
México acepte de manera explícita su conversión en un tercer país seguro; no
sólo que en los hechos así se comporte, sino que de forma oficial lo reconozca.
Mientras tanto,
Trump recibe en la Oficina Oval los reportes de sus negociadores, pero se
niega, al menos hasta la noche del jueves, a dar su visto bueno. Es probable,
según otra de las filtraciones de ayer, que ceda en cuanto a extender el plazo
para la entrada en vigor del arancel de 5 por ciento a productos mexicanos, a
sabiendas de que cada día que pasa México en el ácido del suspenso y la
incertidumbre se va debilitando más.
Además del
plano diplomático y comercial en el que se mueve la delegación mexicana en la capital
estadunidense, en el plano de la economía y las finanzas nos siguen pegando
abajo, como cantaría el argentino Charly García en una hipotética banda sonora
de cinematografía dolida: las calificadoras internacionales de riesgos
crediticios continúan castigando al cuerpo institucional mexicano y, ayer, se
insistió en la consideración riesgosa de Petróleos Mexicanos y de la Comisión
Federal de Electricidad, piezas centrales de la estrategia obradorista,
entregadas para su dirección a polémicos personajes muy cercanos al presidente
de la República, el amigo Octavio Romero y el aliado Manuel Bartlett,
respectivamente.
Al difícil
panorama ha respondido el presidente López Obrador muy al estilo de la casa.
Con un mitin. Un acto multitudinario en el que develará su postura ante hechos
consumados o por consumarse: la aceptación de la abdicación en materia
migratoria o el rechazo a tales pretensiones trumpistas y la preparación para
los tiempos de los aranceles en proceso creciente, la progresiva retirada de empresas
estadunidenses asentadas en México hacia los nuevos paraísos trumpistas y la
grave complicación económica y financiera de lo que llaman la Cuarta
Transformación.
Esta vez,
sin embargo, la masiva concentración pública aspira a contar con una primera
línea que no se habría visto nunca: unidad nacional es la consigna y a partir
de esa necesidad táctica el obradorismo está invitando a Tijuana a una buena
parte de lo que durante años ha sido llamada La mafia del poder. Busca el
presidente 4T que a partir de las cinco de la tarde se presente un frente de
defensa de México, y de amistad con el pueblo estadunidense, formada por
gobernadores, diputados y senadores, ministros de la Corte y dirigentes
partidistas, políticos, sociales, religiosos y empresariales.
Pero, ¿cuál
México defiende cada segmento contradictorio de los que pretenden ser unidos en
Tijuana? Apoyar el antiobradorismo a López Obrador en la frontera, ¿a cambio de
qué?, ¿condicionando a futuro o tratando desde ya de neutralizar o descafeinar
las propuestas originales de cambio del tabasqueño? Hoy, por lo pronto,
continuarán en Washington las negociaciones. Y México seguirá apretando el
puño, para beneplácito del insaciable Trump y su proyecto de relección.
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