Arnoldo
Cuellar.
El
Gobernador de Guanajuato no ha sostenido una sola reunión con las dirigencias
de los tres principales partidos políticos de oposición. Si me apuran un poco,
ni siquiera se le ha visto una comunicación fluida con sus aliados del PRD y de
Movimiento Ciudadano que lo llevaron de candidato en la elección.
Sin embargo,
bastó una rueda de prensa donde Alma Alcaraz de Morena, Celeste Gómez del
PRI y Sergio Contreras del PVEM mostraron las cifras de la inseguridad de los
primeros meses de su Gobierno, en comparativa con los de sexenios anteriores,
para sacar de sus casillas al treintañero mandatario.
Al mismo
tiempo que la triada opositora, que se autodenominó “bloque de la paz”, ofrecía
su postura sobre el auge de la inseguridad y el disfraz mediático que ha
tratado de vender Diego Sinhue para presumir el éxito de su “golpe de timón”,
el Fiscal Carlos Zamarripa salió a medios a presumir algunos logros procesales,
pero sobre todo a demandar “unidad” de las fuerzas políticas y sociales del
estado en torno a la lucha contra la delincuencia.
Hasta ahí
todo parecía desenvolverse dentro de una dialéctica política casi normal, tal y
como ha venido ocurriendo en los últimos meses en Guanajuato, sobre todo a
partir del ungimiento de Zamarripa como Fiscal General por los próximos 9 años,
con los votos del PAN y sus partidos satélite.
La novedad
vino al día siguiente, cuando el Gobernador no se aguantó y en una reacción
de botepronto se enganchó en la polémica con los opositores, pero lo hizo de la
peor manera: insultando y descalificando.
De
“sinvergüenzas” no bajó a los directivos de los tres partidos y en una salida
de tono le adjudicó el mote de “pacto de la muerte”, al “bloque por la paz”.
En mi
experiencia solo recuerdo una situación similar en el pasado relativamente
reciente: cuando en mayo de 2007 el Secretario de Gobierno de Juan Manuel
Oliva, Gerardo Mosqueda, dedicó una diatriba plagada de calificativos al
director del A. M., Enrique Gómez Orozco, y a quien esto escribe, a la sazón
director de El Correo. El motivo eran las críticas al Gobernador Juan Manuel
Oliva en ambos diarios.
Lo menos
que nos dijo fue “faunos rastreros”; lo más, “hebefrénicos”, que es el
padecimiento de algún tipo de esquizofrenia. Mosqueda fue obligado por la
Comisión Nacional de los Derechos Humanos a ofrecer una disculpa, la que hizo
muy en su estilo: no disculpándose.
Sin embargo,
con todo y lo grave de que un funcionario de estado decida lanzar ataques
directos a particulares, en ese caso, la investidura del Gobernador no fue
utilizada, sino que se echó mano de un funcionario del gabinete, reservándose
Oliva como una instancia para paliar el conflicto.
Esta vez, Diego
Sinhue Rodríguez no se reserva y se lanza directo contra tres partidos
políticos. Pero, además, lo hace sin haber tenido antes ningún tipo de
interlocución con esas dirigencias. Es decir, el Gobernador acaba de cancelar
el diálogo al que estaba llamando el Fiscal, justo antes de que iniciara.
En su
entrenamiento de Diputado y regidor, Diego seguramente estaba acostumbrado
al debate y a los dimes y diretes, lo que no es lo mismo cuando se es
Gobernador y se debe convocar al intercambio y a encontrar los puntos de
consenso. Sin embargo, eso difícilmente se puede hacer sin dialogar.
En las
cámaras es distinto, pues las fuerzas políticas están ahí codo con codo a lo
largo de las horas y los encuentros no son infrecuentes. Desde la gubernatura
la dinámica es otra, pues hay necesidad de llamados, de convocatorias o de
atender solicitudes.
Me dicen
los dirigentes de los partidos aludidos que ninguno ha tenido la posibilidad de
un encuentro cara a cara con el Gobernador desde septiembre que tomó posesión.
Uno de los tres directivos incluso precisa que ha solicitado la reunión
repetidas veces y no ha recibido respuesta.
La
contestación del Gobernador parece una ligereza, más que un exceso, pero igual
lesiona, igual descalifica. Denota además una ausencia grave: la del Secretario
de Gobierno que parece más que nunca una pieza de ornato, una simple utilería
pasada de moda. Como lo fue su antecesor Antonio Salvador García o como lo está
siendo Olga Sánchez Cordero a nivel federal, Luis Ernesto Ayala parece estar
cobrando su cheque sin desquitarlo.
Por lo
pronto, el Gobernador se evidencia como rudo y deja que Carlos Zamarripa sea
el técnico, lo cual no abonará a lo que tanto preocupa a estrategas como Carlos
Alcántara y a publicistas como Juan Aguilera: afianzar la imagen de Diego
Sinhue como un Gobernador creíble, que si manda y que si gobierna.
Esta
semana, en aras de esos objetivos, parece que resultó perdida.
Micro-escenarios.
En los
corrillos empresariales ya están plenamente identificados los dos hombres de
negocios que quieren hacerse pasar por “los amigos del Gobernador” y, desde
luego, sacarle ventaja a esa posición.
Un
empresario de bienes raíces y otro de medios de comunicación, presumen en
cuanta mesa pueden su cercanía con Diego Sinhue y no esconden la ambición.
El chiste
que empieza a circular es que por lo menos en un renglón el actual Gobernador
ya superó al anterior: Miguel tenía solo un compadre: Diego pronto tendrá un
par.
Y ambos
darán mucho de qué hablar.
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