Salvador
Camarena.
A principios
de año, autoridades mexicanas y guatemaltecas se reunieron en la frontera sur.
Los chapines
querían saber más de la política de brazos abiertos que el naciente gobierno de
Andrés Manuel López Obrador prometía a los migrantes centroamericanos.
Vengan y
serán recibidos. Vengan y tendrán permisos. Vengan y hasta un brazalete les
pondremos. En pocas palabras, vengan y serán cuidados. Así fueron los mensajes
del presidente y de su secretaria de Gobernación hacia los migrantes; todos los
oímos, todos incluyendo nuestros vecinos del sur.
“Si esto es
verdad”, dijeron en la reunión los guatemaltecos, “y es que tenemos que ver si
es verdad porque el gobierno de México ha mentido mucho desde antes. Pero si
esto es verdad, deben estar preparados”.
Los
guatemaltecos prosiguieron su advertencia a sus colegas mexicanos: “Ustedes no
tienen idea de cómo están las cosas en nuestros países”.
La
advertencia siguió: si esto es verdad –repitieron la frase hasta cuatro veces–,
no va a tardar nada en que los primeros migrantes en portar permisos o tener
brazalete llamen desde México por teléfono, o envíen un mensaje por WhatsApp o
incluso por Facebook, para invitar a sus parientes y amigos a que los sigan. Y
la cantidad de gente los va a desbordar.
“Porque si esto
es verdad, no les van a llegar medio millón de migrantes. No va a ser un millón
o dos. Ni cinco millones. Van a ser más. Es más, hasta nosotros nos vamos,
¿cierto, compañeros?”, bromeó la delegación guatemalteca, que concluyó con esta
frase: “Que dios bendiga a México, porque la van a pasar muy mal”.
Eso fue
enero. Seis meses después no han llegado millones de migrantes, pero hoy México
enfrenta el reto de la migración convirtiendo a su Ejército en policía
fronteriza de Trump: hay que ver las imágenes que circularon este fin de semana
de mujeres y niñas detenidas en Ciudad Juárez por soldados mexicanos que les
impiden llegar a Estados Unidos.
Pero en días
en que ha levantado ámpula el anuncio de que comprometeremos ayuda a El
Salvador hasta por 100 millones de dólares (aproximadamente dos mil millones de
pesos) hace falta hacer otras cuentas.
Porque si a
algunos les indigna que ese volumen de recursos se destine a tratar de paliar
los orígenes de la migración, qué opinarán de lo que el gobierno de México
gastará en los peticionarios de asilo que esperarán en suelo nacional una
resolución de las autoridades migratorias estadounidenses.
Hagamos un
cálculo a partir de unos cuantos datos. El viernes, el canciller Marcelo Ebrard
calculó que en México hoy hay 14 mil personas en esa condición, gente que a
través de Juárez, Mexicali y Tijuana ha sido enviada a suelo mexicano a esperar
lo que determina un juez estadounidense.
Cada una de
ellas cuesta a México, según estimaciones extraoficiales de un funcionario,
alrededor de 600 pesos por día.
Entonces,
cada día esas 14 mil personas le cuestan al erario 8 millones 400 mil pesos.
Por el momento dejemos fuera que en este mes el ritmo de envío de migrantes
desde Estados Unidos a México se ha triplicado. Quedémonos en los 14 mil y
tendremos que si esperaran seis meses para su audiencia costarán mil 512
millones de pesos en ese periodo. Pero si la cifra aumenta a 40 mil, entonces cada
semestre costará 4 mil 320 millones de pesos. Todo esto suponiendo que no haya
problemas añadidos en los campamentos de estos refugiados.
Una cosa es
invertir 2 mil millones de pesos en El Salvador tratando de ver si en el futuro
menos salvadoreños tienen la necesidad de migrar. Pero ¿por qué México aceptó
la innoble tarea de patrullar el lado mexicano de la frontera norte? ¿Cómo
defenderá el presidente López Obrador las imágenes de familias separadas por
militares nacionales? Ello al mismo tiempo que el canciller Ebrard aceptó
quitarle al gobierno estadounidense el costo económico de los peticionarios de
asilo.
Hoy los
guatemaltecos asistentes a aquella reunión de principios de año saben que no
decíamos la verdad. Y que en vez de trato digno a los migrantes, nuestro país
dio a Trump una nueva patrulla fronteriza militarizada y miles de millones de
pesos para que hiciera en nuestra frontera norte cárceles particulares para
centroamericanos.
Sin duda, el
dios de Morena bendice a Estados Unidos, pero no a México.
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